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Publicado el 24 agosto, 2020

Ivan Witker: “Con usted, General… ¡hasta la ignominia!”

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Uno de los más célebres adagios de la política mexicana durante la era del antiguo PRI, y que reflejaba esa compleja estructura de lealtades bautizada por Vargas Llosa como dictadura perfecta, era aquella que rezaba “Con Ud., Licenciado… ¡hasta la ignominia!”. Tan singular aserto parece re-cobrar vida ahora, bajo Andrés Manuel López Obrador, aunque con una variante, esa inesperada lealtad hacia el Ejército y la Marina.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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No podría negarse que AMLO ha resultado una verdadera caja de sorpresas. Hace algunas semanas lo fue respecto a EE.UU., al declarar una amistad con Donald Trump tan súbita como inverosímil. López Obrador le prodigó elogios al Presidente estadounidense a niveles que habrían ruborizado a cualquier antecesor en su cargo. No faltaron los partidarios desencantados calificando tales gestos como “conducta errática”.

Sin embargo, mayor sorpresa aún provocó otra decisión, aún no totalmente digerida, como es esa alianza con las FFAA. Es tan profunda, que varios de los gobernantes castrenses de América del Sur en las décadas de los 70 y 80 la envidiarían. Se trata de un muy amplio acceso a posiciones de poder, por lo que no resulta exagerado hablar de un co-gobierno de facto con las FFAA.

Estos gestos tienen por supuesto boquiabierta a toda su base electoral. Y es que la llegada de López Obrador y su partido Morena al gobierno se entendió como la última esperanza ante el baño de sangre y corrupción que hundió al país. Su campaña y primeros meses en el poder estuvieron marcados por una retórica llena de convicciones. México sería una epifanía de honradez e igualdad. AMLO rebosaba repitiendo sus 100 Compromisos de campaña y daba la sensación de que se avecinaba un amplio despliegue jacobino. Habría un largo ajuste de cuentas. Con los dos partidos que habían gobernado previamente, con la monarquía española, con el neoliberalismo, con el imperialismo, con el capitalismo y con ese largo etcétera de enemigos imaginarios en las cabezas del neopopulismo latinoamericano. Sobre México se abalanzaba la sombra de Antoine Fouquier de Tinville, el temible fiscal de la Revolución Francesa que señalaba quién se iba a la guillotina. Sería cosa de tiempo para que México terminase aliado de Maduro, Ortega y otros. Pero, inesperadamente, muy poco de eso ha ocurrido. El rumbo de AMLO parece ir decantando por otro lado.

Aquí es donde surge la duda obvia: si lo planificó o cambió de rumbo a medio camino. Claramente, aún es prematuro para saberlo.

Sin embargo, su rostro adusto y esos silencios dubitativos durante sus queridas mañaneras invitan a pensar más bien en lo segundo. Da la sensación de estar superado por hechos incontrolables y que poco de lo pensado se ha podido materializar. Al verlo, resulta natural recordar aquellas reflexiones de Milan Kundera al recibir el Premio Jerusalén de las Letras, “mientras el hombre piensa, Dios sonríe”. Y es que, con el grueso del empresariado en contra (y el resto abiertamente escéptico), más esas obscenas cifras de asesinatos que superan la de los sexenios anteriores (y sin siquiera haber podido vender el avión presidencial), AMLO parece más bien resignado a un brusco aterrizaje y dejar que Dios sonría. En ese marco, caben el pacto con las FFAA, los elogios a Trump y quién sabe qué otra sorpresa.

El paso más significativo lo dio hace algunas semanas, cuando le entregó el control de aduanas y puertos a las FFAA. Como es obvio suponer, son tareas que, en un régimen democrático, corresponden por naturaleza a autoridades civiles.

Fue una decisión muy llamativa, pero en ningún caso la primera. Apenas asumió, AMLO los hizo responsables de construir el nuevo Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, ordenando la destinación de más de mil ingenieros y varios miles de soldados a este proyecto. Luego les ordenó la construcción de dos tramos del Tren Maya y la remodelación de 32 hospitales. Casi paralelamente, les había entregado la administración de las 2 mil 700 sucursales del Banco del Bienestar, así como el control de la distribución de fertilizantes y la vigilancia de todos los programas sociales del gobierno. También recurrió a ellos para combatir las bandas de huachicoleros (denominación mexicana de  ladrones de combustible) y para custodiar los oleoductos de Pemex. En los sitios web del Ejército y la Marina se señala que 61 mil 795 elementos cumplen hasta ahora tareas de gobierno. Claramente, AMLO rebasó a sus antecesores. Peña-Nieto movilizó a 55 mil efectivos en tareas civiles, mientras que Felipe Calderón poco más de 50 mil.

Interesante punto que inevitablemente recuerda los inicios del chavismo. ¿No será que aquella experiencia está tentando a AMLO a involucrar a las FFAA en un proyecto político? Habrá que ver cómo evoluciona.

En todo caso, mirado desde el extranjero, este romance tiene un aspecto que sobresale mucho. Es el apoyo al empleo de la fuerza en el control migratorio de la frontera sur. AMLO demostró que, con voluntad y haciendo uso de ese predominio incontrarrestable del presidencialismo mexicano, al final de cuentas se podía instalar un escudo en su frontera sur. Fue un crudísimo testimonio que la mano militar sí funciona entre los latinoamericanos. 7 mil efectivos, con orden de disparar (probablemente con Reglas de Uso de la Fuerza algo laxas), desarmaron las caravanas, detuvieron el flujo y demostraron que AMLO no está usando los soldados como simples espantapájaros.

Ahora bien, la militarización de la sociedad, incorporando a las FFAA en funciones de gobierno que son propias de los civiles, no es algo del todo ausente en la historia política del México contemporáneo. De hecho, los primeros Presidentes posteriores a la Revolución fueron militares y el primer civil fue recién Miguel Alemán (1946-1952), el “cachorro de la revolución”, como lo llama Enrique Krauze. Esta característica habla de una inserción militar muy peculiar en la estructura política mexicana.

Por ejemplo, es el único país de la región con dos ministerios del área, la Secretaria de la Defensa y la de la Marina. Luego, existía hasta hace poco un dispositivo -el Estado Mayor Presidencial- con una capacidad de fuego y preparación de su contingente muy superior a las FFAA. El EMP, si bien fue instituido por Agustín Iturbide, un estrafalario emperador a inicios del siglo 19, fue creado en su versión moderna en 1926 para evitar que la ola de asesinatos tras la Revolución pusiera en peligro la institucionalización de ésta. Desde entonces, la garantía de seguridad del régimen recayó en sus manos. López Obrador lo disolvió para entenderse directamente con los comandantes en jefe.

Los críticos de AMLO van en aumento. Antiguos partidarios manifiestan su “inquietud” por el curso tomado. Otros apuntan a las deformaciones respecto al ideal liberal de democracia y advierten sobre tentaciones futuras. Sin embargo, caben dos preguntas. ¿Tuvo alguna vez la democracia mexicana cercanía con aquel ideal?, ¿No será que cada presidente en realidad fue actuando según el instinto, las circunstancias internas y externas, ajustándolas a las ricas y muy excepcionales tradiciones políticas del país?. Quizás este giro no refleje otra cosa, que el pasado del PRI sigue vivo y latente.

No debe perderse de vista que en realidad AMLO -le guste o no a él mismo y a sus antiguos partidarios- forma parte de la estirpe priísta. Se formó y maduró políticamente en aquella notable escuela del viejo PRI, capaz de domesticar las influencias cubanas y soviéticas de su tiempo (lo que no es poco), y que el filósofo G. Zaid llamó, por esos motivos, “la mayor empresa del genio político mexicano”.

En conclusión, el romance de AMLO con las FFAA no es nuevo. Por cierto, nadie sabe cuánto durará, pero sí sabemos que ya es una asociación vital. Y, como reza la vieja sabiduría política del país, quizás sea precisamente hasta que la ignominia los separe.

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