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Publicado el 27 de julio, 2020

Ivan Witker: A 50 años de la apertura geopolítica de China

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Todo indica que el “auge armonioso” producido con la apertura estratégica de Chou y Kissinger es ya asunto del pasado.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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El mundo que hoy conocemos comenzó a configurarse medio siglo atrás. Su pilar fundamental se generó a partir de una serie de episodios que parecían sacados de una película de espionaje. Fueron maniobras diplomáticas sigilosas, avisos distractivos a los medios de comunicación y gestos ocultos hacia la propia administración Nixon. Todo con el fin de mantener en reserva el traslado de Henry Kissinger a Beijing. Ese sorpresivo viaje coronó varias jugadas de ajedrez, calculadas al detalle por el entonces asesor de seguridad del Presidente Richard Nixon junto al premier chino Chou Enlai.

Kissinger llevaba ya varios años escrutando las señales crípticas enviadas desde la capital china. Y aunque mucho se ha escrito, difícil resulta especular hoy qué habría pasado si ambos políticos no hubiesen sintonizado. Lo concreto es que para los dos fue una tarea homérica; uno debió convencer a Richard Nixon, el otro a Mao Tse-tung.

Chou pasó su juventud en Gran Bretaña y Alemania y entendía que China no podía seguir siendo un eterno espectador del escenario mundial. Mao, por el contrario, recurría a su proverbio favorito para describir la Guerra Fría entre Washington y Moscú: “Sentarse en lo alto de la montaña a ver la pelea entre dos tigres”. Incluso coqueteaba con la ventaja que le daban los entonces 700 millones de chinos, pues creía firmemente que el grueso sobreviviría al páramo nuclear.

Por eso, Chou actuó con pinzas. Infructuosamente había tratado en los años 60 (a través de las embajadas en Varsovia, Budapest y Praga) de generar puntos de contacto, pero los escollos eran tan insalvables como numerosos. El hermetismo chino alentado por Mao, las secuelas de la guerra de Corea, la influencia del maccarthismo en Washington y aquella famosa negativa del Secretario de Estado John Foster Dulles a estrechar la mano de Chou Enlai en 1954, durante una conferencia internacional sobre Vietnam celebrada en Ginebra, eran algunos de ellos.

Pese a todo, Chou ingenió una invitación al periodista e historiador estadounidense Edgar Snow a presenciar el desfile militar anual de 1970. Snow viajó y conversó largo con quienes detentaban el mandato celestial en Beijing. A su regreso, escribió la primera biografía de Mao publicada en Occidente (Red star over China).

Poco después, Chou ideó algo nunca antes visto. Le pidió a la Federación de Tenis de Mesa de su país que, durante el Mundial de Nagoya en Japón, se acercaran a la delegación estadounidense, se mostraran amistosos y, si se daba la ocasión, los invitaran a Beijing. Aquí es donde Kissinger entra en escena. Captó aquellas señales enviadas por Chou y concluyó en la necesidad de integrar a China continental a los asuntos mundiales. Los jugadores de tenis de mesa fueron autorizados a viajar, jugaron, se fotografiaron y grabaron videos.

Todas estas sutiles maniobras ocurrieron tal como ambos políticos las visualizaron. Emergió entonces lo que ahora se conoce como diplomacia del ping-pong. El término devino en un instrumento político exitoso, profusamente analizado en las relaciones internacionales. Se hizo tan popular, que incluso fue ficcionado por Hollywood en la película Forrest Gump, donde Tom Hanks personifica al capitán del equipo estadounidense de ping-pong.

En julio de 1971, Kissinger partió rumbo a Pakistán. Se dijo que se trataba de una de sus tantas misiones diplomáticas rutinarias por Asia. Tras aterrizar en Islamabad, se informó que había sufrido una súbita descompensación de salud y se le había recomendado un “descanso médico” de tres días. Justo la ventana de tiempo que necesitaba para ir a Beijing. Su reposo en un hospital militar de la capital pakistaní se simuló de manera muy convincente y se pudo dar por concluida la Operación Marco Polo, como se la conoció.

Apenas finalizada, ambas partes dieron a conocer simultáneamente su disposición a establecer vínculos formales. Tres meses más tarde, Kissinger regresó a Beijing a ultimar detalles y se hizo el histórico anuncio que el Presidente Richard Nixon haría una gira de 10 días por China.

Con una muy numerosa delegación, Nixon llegó a Beijing, visitó la Muralla y se desplazó a Shanghai y otras ciudades. El gobierno chino le regaló dos osos pandas para el zoológico de Washington DC. Fue un gesto bastante significativo, que dio vida al ahora frecuente instrumento político de la diplomacia de los osos panda, cuyo obsequio Beijing reserva como gran señal hacia algunos países.

Esta apertura chino-estadounidense marcó los rudimentos de un mundo ansioso por superar el orden bipolar. Por eso sus impactos fueron enormes. Uno: el mundo entero comprendió que los sucesos mundiales tenían varios componentes indispensables. Dos: los asuntos internacionales pasaron a ser un juego geopolítico de balances entre varias potencias. Tres: el Consejo de Seguridad de la ONU se modificó de acuerdo al mundo real surgido tras la Segunda Guerra. Cuatro: la estabilidad del planeta pasó a depender del equilibrio entre Washington, Moscú y también Beijing. En suma, se trató de la primera apertura efectivamente global. Fueron los brotes verdes de un multilateralismo que maduraría en los 90 tras la desintegración de la URSS. El mundo aprendió que la esencia de la política mundial era al final de cuentas metamórfica y dinámica.

En el plano de las ideas, se produjo un “ensanchamiento” geográfico y demográfico muy concreto, que vino a contradecir, en alguna medida, lo que pensaba el influyente intelectual liberal Isaiah Berlin en los 50, al considerar “inmoral” que “fuerzas impersonales”, como la geografía o las características étnicas, determinasen la dirección de la política internacional. Luego, el pragmatismo con que China asumió su nuevo status llevó a pensar incluso en la posibilidad de un “auge armonioso”, como decía Deng Xiao-ping, el sucesor de Chou y Mao.

Pero no. El efecto ensanchador se agotó. Washington y Beijing derivaron en recelos mutuos, y hoy se miran sin saber si están o no frente una amenaza existencial. En los últimos tiempos, el horizonte se ha vuelto bastante borrascoso por la guerra comercial, por las versiones encontradas sobre el origen del Covid19, por las peligrosas tensiones de China con India y por la incertidumbre respecto a Hong Kong. Es cierto que Beijing no representa una amenaza militar a EE.UU., que necesita el mercado estadounidense para que su economía crezca, pero tal como señalan Campbell y Rapp-Hooper en Foreign Affairs la semana pasada (“China is done biding its time”), Xi representa un giro político total. Todo indica que el “auge armonioso” producido con la apertura estratégica de Chou y Kissinger es ya asunto del pasado.

De cara al futuro, asistimos a disputas científicas, tecnológicas, e incluso financieras y a un protagonismo chino sin precedentes en Africa y en los Balcanes. Lo mismo puede ocurrir con América Latina tras el default argentino y la oferta de mil millones de dólares de crédito para que la región prefiera la vacuna china contra el coronavirus. Los lobos guerreros del Presidente Xi hicieron advertencias inauditamente severas a Nokia y Ericsson en Europa, si rechazan el 5G de Huawei, e ncluso a Australia. Nada de esto fue imaginado obviamente por Chou ni Kissinger. Seguramente por intuición, el propio Nixon dijo poco antes de morir (1994): “al parecer, creamos un Frankenstein”.

Por eso, muchos han retomado aquel concepto que utilizó George Orwell en su ensayo You and Atomic bomb (1945) y que el año siguiente el asesor presidencial estadounidense Bernard Baruch llevó a la política mundial, Guerra Fría. Mao, quien nunca miró con real entusiasmo la apertura de Chou y Kissinger, quizás se referiría a esta nueva etapa como coexistencia armada.

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