Que las naciones, y los individuos, cambien de pareceres, y con ello las ideas que las impregnan durante parte de su existencia, no sorprende a los científicos preocupados de la mente humana. Algunos historiadores también asumen tales cambios, aunque con ciertas reticencias. Por eso se ha extendido aquello que las versiones definitivas de los episodios históricos son las de los vencedores. Tales narrativas suelen permanecer en el tiempo y recién estas últimas décadas se han comenzado a rastrear versiones de quienes fueron vencidos.

Abundante literatura historiográfica ofrece espacios para investigar aspectos del pasado desde la óptica de los derrotados. Ello, ciertamente, acelera la dinámica de cambios.

A su vez, en la ciencia política y las comunicaciones, se observan actitudes más refractarias. Son disciplinas donde cuesta asumir la levedad de las ideas. Y ni hablar de los practitioners en política. Dada su escasa inclinación a la autocrítica y al ejercicio de la duda, éstos suelen creer que sus opiniones quedan plasmadas para siempre como cuestiones absolutas y definitivas. En El Poder de las Ideas, Isaiah Berlin se ocupa largo de estos asuntos, observando cómo muchas veces se estima que en política las ideas están llamadas a quedar escritas en mármol; per secula seculorum.

Tal conducta es extraña. La vida pública, desde tiempos pretéritos, demuestra una y otra vez que las ideas perduran muy poco. Sólo una ínfima cantidad de ideas sobrevive; algunas se hacen permeables cuando captan que empiezan a ser carcomidas. Pero el grueso no resiste el paso del tiempo y terminan pulverizadas, cuando no directo en el tacho de la basura.

Es esta curiosa inclinación de los líderes a creer que están siempre labrando algo excepcional e imperecedero, la que provoca el asombro cuando quiebran y se derrumban. En las últimas décadas vemos una proliferación de transformaciones bruscas e inesperadas. 

¿Alguien divisó en sus fantasías, o en sus pesadillas, el derrumbe del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética?, ¿quién no se asombró cuando Yeltsin proscribió el Partido Comunista en 1991, tras el fracaso del golpe contra Gorbachov y literalmente clausuró su sede?

En los años recientes, decenas de estatuas de descubridores, conquistadores y militares, en numerosos países, han sido derrumbadas y sus ejemplos denostados. A veces por turbas descontroladas. Otras, por gobiernos que se sienten iluminados. Quizás el más elocuente ejemplo fue el de Chávez, espetando a una atónita Cristina Fernández, durante su visita a Buenos Aires en marzo de 2011, sobre la presencia de un genocida en la parte de atrás de la Casa Rosada. El líder bolivariano se refería a una imponente estatua de Cristóbal Colón (seis metros de alto, 38 toneladas de mármol de Carrara), erigida en 1921, homenajeando algo que parecía inamovible, el aporte migratorio italiano tan decisivo para Argentina. 

La verdad es que dicha estatua nunca incomodó. Aún más, lo más probable es que la entonces Presidenta jamás se haya planteado que Colón pudo haber sido un genocida. Eso, hasta que escuchó a Chávez. Dos años después, ordenó que el marino genovés fuese removido de su lugar. En la Ciudad de México ocurrió algo similar. Tras varios siglos, Colón ha salido del pedestal rumbo a los armarios. Total, América fue descubierta por los vikingos, por los chinos y quién sabe quién más.

Hace no más de una semana, la ministra del Trabajo de España, Yolanda Díaz, obsequió un nuevo ejemplo en tal dirección. Pidió “disculpas a las víctimas del franquismo” y retiró una Medalla al Mérito a Franco y a otros 60 colaboradores del dictador. El Libro de Oro del franquismo (como se denominaba a la recopilación de las distinciones de antaño), será convertido en un Libro de la infamia, sentenció la dirigenta de la fracción comunista de Unidas Podemos, quien alista su aspiración a encabezar un futuro gobierno. 

“Mucho nos hemos demorado… estamos cumpliendo con esto un mandato ético… estamos mirando al futuro”, dijo con la mayor de las naturalidades. Con el mismo fervor anunció, además, que, en muy breve plazo, se exhumarán los restos del fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera. Hace tres años, el vilipendiado generalísimo ya había sido exhumado. ¿Se habría imaginado alguien durante el esplendor del franquismo un desmontaje de tal calibre? 

Al otro lado del continente, en Polonia, se ofrece igualmente el atardecer de una era, aunque a diferencia de la española, transcurre de manera más escalonada. Allí se han comenzado a demoler, con amplia presencia televisiva y fotográfica, cuatro importantes monumentos al ejército soviético. Casi todos erigidos en 1945. Este proceso lleva ya varios años, y de tiempo en tiempo se observa cómo centenares de estatuas, obeliscos, monolitos y mausoleos alusivos al comunismo se desmantelan. Estos cuatro últimos han encontrado en la guerra de Ucrania, y en la rusofobia imperante en el país, un gatillante. “Es una manera de expresar el repudio a la guerra y a estos símbolos de sometimiento”, dice el comunicado oficial.

Por cierto, que los ejercicios de establecer equivalencias entre procesos históricos tan disímiles son inconducentes. Sin embargo, las tendencias observadas invitan a extraer algunas lecciones. Primero, que los giros en las ideas hegemónicas no responden a la superación de visiones anticuadas o a re-invenciones lineales de la historia. No debe olvidarse que las corrientes progresistas insisten en futuros radiantes y auguran magníficas etapas. Segundo, estos giros son lisa y llanamente expresiones, más o menos momentáneas, de triunfos, o bien de derrotas, en disputas políticas.

Las ideas en política son como la vida misma, llena de recovecos, avances en una dirección, luego en otra, retrocesos, vueltas y saltos. Una canción folklórica de Julio Numhauser (e interpretada como si se le desprendiera el corazón por Guadalupe Pineda), describe bien este proceso. Todo cambia. 

Pese a ello, no es infrecuente que los choques con la realidad provoquen dolores inmensos al interior de quienes se sienten derrotados o humillados en el tráfago de ideas. El narcisismo herido casi siempre empuja a reaccionar con rencor. Así ocurrió en los 90 con los partidarios del comunismo y ahora con los europeístas y globalistas ante cada triunfo de partidos nacionalistas. El triunfo de Meloni en Italia fue un verdadero cáliz de la amargura.

Y vendrán más. Por ahora, deberán de digerir otro, muy doloroso. Lo llorarán quienes habitan los espacios del progresismo eurooccidental y latinoamericano. Es el triunfo de una coalición nacionalista en Suecia (partidos fachos, en lenguaje progre). Sucede que allí, el nuevo canciller Tobias Billström, decidió terminar con la política exterior feminista establecida por su antecesora, Margot Wallström en 2014. 

No es un asunto menor. Muy por el contrario. Es extraordinariamente disruptivo con el feminismo y otras tendencias woke inmersas durante los últimos años en una expansión global relativamente exitosa. Es tanto el éxito, que ya han reemplazado las de los años 60 y 70, dado que conecta con aquellas al entenderse como misión redentora universal. El anterior y los de ahora son constructos a imitar. En esa dinámica están logrando introducirse como concepto medular de la política exterior de varios países. Suecia representa un importante revés.

Este giro, del todo inescrutable, sugiere que ninguna idea tiene comprada la eternidad y que, pese a la fuerza acorde a los tiempos que pudiese tener en un determinado momento, no significa su triunfo definitivo. Nunca lo será. La historia de las ideas es una larga lista de parricidios, dice Isaiah Berlin.

Lo interesante del caso sueco es que la coalición nombró a una mujer, e hija de inmigrantes, con apenas 26 años, como nueva ministra del Medio Ambiente. Una decisión, aparentemente curiosa, o contradictoria con la anterior, que sugiere remitirse nuevamente a Berlin.

Quienes optan por el liberalismo deben alcanzar un equilibrio necesariamente precario entre ideales incompatibles, un equilibrio basado en el reconocimiento de que todas las aspiraciones humanas tienen igual -o casi la misma- validez, y de que ninguna debe subordinarse a un principio único y aceptado incondicionalmente. 

Un dictum válido tanto para la democracia como para el capitalismo.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Ivan Witker

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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