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Publicado el 4 enero, 2021

Ivan Witker: Cisnes negros latinoamericanos durante 2020: el sillazo a Evo y el handshake entre AMLO y Trump

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Aparte de la pandemia, sólo dos episodios escapan a la levedad de acontecimientos políticos regionales ocurridos durante el año que se acaba de ir. Por un lado, el lanzamiento de una silla impactando la cabeza de Evo Morales, y, por otro, esa visita de Andrés Manuel López Obrador a Donald Trump, que dejó perplejo a moros y cristianos. Se trata de episodios puntuales, pero con características bastante únicas.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Aparte de la pandemia, sólo dos episodios escapan a la levedad de acontecimientos políticos regionales ocurridos durante el año que se acaba de ir. Por un lado, el lanzamiento de una silla impactando la cabeza de Evo Morales, y, por otro, esa visita de Andrés Manuel López Obrador a Donald Trump, que dejó perplejo a moros y cristianos.

Se trata de episodios puntuales, pero con características bastante únicas. Ambos marcan tendencia profunda, gravitante y de largo aliento. Comparten, además, el haber sido completamente inesperados. Por lo mismo, dejaron estupefacto al grueso de la opinión pública y de las elites políticas e intelectuales latinoamericanas. Inmersos en la pandemia, muchos esperaban un transcurrir lleno de quietud durante el 2020. Incluso sin casos de normalidad, como son en esta región los mandatarios fugaces en el ejercicio de su cargo, procesos judiciales a uno u otro, renuncias, cárceles, huidas hacia otros países o bien frotándose las manos ante la posible caída de sus rivales. Pero no, 2020 entregó dos cisnes negros muy interesantes.

En ambos se divisa este concepto estudiado por el británico-libanés N. Taleb. Este introdujo la noción cisnes negros para tratar de comprender la naturaleza única de ciertos episodios inesperados, de carácter tendencial marcado y con elevada repercusión.

En el caso boliviano, el sillazo sugiere la transmutación de un fenómeno político, llamado MAS. Allí, un conjunto de acontecimientos que engrosaron la historia política boliviana durante el 2020, apuntan a un tránsito de gran vastedad hacia una nueva etapa de aquel partido. Muy distinta a lo estimado. Ocurre que no pocos medios de comunicación, afines y simpatizantes de la causa evista, trataron a lo largo de 2020 de destacar -muy erróneamente- la centralidad de Evo Morales en todo el proceso. En tal relato, el expresidente protagonizaba una especie de mito fundacional de una nueva epopeya neo-aymará. El MAS parecía un simple instrumento de Morales y la elección presidencial sólo serviría darle continuidad a tan grandioso plan.

El sillazo demostró lo erróneo de tal apreciación. Como sabemos, fue ejecutado mientras se desarrollaba un acto interno del MAS, durante un periplo del expresidente para nombrar, a dedo, a futuros candidatos en los próximos comicios. Aunque, Morales se vio a obligado a “revisar procedimientos”, el sillazo hizo comprender que no hay una Bolivia evo-centrista.

Tres acontecimientos, ocurridos en 2020, refuerzan tal conjetura. Primero, de los comicios presidenciales emanó un escenario político que clama por el manejo del país mediante lógicas mixtas, cuyo depositario es el partido y no una sola persona. Segundo, la victoria de un Presidente de la República más próximo a lo tecnocrático y con clara tendencia a la austeridad han revelado la caducidad del ciclo dispendioso del expresidente. Tercero, la huida de Morales y los posteriores vaivenes del gobierno de transición de Jeanine Añez, hablan, al menos aparentemente, de un reclamo por mayor autoridad institucional y menos peso del líder de turno.

Estas consideraciones, más otras menores, permiten sostener que el MAS pudiera estar tomando una deriva al estilo del peronismo argentino, en cuyo seno crecen y se reproducen grupos políticos muy diversos, pero con el denominador común de percibir la política de manera hobbesiana (más allá de la consciencia que exista o no en su interior sobre el concepto). Es decir, donde todos ven la política como una simple lucha implacable por el poder.

La profundidad del sillazo recibido por Morales radica justamente en la transformación que se divisa en aquel partido. Grafica cómo los giros cupulares son percibidos por las bases. Más de alguien podría sostener -y con mucha propiedad- que representa una forma brutal de participación en las decisiones. Parece obvio que el famoso sillazo sugiere un estilo algo primitivo de expresar descontento. Pero es la forma existente en esos ambientes políticos. Bolivia (y otros de la región) no está compuesto por cantones suizos mientras que las bases del peronismo han demostrado no tener precisamente conductas nórdicas.

En tanto, el episodio protagonizado por AMLO es, desde todo punto vista, el otro gran cisne negro latinoamericano del 2020.

Nadie vaticinó, pronosticó ni menos esperó que AMLO tomara la decisión de ir a Washington a intercambiar halagos mutuos con Trump, ni menos llegar a acuerdos políticos en materia migratoria del calado como lo visto en aquella oportunidad. La irritación y críticas abiertas dieron paso a una acelerada estupefacción, especialmente entre sus simpatizantes. Fue un cisne negro en toda su magnitud.

Lo esperable por todos era más bien un aumento de la tensión, debido a ese carácter de mesías adjudicado a AMLO en los últimos años y que se eclipsa a medida que avanza su mandato, generando un ruido gigantesco en ciertas elites ilustradas del país. Algunos le enrostran poca convicción en el combate a la corrupción y los más le critican sus recortes presupuestarios. Por todo eso, muchos esperaban un 2020 poblado de tensiones aunque siempre en el plano doméstico.

Su vuelco total en lo externo tiene una sola explicación, su cabal comprensión de la geopolítica. AMLO demostró en 2020 ser un populista realista, sin estereotipos ni prejuicios. Un animal del poder. Nada cohibido para examinar la compleja agenda bilateral con EEUU con absoluta frialdad, ni menos a la hora de pensar en mecanismos orientados a eliminar los mayores puntos de fricción con un país, que no sólo es primera potencia mundial, sino su vecino inmediato.

Este realismo extremo en círculos gubernativos mexicanos no es frecuente, pero no por ello inexistente. Uno que bordeó lo anecdótico -y que AMLO como activo militante del PRI debe bien recordar- se observó durante la administración del Presidente (del PRI), José López Portillo, conocido por sus delirantes arrebatos. Enfrentado a una gravísima crisis interna, un avispado asesor (seguramente intoxicado con textos académicos) le aconsejó solucionarla generando una crisis militar externa, directamente con EEUU. Cuando la sugerencia parecía tomar forma, otro asesor (influido por ese realismo práctico de Tucídides), preguntó: “y qué ocurre si ganamos?”. Más allá de lo jocoso, en esa oportunidad, y ahora con AMLO, nos encontramos con aquel axioma de Tucídides sobre el poder residiendo en la naturaleza de las cosas y no en caprichos.

Sintetizando, 2020 siguió mostrando una América Latina como portentosa fábrica de populismos. Muchas veces con productos inesperados. En este año instaló en el mercado de las ideas, el tránsito de un partido indigenista y personalizado a uno domesticado por un conjunto de líderes. También, mostró el prototipo de un líder populista que se abstuvo de enfrentar a EEUU, tanto en la verborrea como en cuestiones prácticas. En suma, un año que no escatimó en novedades.

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