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Publicado el 17 agosto, 2020

Ivan Witker: Algunas claves de Inteligencia tras el NH4 NO3 libanés

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

La explosión de casi 3 mil toneladas de nitrato de amonio (NH4 NO3) en Beirut ilustra de buena manera algunos de los desafíos centrales que tiene esta compleja actividad en cualquier parte del mundo.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Como se sabe, la Inteligencia tiene un fin muy preciso, obtener información útil (procesada y contextualizada) para el poder político. Aunque algunos asocian esta actividad a los llamados theoroi en la antigua Grecia, su rasgo principal ha permanecido inalterable a través de los tiempos. Esto significa que, si ejecuta bien sus tareas y misiones, se convierte en instrumento irreemplazable para el proceso decisional. Por el contrario, si la realiza de manera negligente, suele provocar embrollos muy difíciles de resolver, o bien desata verdaderas catástrofes. Las lecciones más recientes de esto último emanan de aquellas explosiones en Beirut.

En efecto, lo que allí ocurrió es una falla monumental de los tres servicios de Inteligencia civil que poseía el Líbano; aparte de su policía marítima. Ilustra cómo una negligencia en este delicado ámbito puede poner en riesgo la subsistencia misma del Estado. Por lo mismo, resulta interesante buscar entre sus opacidades algunas claves para visualizar la importancia de la Inteligencia en estos tiempos. Veamos algunas de ellas.

Uno, versiones imprecisas sobre cómo llega la carga a Beirut. Una versión dice que el barco MV Rhossus arribó al puerto libanés con el propósito de hacer algunas reparaciones necesarias para su larga travesía hasta Mozambique. Otra asegura que debía esperar nuevos recursos para pagar el peaje en Suez. Como sea, la primera negligencia consiste en que la autoridad marítima deja atracar un buque, con carga extremadamente peligrosa, sin un claro plan de estadía. De paso, queda en evidencia que la Inteligencia civil libanesa no monitoreaba una infraestructura crítica tan central como es un puerto.

Dos, el desconocido motivo para seleccionar Beirut. Ocurre que, por alguna misteriosa razón, la Inteligencia libanesa no estimó relevante indagar algo tan obvio como las motivaciones del capitán del barco para privilegiar ese puerto y descartar otros de las cercanías. ¿Qué motivo lo llevó a descartar Haifa (Israel), Limassol (Chipre) o Mersin (Turquía) que disponen de mejores instalaciones para tan peligroso cargamento? Claramente no eligió Beirut por simple veleidad.

Tres, confusa relación entre vendedor/intermediario/comprador. En la misma línea de negligencias múltiples, se instala otra duda muy obvia: ¿cómo fue posible que ni el comprador de la carga (Fábrica de Explosivos de Mozambique) ni el banco a través del cual se pagó (BIM) hayan estampado un reclamo durante los siete años que estuvo el nitrato de amonio ahí? Parece del todo razonable que un servicio de Inteligencia indague a socios comerciales tan olvidadizos. Más extraño aún resulta el desconocimiento de las autoridades portuarias de Beira, Mozambique, sobre la llegada de dicho cargamento. Evidentemente, en este puzzle faltan varias piezas.

La lección principal de las explosiones en Beirut es simple: ante negligencias de tal envergadura y naturaleza, los Estados corren el serio riesgo de desintegrarse.

Cuatro, desconocimiento sobre el personal portuario. En este escenario tan lleno de misterios, resulta inadmisible que nadie haya investigado si funcionarios del puerto de Beirut mantenían contacto (al menos durante los últimos siete años) con grupos terroristas. En un país azotado por tanta violencia, el minimum minimorum de un servicio de Inteligencia es elaborar perfiles de quienes se desempeñan en una infraestructura crítica tan vital.

Ahora bien, junto a aquellas interrogantes -que más de alguien pudiera circunscribir al espacio específico del Medio Oriente- surgen ahora otras, de muy grueso calibre, y que podrían dar luces sobre posibles ramificaciones que estas explosiones tengan en otras partes del mundo. Por ejemplo, ¿qué grupos terroristas han usado nitrato de amonio en sus ataques?, ¿dónde y en qué contexto se ha incautado nitrato de amonio en estos últimos años en el mundo? No sería extraño llevarse más de una sorpresa. Por eso, tampoco es extraño que el FBI haya asumido la investigación de tanta desidia.

Por lo tanto, una lección general que se debe extraer del caso de Beirut es que no sólo las grandes potencias están obligadas a disponer de aparatos de Inteligencia efectivos, compactos y fuertes. Muchas veces, las convulsiones internas, la situación geopolítica de un país, o los niveles de exposición de sus actividades económicas, llevan a las elites políticas a generar y perfeccionar este instrumento tan vital de búsqueda y análisis de información, independientemente del tamaño del país.

La negligencia mayúscula en el Líbano deja al descubierto la pérdida del sentido identitario nacional.

Por eso, y dado que estas actividades son más bien sigilosas, suele despertar extrañeza, por ejemplo, que Suiza posea dos extraordinarios servicios de Inteligencia civil. O bien, que resulte inconcebible que el diminuto Luxemburgo disponga de un sólido organismo de Inteligencia, como es el Service de Renseignement de l´Etat. Son ejemplos -en el polo opuesto del Líbano- de elites preparadas para captar a tiempo y con idoneidad los desafíos de su país.

Pero también están aquellos donde la Inteligencia es separada de los procesos decisionales, sea por una clase política con muchos tejados de vidrio, o por miopía, o por precariedades institucionales, o debido al carácter defectuoso de su sistema político. Y, no pocas veces, por simple ignorancia. Sin embargo, tal separación de los procesos decisionales, acarrea con frecuencia altos costos. En tales circunstancias, se han observado reacciones tragicómicas, sea porque la Inteligencia trata de reaccionar “con creatividad”, recurriendo al esnobismo o planteándose objetivos fuera de sus posibilidades o por modas pasajeras. Cómo no recordar a los medios de comunicación refocilándose hace algunos meses con un caso de adopción de técnicas de big data en un contexto de ausencia total de capacidades en materia de capital humano. Se conocieron detalles tan jocosos, que parecían sacados de una película de Mr. Bean.

También ocurre que a veces las elites políticas se niegan a comprender los nuevos desafíos y siguen creyendo que la Inteligencia se reduce a simples mecanismos de infiltración de Pedro, Juan o Diego. George Friedmann -que algo entiende de estas cosas- sostiene que el datacentrismo está provocando un re-enfoque de las Inteligencias de los países más avanzados hacia tres grandes áreas estratégicas: la competitividad (y la consiguiente búsqueda de la destrucción de los rivales), en la disputa por zonas de influencia y en los nuevos campos de innovación. En ellos, subraya, la Inteligencia es sencillamente irreemplazable, por ser el único medio en condiciones de recopilar y contextualizar información útil para trasladarla luego al ámbito decisional.

Finalmente, al reflexionar sobre los desafíos para la Inteligencia, tras esas gigantescas negligencias observadas en el Líbano, resulta imposible no recordar dos efemérides relevantes y situadas en las antípodas. Los 44 años del rescate en Entebbe (Operación Trueno) y los 60 años de la captura de Eichmann en Buenos Aires (Operación Atila); ambas ejecutadas por el Mossad. El éxito de las dos dejó en claro que la Inteligencia es una actividad que requiere personal motivado, ante todo, por un profundo sentido identitario nacional. La negligencia mayúscula en el Líbano deja justamente al descubierto la pérdida de aquel sentido. Por eso, hoy es un Estado socavado, donde nadie defiende el interés nacional.

Luego, ambas operaciones fueron las primeras señales en orden a que los servicios de Inteligencia no necesitan únicamente agentes osados y con gran preparación física. Su éxito fue haber cumplido con las dos variables más deseadas, templanza entre quienes las ejecutaron y elevado nivel de preparación para abordar las complejidades -especialmente políticas y culturales- entre quienes las planificaron.

La lección principal de las explosiones en Beirut es simple: ante negligencias de tal envergadura y naturaleza, los Estados corren el serio riesgo de desintegrarse.

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