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Publicado el 5 octubre, 2020

Ivan Witker: Chile, Honecker, 30 años de unificación alemana y otros muros

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

El caso de la Alemania oriental es bastante excepcional. Han cobrado relevancia el último tiempo trabajos de historiadores y politólogos que han perfilado a la ex RDA como una sociedad no plenamente capturada por el totalitarismo.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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El 3 de octubre se celebra la reunificación alemana. Son ya 30 años, y el mundo se sigue sorprendiendo con los enormes imprevistos que trajo la absorción de la RDA por parte de la RFA. Muchos se quedan en la irrefutable lección de la RDA como ejemplo excelso del fracaso de cualquier economía estatizada, pues no funcionó siquiera ahí con un pueblo reconocidamente industrioso y disciplinado. Sin embargo, el asunto es más complejo, con muchos indicadores de la enorme dificultad que ha sido reunir en un solo Estado a los dos países germanos. Ha costado constituir un “sugestivo proyecto de vida en común”, como definía Ortega y Gasset a una nación.

Las nuevas generaciones de alemanes poco saben de los Honecker y de los Ulbricht. Sin embargo, fueron ellos los que dieron vida a la Alemania oriental. Fueron ellos quienes imaginaron “un estado alemán de obreros” y vieron frustrados sus sueños de superar a la RFA. Su fracaso es más que rotundo. Sin embargo, en la mayoría de los dieciséis millones de habitantes que habitaban los ciento ocho mil kilómetros cuadrados que componían la Alemania oriental se inoculó un sentimiento cultural propio tan fuerte como sorprendente, al punto que esos mismos jóvenes que no recuerdan a Honecker, ni menos a Ulbricht, parecieran llevarlos en sus entrañas.

¿Significa esto un fracaso de la reunificación alemana? No necesariamente. Sin embargo, seguir ignorando aquel sentimiento identitario puede traer más sorpresas desagradables. La grieta más actual es el deseo federal de instalar un depósito nuclear en el Land de Thüringen, lo que es rechazado con el argumento que es “un problema de Alemania occidental”. Así queda en claro un sentimiento mutuo de desconfianza, conducente a una sensación de pérdida de lo propio hace ya 30 años. Por algo Thomas Mann decía “donde estoy yo, está Alemania”.

El caso de la Alemania oriental es bastante excepcional, y desde muchos puntos de vista. Partiendo comparativamente con las otras experiencias comunistas. No fue un estado bárbaro como Cambodia o Corea del Norte; tampoco uno azotado por pobrezas crónicas como Cuba o Albania. Y si bien es cierto que no logró superar a la Alemania Federal prácticamente en nada (salvo en el fútbol con ese 1-0 en el Campeonato Mundial, München, 1974), obtuvo logros que, puestos en perspectiva geopolítica, no fueron nada menores. Por lo mismo, se le miraba con envidia en el resto del bloque soviético.

Fue justamente ese conjunto de características tan excepcionales las subestimadas en el proceso reunificador de 1989-1990. Ahí se originó esa profunda grieta entre wessies y ossies, a la vez que explica el fenómeno nostálgico conocido como Ostalgie. Ha sido una verdadera fosa inter-alemana, profundizada con el paso de los años ante la sorpresa de toda la Europa liberal.

Y de la sorpresa se ha ido a la estupefacción. En tres de los cinco parlamentos regionales (Landtag) en que fue dividido el territorio de la ex RDA, ha conseguido éxitos electorales insospechados el partido de derecha populista, Alternative für Deutschland. A partir de esa incómoda realidad electoral, la Alemania reunificada ha descubierto que por un costado se le entromete una especie de fantasma identitario de la antigua RDA.

La explicación radica en algo no menor. Las aproximaciones de todo tipo a la naturaleza del régimen honeckeriano -sean económicas, políticas, sociológicas y de toda índole- las hicieron hasta ahora especialistas occidentales. Por cierto que en todos los cataclismos políticos siempre hay vencedores y vencidos, y la RDA forma parte de estos últimos. Difícil habría sido aceptar una explicación de la caída del Muro a partir de los derrotados.

Sin embargo, la estupefacción ha llevado a aceptar que la Alemania oriental era más que los Honecker y los Ulbricht. Por eso han cobrado relevancia el último tiempo trabajos de historiadores y politólogos formados en las universidades de la RDA (personas que vivieron su adolescencia y adultez en aquel país). Los dos más reconocidos son Gerd Dietrich e Ilkjo-Sascha Kowalczuk, quienes han identificado varios elementos de interés. Por vías distintas, han perfilado una sociedad no plenamente capturada por el totalitarismo, donde el grueso de los habitantes consiguieron ciertos espacios de realización profesional, personal e incluso grupal. Refutaron, así, la idea predominante de una sociedad anulada, producto de la subyugación política. Lo que mejor ilustra ese espacio compartido entre un Estado totalitario y ciertos espacios flexibles de la sociedad fueron justamente esos deportistas, como Jürgen Sparwasser (el delantero que le metió el gol al legendario arquero alemán Sepp Meier en el Mundial del 74) o bien Katharina Witt (la extraordinaria patinadora en hielo que arrasó en varias olimpiadas de invierno).

A estos espacios, señala Dietrich en su maciza obra Historia Cultural de la RDA, debe añadirse cierto orgullo tecnológico, como la construcción en 1971 de la torre de televisión (hoy símbolo del Berlin unificado), que permitió la transmisión de TV en color, algo del todo ajeno por aquellos años a la mayoría de los países del mundo. Esa torre fue construida por ingenieros formados en universidades de la RDA, recuerda Dietrich, añadiendo el fuerte impacto en ambas Alemanias del vuelo de Sigmund Jähn a la estación orbital soviética Saliut. Fue el primer alemán en surcar al espacio y, objetivamente, un verdadero éxito de la RDA conseguir que los soviéticos aceptaran el vuelo bajo tal premisa.

Finalmente, los 30 años tienen un curioso vínculo con Chile. La RDA se fue envolviendo con nuestro país en una maraña de hechos fortuitos, más allá de la política, y rayanos en lo carambolesco. Ocurre que en la década de los 60, cuando la juventud chilena bailaba al ritmo del crooner estadounidense Dean Reed, por azares del destino, éste se instaló a vivir en el barrio de Ñuñoa. Tras poco tiempo, de modo enteramente sorpresivo, dio un giro a su carrera artística y del rock´n roll saltó a la canción protesta. El vuelco terminó en lo obvio, simpatizando con Allende y la Unidad Popular. El destino llevó a Dean Reed a Alemania oriental tras el 11 de septiembre de 1973.

Luego, nuevamente el destino puso lo suyo. Una hija de Honecker contrajo matrimonio con un chileno. El modesto origen campesino del novio, quien ni siquiera formaba parte (ni tampoco su familia) de la elite del Partido Comunista, deja de lado cualquier teoría conspirativa. Cabe suponer que fue por amor.

Y, finalmente, el destino impulsó a Honecker a terminar su vida en la comuna de La Reina, pese a que el amor de su hija por el chileno ya había desaparecido. Por algún extraño motivo, declinó la oferta de los Castro para instalarse en una playa con un ron, una guayabera y regocijarse de otro régimen-vástago de Marx y Lenin. Honecker prefirió disfrutar del Chile post-Pinochet.

*Ivan Witker es autor de Alemania oriental y América Latina durante la Guerra Fría: trazos geopolíticos y resiliencia cultural El Caso Honecker, el interés Nacional y la política exterior de Chile. 

 

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