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Publicado el 01 de noviembre, 2019

Ivan Witker: Argentina post-electoral: Multitud de guerras de posiciones y sin frentes definidos

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Ninguno de los dos espacios -como los argentinos llaman a sus coaliciones- lo constituye un partido o conjunto de partidos formales, sino que es una especie de constelación de camarillas, grupos y grupúsculos que, sin recato ni pudor, ofrecen toda gama de baratijas populistas. Lo novedoso es que en ninguno de los dos espacios que han emergido muestra alguna facción con fuerza gravitacional suficiente como para atraer o subordinar a las otras. Tampoco en ninguno de los dos espacios existe un líder que los aglutine o sea capaz de irradiar su influencia personal.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central
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No hubo suicidio político masivo como se pensó tras las primarias. El resultado de las elecciones generales en Argentina fue más estrecho de lo vaticinado por las encuestas electorales y terminaron configurando un cuadro muy complejo en cuanto a la distribución del poder. A la natural litis Oposición/Gobierno, se ha sumado una infinidad de guerras de posiciones al interior de ambos bandos, cuyo desenlace, alimentado por el incierto panorama económico-financiero, bien podría abrir las puertas a un descalabro mayor.

En efecto, se configuró en el país un cuadro inédito, ya que ninguno de los dos espacios -como los argentinos llaman a sus coaliciones- lo constituye un partido o conjunto de partidos formales, sino que es una especie de constelación de camarillas, grupos y grupúsculos que, sin recato ni pudor, ofrecen toda gama de baratijas populistas. Lo novedoso es que en ninguno de los dos espacios que han emergido muestra alguna facción con fuerza gravitacional suficiente como para atraer o subordinar a las otras. Tampoco en ninguno de los dos espacios existe un líder que los aglutine o sea capaz de irradiar su influencia personal. Siempre choca con otros caciques de igual reciedumbre. Es decir, hoy existe un cuadro tremendamente fragmentado y sin hegemonía alguna. Los espacios se han transformado en grandes casas de la discordia.

Ello quedó en evidencia el mismo día del triunfo, cuando la figura central y anfitriona de la concentración fue Cristina, y no el candidato vencedor. Inclusive, ella dejó que el ganador en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof (su ex ministro de Economía), hiciera un extenso uso de la palabra con el fin de leerle la cartilla a Alberto Fernández. Armado con un sinnúmero de datos y cifras, pronunció un discurso claramente inusual para estas ocasiones donde priman la euforia y algarabía desatadas. Kicillof, quien no es precisamente un santo de la devoción de Cristina, se prestó para la operación con la idea de buscar liderazgo de cara a sus aspiraciones presidenciales futuras. Fernández acusó el golpe. Se mostró como un orador cauteloso, pero apenas bajó del estrado comenzó a afilar espadas para enfrentar el duro panorama postelectoral.

En días anteriores, sumidos en las típicas declaraciones de amor en plena campaña, Cristina dijo querer repartir el botín; el Congreso para ella y el Ejecutivo para el albertismo. Sin embargo, tras la concentración de la victoria, Kicillof, el férreo prefecto de la doctrina y la fe peronista, anunció que deseaba al menos un alfil propio y otro para Cristina en el Ejecutivo. Las huestes albertistas replicaron que no dejarán la conducción del Congreso en manos de los K.

Las diferencias entre unos y otros dentro del kirchnerismo se ha trasladado a la política exterior.

La guerra de posiciones llegó, entretanto, también a los asuntos externos. Fernández desea ubicar en cancillería a Felipe Solá, quien tras su extraordinaria frase “para mantenerse en el poder hay que hacerse el boludo”, se convirtió desde hace años en el símbolo del ultra-pragmatismo peronista. Cristina asegura que Solá es intragable para ella. Igualmente, la embajada en Brasil es otro frente. Fernández desea aplacar la cero simpatía que Bolsonaro siente por el peronismo y salvar al Mercosur. Cristina prefiere la vieja escuela y centrarse en el destino de Lula y sus amigos del PT.

La razón es obvia. Ni ella ni nadie del submundo K han ocultado que prefieren retomar la idea de la Patria Grande bolivariana y acentuar la lucha contra el neoliberalismo. Dicen haber llegado a la convicción que dicho término ya reemplazó al de imperialismo en el imaginario de las izquierdas latinoamericanas.

En el espacio macrista se divisa también una pronunciada fragmentación.

En cambio, el albertismo prefiere tantear a EE.UU. y prepara un primer y significativo viaje para inicios de noviembre. Tras una breve escala para saludar a López Obrador, como señal a los K, ingresará al imperio a través del estado de Texas, acompañado de Guillermo Nielsen, su probable ministro de Economía (cercano a la Exxon y uno de los pocos que enfrenta a Kicillof al interior del peronismo) con la finalidad de “conocer más de la industria petrolera estadounidense”. El verdadero objetivo es entusiasmar a las petroleras texanas con lo que es la gran joya de la corona del período que se inicia: el gigantesco yacimiento de petróleo y shale gas de Vaca Muerta en Neuquén. Varias petroleras occidentales han mostrado interés, pero Sinopec y otras chinas están a la espera, pues Beijing va a jugar fuerte en el nuevo escenario argentino y quiere cosechar lo que ya sembró entre los K.

Fernández va luego a Washington a reunirse con representantes del FMI, en otra demostración de independencia frente a Cristina. La entidad es continuamente demonizada por los K, mientras que el albertismo es más pragmático. Estas evidencias confirman que la grieta (como le dicen los argentinos a las diferencias entre unos y otros) se ha trasladado a la política exterior.

En tanto, en el espacio macrista se divisa también una pronunciada fragmentación. Dado que el resultado final no fue catastrófico, y que Macri se convirtió en el primer presidente no peronista desde 1928 que finaliza su mandato, anunció que se mantendrá activo. Mientras, quien fuera la popular gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, se ha desmarcado del macrismo formando grupo propio. Lo mismo hará Horacio Rodríguez Larreta, quien ganó la Ciudad de Buenos Aires. Y la UCR, con su gran victoria en Mendoza, buscará hegemonizar la oposición.

No cabe duda que el optimismo debiera congratularse con la excepcional oportunidad que abre la fragmentación para generar una cultura de negociación. Sin embargo, la historia política argentina no invita al optimismo. Los movimientos post-electorales han caldeado la temperatura y se agudizado el ingenio pérfido de las facciones envueltas en estas guerras de desgaste y sin frentes definidos. Es muy probable que las estrecheces de la economía, especialmente de las finanzas, contribuya a delinear el futuro de la otrora próspera nación sudamericana.

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