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Publicado el 07 de noviembre, 2019

Ivan Witker: América Latina y los vestigios del Muro de Berlin

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Mirando con cierta objetividad, la región -salvo la crisis de los misiles- siempre ha estado ajena a los grandes temas globales. Hoy poco importa que el mundo se esté haciendo datacéntrico y dominado por el 5G y la inteligencia artificial. La región apenas intuye que las nuevas tecnologías pondrán en entredicho no sólo las grandes cadenas de suministro y la mano de obra ultra-barata, sino el propio ejercicio democrático y la representatividad de sus instituciones.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central
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Hace exactamente tres décadas, el planeta entero se sorprendió con una noticia que parecía fake news: el Muro que dividía Berlin pasaba a ser cosa del pasado. La noticia alcanzó a una América Latina que estaba dando vuelta la página a las duras experiencias militares. Quizás por eso demoró algo más que el resto del mundo en digerir tal proceso histórico.

En efecto, el derrumbe del Muro parecía inconcebible, no sólo para los berlineses, sino para estadistas y personas medianamente informadas de todo el mundo. Era el símbolo de la Guerra Fría. Fue un 9 de noviembre de 1989, en horas de la tarde, cuando la guardia que vigilaba el puesto fronterizo en la Bornholmerstrasse se vio desbordada por una multitud. Allí estaba el puente Bösebrücke, entre Berlin occidental y Berlin oriental. Era el menos conocido en el mundo, pero el más cercano para los habitantes germano-orientales, porque ahí se producían las salidas y entradas de las pocas familias divididas, que lograban tener contacto autorizado a lo largo de los 28 años que existió el Muro. A dos horas de verse sobrepasada, la guardia fronteriza de la Bornholmerstrasse hizo su último contacto con la central de la Stasi enviando un mensaje que pasó a la historia: “Nos lleva la marea”. La garita y el puente Bösebrücke han sido recordados en numerosas películas y canciones como Where are we now? de David Bowie. Hoy se encuentra allí la Plaza 9 de Noviembre de 1989, en señal de memoria de un día histórico tan relevante.

La caída de los 155 kilómetros de aquel Muro se convirtió en un hito cultural a nivel mundial, y desde luego también político. Pasó a ser el símbolo de derrumbes y aperturas de toda naturaleza en todas las latitudes del planeta. Se pensó algo obvio: si cayó ese, el más difícil e inimaginable de todos los muros existentes, ¿por qué no habrían de caer todos? El mundo entero así lo fue percibiendo a medida que pasaban los años. El capitalismo se sintió ganador y las ideas de izquierda se hundieron, sin saber cómo reaccionar. La consecuencia más visible fue una acelerada globalización. Los textos de Fukuyama se convirtieron en varita mágica hacia el futuro.

Sin embargo, la naturaleza humana siempre depara sorpresas. Estos 30 años sin Muro de Berlin fueron cualquier cosa menos un yermo de sosiego. Premonitoriamente, al caer el Muro, el asesor de Mijail Gorbachov y reconocido cientista político ruso, Georgi Arbatov, le comentó a Henry Kissinger durante un viaje a EE.UU.: “Estamos a punto de provocarles el mayor daño que jamás hayan recibido … ¡los dejaremos sin enemigos!”.

Y claro, el mundo unipolar no duró mucho. El atentado contra las Torres Gemelas en pleno Nueva York el 2001 y la crisis económica mundial de 2008, demostraron que el mundo avanzaba por nuevas conflictividades. Mientras en Europa, el descontrol migratorio comenzó a generar tendencias hacia el ultranacionalismo, los latinoamericanos prosiguieron por toda la década con tumbos del más diverso tipo, aplicando lo que algunos cientistas políticos denominan teorema de Baglini, según el cual las fuerzas opositoras actúan con una irresponsabilidad proporcional a cuán alejados se encuentren del poder.

No faltaron los que descubrieron repentinamente trazos arcádicos de las sociedades precolombinas o bien en la biodiversidad de la región. Quizás el más sorprendente “aporte” latinoamericano post Muro fue una re-lectura ideologizada de la epopeya libertadora de Simón Bolívar, de la mano de un caudillo venezolano que parecía sacado del siglo 19. Al chavismo se unió en 2003 otro avance inesperado, la llegada al poder en Brasil de un líder sindicalista. Ambas corrientes renovaron el entusiasmo y convergieron junto a numerosos grupos en el Foro de Sao Paulo. El respaldo teórico vino de la mano de Laclau y García Lineras, quienes desarrollaron una visión ígnea de las contradicciones sociales, valorando la acción de las grandes multitudes. América Latina aprendió a reemplazar la ya añeja idea del proletariado y la clase obrera como vanguardias. En las antípodas, la escuela de Chicago y el neoliberalismo sustituyeron al término imperialismo como culpable de todos los males. Podría decirse que en América Latina pronto se olvidó el Muro de Berlin.

Pero no debiera extrañar. Mirando con cierta objetividad, la región -salvo la crisis de los misiles- siempre ha estado ajena a los grandes temas globales. Hoy poco importa que el mundo se esté haciendo datacéntrico y dominado por el 5G y la inteligencia artificial. La región apenas intuye que las nuevas tecnologías pondrán en entredicho no sólo las grandes cadenas de suministro y la mano de obra ultra-barata, sino el propio ejercicio democrático y la representatividad de sus instituciones.

A 30 años de la caída del Muro, América Latina sigue convulsa y levantisca con temas propios y acotados regionalmente.

*El autor es PhD por la Universidad Carlos IV de Praga, República Checa

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