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Publicado el 02 de agosto, 2020

Ivan Witker: Cuba dolariza su cotidianeidad

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Los efectos de Covid19 -es decir, el desplome del turismo- obligaron al régimen a poner en práctica una nueva segmentación. Introdujo, ahora en julio, una tercera moneda, el dólar estadounidense (sí, la misma del denostado imperialismo).

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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El idioma afrikaans entregó al mundo una palabra que encierra hondos significados: apartheid. Surgió en 1949, cuando el régimen segregacionista dictó una Constitución que establecía el desarrollo separado de la población del país, dependiendo de la raza de cada quien. Prohibió los espacios multirraciales e incluso las parejas mixtas. Todo eso duró hasta 1991. Y, desde entonces, apartheid pasó a ser una designación genérica para cualquier política segregacionista, entendiendo por ésta aquellos criterios ante los cuales cada individuo tiene pre-determinado qué puede y no puede hacer.

Sin duda que el avance de las democracias limita cada vez más tales prácticas. Pero no las puede impedir. Siempre hay regímenes que buscan subterfugios o caminos elípticos y aducen razones de peso político. Hasta hace poco, por ejemplo, no cualquier ciudadano chino podía desplazarse por diferentes zonas económicas especiales buscando mejores horizontes laborales. Ni menos soñar con irse un fin de semana a jugar a los casinos de Macao. O irse a disfrutar el Victoria Hill en Hong Kong. Ello pese a que, desde el acuerdo Deng-Thatcher, todos esos lugares forman parte, teóricamente, del territorio chino. En consecuencia, conviene recordar que un componente fundamental del ejercicio democrático es también sentirse parte de un mismo territorio, de una misma sociedad y de una misma economía.

Ahora bien, no es necesario ir tan lejos para saber de experiencias segregacionistas sui generis. En Cuba, por ejemplo, se da el hecho -insólito, ciertamente- que existen en este minuto tres monedas circulando de forma paralela y que entregan a la población acceso segmentado a bienes y servicios. O sea, dependiendo de qué moneda disponga, será lo que cada persona puede y no puede hacer.

Ocurre que el grueso de la población recibe sus remuneraciones en pesos. Sin embargo, sabido es que con tal moneda se puede hacer muy poco. Las bodegas (tiendas que venden en pesos) padecen de una escasez cada vez mayor. Por lo mismo, la desvalorización del peso también es creciente. Sumido en una crisis endémica, tras los sucesivos colapsos soviético, venezolano y del flujo de turistas a propósito del coronavirus, el régimen ha optado por una segregación progresiva.

La primera etapa fue en 1994, cuando se desintegró el mundo soviético y el PIB cubano se desplomó 45% (según cifras oficiales), lo que obligó a restringir aún más el por ese entonces franciscano consumo interno. Con esa finalidad, puso en vigor el llamado CUC, que los cubanos denominan coloquialmente chavito. Obtenerlo no es sencillo, pues se realiza en unas casas de cambio (Cadecas) donde cada CUC equivale a 25 pesos.

Dado que la oferta para acceder a más mercancías se hizo posible través de los CUC, los cubanos empezaron a buscarlos por las vías más inverosímiles. Ello terminó alentando toda clase de actividades informales. Luego, el régimen estimuló la creación de microempresas gastronómicas, llamadas paladar, lo que aumentó la demanda por los CUC.

Los efectos de Covid19 -es decir, el desplome del turismo- obligaron al régimen a poner en práctica una nueva segmentación. Introdujo, ahora en julio, una tercera moneda, el dólar estadounidense (sí, la misma del denostado imperialismo). Para recibir estos dólares, el régimen instaló una red de 72 tiendas, llamadas TRD (Tiendas Recaudadoras de Dólares), una especie de cadena de supermercados, con un abastecimiento similar a cualquiera de los existentes en Chile o en otro país capitalista. Allí se reciben dólares en efectivo o en tarjetas de crédito (sustentadas en cuentas en dólares, se entiende). Nada de pesos ni CUC.

Esto ha generado situaciones dramáticas. Un cubano, por ejemplo, recibe una pensión de 250 pesos mensuales; muy poco útiles ante las desprovistas bodegas. Tiene entonces dos opciones, o buscar dólares en el mercado negro o cambiarlos por CUC. Dada la paridad fija de éste con la divisa estadounidense (1,5 por cada dólar), significa que la pensión promedio en Cuba es de 6,66 dólares. Imposible mayor elocuencia.

Ahora bien, la consolidación de este modelo segregacionista está generando un ambiente de imprevisibles consecuencias. Y es que la prioridad -casi desesperante- para cualquier habitante en la Cuba de hoy es tener un familiar o amigo que haya emigrado y esté en condiciones de enviarle dólares.

Por otro lado, el mecanismo segregador tiene facetas políticamente muy curiosas.

Primero, deja en claro que, ante la ausencia de una subvención externa, la cotidianeidad está sujeta a vicisitudes literalmente novelescas. El modelo cubano, a diferencia de los europeos orientales en tiempos soviéticos, tuvo (y tiene) una constante muy fundamental, cual es la incapacidad total para alentar un crecimiento sin apoyo de subsidios externos. Ante aquello, sus líderes parecieran estar permanentemente implorando al cielo por alguna solución providencial. Sería obtuso negarlo, sus plegarias han sido muy exitosas. Tras la desintegración de la URSS, la aparición en el horizonte de la Venezuela chavista fue un auténtico milagro.

Una segunda curiosidad es la insólita situación de recurrir a aquellos que huyeron o fueron obligados a emigrar. Esto tampoco se vio en los países de la órbita soviética. Además ofrece un lado muy cómico. La retórica despectiva para referirse a los expats como gusanos ha cambiado. Lejos está el “Pinpón fuera, abajo la gusanera” que gritaba eufórico Fidel Castro en los 80. Hoy son mariposas.

La tercera gran curiosidad es la fijación freudiana del régimen con la moneda del enemigo, el dólar. Algo del todo incongruente con el discurso oficial. En esta faceta, encontramos el mítico argumento del bloqueo estadounidense. Y es que, si bien el comercio bilateral descendió tras la revolución, Washington nunca se opuso al comercio de La Habana con otros países. De hecho tiene vínculos con 90, mientras que la mitad de sus exportaciones se dirige a Europa. Además, la Ley Helms Burton vino a aplicarse recién con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Aún así, el propio Anuario de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba muestra a EE.UU. en el noveno lugar como origen de sus importaciones. Además, su banco de comercio exterior, el Havin Bank fue sancionado por el Departamento de Comercio de EE.UU. recién ahora a fines de julio y sólo debido al control militar que existe sobre la entidad. En suma, una incongruencia total con el ethos de la revolución, basado en el anti-imperialismo.

Finalmente, no deja de impactar que el paupérrimo estado de las finanzas cubanas deja al descubierto el des-alineamiento entre levantar la bandera del igualitarismo y la segregación de su población. Queda en evidencia que ni las mejores intenciones (si alguna vez las hubo), ni los mejores ideales (si alguna vez existieron), pueden eliminar la naturaleza trágica, y a veces dramáticas de estos regímenes. Es como si Groucho Marx se hubiese apoderado de la retórica oficial cubana (“si no le gustan estos principios, tengo otros”).

En esta línea, no sería extraño que esta segregación termine motivando a Mario Conde, ese personaje algo melancólico creado por el notable novelista cubano Leonardo Padura, Premio Princesa de Asturias del 2015 y que indaga sobre la realidad cubana. Quizás alguna gran novela esté en ciernes. En todo caso, George Orwell dio una respuesta categórica hace décadas atrás. Su novela La Granja de los Animales satiriza estos regímenes con una frase memorable: “Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros”.

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