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Publicado el 06 de julio, 2020

Ivan Witker: Churchill, De Gaulle y Cervantes, cuando el vandalismo bordea la estupidez

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Si terminamos autoconvencidos que la esclavitud es indigerible y debemos hacerla desaparecer de la historia, estaríamos ante dilemas culturales de mucho calibre. De partida, habría que destruir las pirámides de Egipto y las de México, así como también Macchu Picchu. Hasta donde se sabe, todo eso fue construido por esclavos. ¿O creerán los promotores del vandalismo que la mano de obra utilizada gozaba de contrato de trabajo y que faraones, incas y tlaoanis respetaban turnos de 8 horas diarias?

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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Mucho impacto, poca novedad. Así son las acciones vandálicas contra figuras históricas relevantes. Churchill, Cervantes, De Gaulle, Colón y varios otros sufren los estragos de la nueva tendencia. Es muy curioso. Muchos de los que hoy destruyen monumentos a Churchill no existirían si no fuera por la sagacidad del old lion. Sus padres o abuelos habrían sido aniquilados por los nazis. Y no digamos los que atacan a Cervantes. Extrañamente lo hacen en idioma español. Es evidente, algo no encaja.

La tentación a actuar de manera bárbara con el pasado siempre ha existido. Los zafios ven esto en un sentido terapéutico. Otros, responden a simples arrebatos irreflexivos. También está el esnobismo o los deseos de auto-glorificación. Y se incurriría en un error si se dejan de lado las motivaciones políticas cortoplacistas. Borges divisó varias de estas cosas en su extraordinario Funes El Memorioso. Allí invita a separar la memoria (o sea el recuerdo de dichas y desdichas) de la desmemoria y de la inmortalidad.

En la Grecia antigua ya se dio la lógica destructiva de puntos simbólicos e icónicos. Por eso, Herostratos atacó el Templo de Artemisa en Efeso. Y también se dio en Roma, donde nació el concepto damnatio memoriae (condena de la memoria). Un arma para desterrar a indeseables.

Otros casos espectaculares se remontan a la primera mitad del siglo 20. Stalin -cuyo cenit del poder coincidió con la masificación de la fotografía y desarrollo del cine- inauguró una modalidad muy original de condena de la memoria. Optó por evaporar a sus propios indeseables. Todos desaparecieron de los registros visuales y escritos. Y no sólo eso. Isaac Deutscher, uno de los más grandes biógrafos de los protagonistas de la Revolución Rusa, relata que cuando Nadezda Krupskaya, la viuda de Lenin, lo increpó molesta por los excesos cometidos, Stalin le recordó que no tendría inconvenientes para cambiar la viuda.

Décadas más tarde, en los estertores de la URSS, se observó el primer schock global en materia de ajustes impulsivos con el pasado. La televisión transmitió live escenas que generaciones mayores jamás pensaron ver: cabezas de Lenin rodando por los suelos en Moscú y en otras ciudades soviéticas. Fue tal el impacto, que surgieron propuestas para salvar la joya de la corona comunista, el cadáver embalsamado del fundador de la URSS. Se temió que las turbas enardecidas saquearan su mausoleo. No hubo acuerdo sobre qué hacer y se decidió mantenerlo, asumiendo que siempre hay curiosos y nostálgicos. Hace algunos meses, el líder nacionalista, Vladimir Zhirinovski propuso venderlo o arrendarlo a países que todavía sientan fascinación por el leninismo. Retiró la iniciativa cuando descubrió que las paupérrimas arcas fiscales cubanas o norcoreanas no aseguraban un buen precio. Tampoco se observó gran interés.

Luego, en décadas recientes, hubo más destrucciones impactantes. Las estatuas de Saddam Hussein y Muammar Gaddafi, en Irak y Libia, corrieron la misma suerte, a mano de muchedumbres igual de descontroladas.

Por estas semanas estamos viviendo una ola nueva, que busca una memoria impoluta. Dicen sus promotores, BlackLivesMatter y otros, que es necesario “confrontarse críticamente” con el pasado esclavista. Resulta curioso ver cómo estas turbas -ávidas de fuego y escombros- no sacan lecciones. Y es que, mientras haya democracia, nada ni nadie desaparece de la historia. Por eso, las fotos y cortos fílmicos intervenidos por Stalin fueron finalmente restaurados. Por otra parte, muchos iraquíes y libios reconocen en la actualidad que las cosas bajo Hussein y Gaddafi no eran tan terribles después de todo.

El asunto plantea preguntas muy pertinentes. ¿Cómo mirar episodios tan duros, como la esclavitud, con una lupa fuera de su tiempo? ¿Qué hacer con las figuras históricas -aunque sean consideradas escoria- en el contexto del desarrollo de una nación? ¿Cómo debemos ver a Genghis Khan, responsable de la muerte de casi un cuarto de la población asiática? ¿Qué recordar del rey zulú Shaka que provocó una de las más grandes masacres de negros que haya memoria? ¿Sabrá BlackLivesMatter que hubo esclavistas negros? Se estima que sobrepasaron los 4 mil. ¿En qué basurero depositar al héroe haitiano Toussaint Loverture, quien, una vez liberado de su amo, poseyó sus propios esclavos?

El tema central de esta “confrontación crítica” es que, si terminamos autoconvencidos que la esclavitud es indigerible y debemos hacerla desaparecer de la historia (y, en un acto de moralidad con nosotros mismos, arrasar con todos sus vestigios), estaríamos ante dilemas culturales de mucho calibre. De partida, habría que destruir las pirámides de Egipto y las de México, así como también Macchu Picchu. Hasta donde se sabe, todo eso fue construido por esclavos, cosa que el propio Neruda recuerda en su Alturas de Macchu Picchu. ¿O creerán los promotores del vandalismo que la mano de obra utilizada gozaba de contrato de trabajo y que faraones, incas y tlaoanis respetaban turnos de 8 horas diarias?

La experiencia checa en esta materia demuestra que el pasado se puede asumir sin dosis de dramatismo. En Praga se vivió una situación memorable en 1955, cuando el régimen, para congraciarse con Moscú, construyó un gigantesco monumento de granito a Stalin, que se instaló en una amplia explanada conocida como Letná. La obra mostraba a un sobredimensionado Stalin, erguido y mirando al infinito, acompañado a su espalda por una fila de obreros (de menor tamaño físico, por supuesto). El humor negro, típico de Europa central, terminó apodando la obra con un apelativo lapidario para el régimen, “Cola para la carne” (Fronta na máso), que aludía a la severa escasez de los años 50. Demás está decir que también fue motejada de múltiples otras maneras, todas procaces e irreproducibles. Para quien no fue chiste aquel monumento fue para su escultor, Otakar Svec. El repudio ciudadano lo llevó a quitarse la vida junto a su esposa. En 1962, cuando el ambiente político ya lo permitió, el monumento fue destruido.

Lo notable es lo que sigue. Buscando adaptarse a los cambios, el régimen quiso que la decisión no fuera tomada como una petitesse, sino como una enérgica damnatio memoriae. Le pusieron una carga monstruosa de explosivos. Debía sentirse en toda la ciudad. Debido al elevado costo del granito, grupos ciudadanos propusieron cortarle sólo la cabeza e instalarle otra; de algún héroe más benigno. Tras la negativa, y hecha volar por los aires, aquel punto pasó a ser una jocosa atracción turística, e indicativa que el pasado se puede ver sin la tortuosidad que Borges puso en la mente de Irineo Funes, su personaje que sufre lo indecible ante la incapacidad de olvidar.

Sin embargo, hasta ahora prevalece lo troglodítico y flota la sensación que Einstein tenía razón. Hasta donde se sabe, sólo el universo y la estupidez de algunos humanos son infinitos.

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