Cuesta encontrar una pregunta fina y asertiva para adentrarse en lo ocurrido en Cuba entre diciembre de 1959 y enero de 1960. ¿Se inauguró en esa fecha una revolución errante, que, tras 63 años, aún busca su destino? ¿O, simplemente, es una revolución pobrista, que inauguró un régimen incapaz de reivindicar otra cosa que no sea la pobreza de sus habitantes?

L. Zanatta, el más reciente de los grandes biógrafos de Fidel Castro, explica con claridad meridiana, que en el origen nacionalista de matriz jesuita hay muchas respuestas a lo que es el régimen de los Castro y a esa angustiante cuestión existencial de no encontrar un norte, aunque pasen los años y las décadas.

Analiza a fondo no sólo la obnubilación con que Castro y su revolución son vistos en el mundo, ante todo por socialistas, comunistas e incluso sectores liberales en América Latina, así como también las innumerables dudas surgidas con ese curioso orgullo de hundir a su país en una pobreza eterna. Zanatta divisa en esa opción una especie de romanticismo cristiano, amoldado con el paso de los años -y forzado por la cruda realidad- tanto al racionalismo marxista como a las necesidades geopolíticas de Moscú.

Mucho de esto se observó ya en los primeros años de la revolución, cuando Nikita Jruschev llegó a un acuerdo directo con la administración Kennedy para solucionar la crisis de los misiles y procedió a retirar aquellas armas de la isla. Castro, indignado con tan humillante marginación, sacó a miles de cubanos a las calles a gritar “Nikita mariquita, lo que se da no se quita”. Su furia personal con este episodio de verse separado del epicentro de las decisiones, lo llevó a enviar a su primogénito Fidel Castro Díaz-Balart (hijo de su primer matrimonio con Mirta Díaz-Balart) a estudiar ingeniería nuclear, junto a cientos de otros muchachos, asegurando que Cuba dispondría de ese tipo de energía en un plazo de quince años. Se le llamó el proyecto del siglo y lo iba a encabezar su retoño. Fue uno de sus tantos delirios y quizás uno de los que mejor grafica la opción por el pobrismo y el errático camino de su economía.

Castro Jr tardó algunos años en adentrarse en los misterios del átomo. Recién en 1982 se inició, con apoyo soviético, la construcción del primero de los cuatro reactores con que contaría la central Juraguá, más un conjunto de albergues llamados pomposamente Ciudad Nuclear, ubicados en el sur de la isla. Los inevitables contratiempos técnicos y financieros retrasaron la obra ad eternum, hasta que el derrumbe de la URSS provocó su cierre definitivo diez años más tarde. Con posterioridad, se ha sabido de los temores de Gorbachov de dejar en manos del castrismo un proyecto tan complejo y delicado, así como también de las quejas estadounidenses por la falta de control especializado. La fulminante destitución de Castro Jr. -por incompetente, según se dijo- y su suicidio en 2018, víctima de una depresión, confirman que las aprensiones de Gorbachov y las molestias de la administración Reagan evitaron quien sabe qué catástrofe. El sueño atómico del líder de esta revolución errante le costó al régimen US$ 1100 millones más una deuda inespecífica, aún impaga, con Moscú.

Poco antes, otro desbocado plan había sido su zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar, anunciada con bombos y platillos para 1970. Fue uno de sus más grandes caprichos personales. Para disponer de más recursos y aprovechar días laborales, cambió la tradicional navidad al 26 de julio y estimuló a hombres y mujeres, jóvenes y viejos, a trabajar horas extra de manera voluntaria. Fantaseó con que el fisco revolucionario doblaría sus ingresos y haría de Cuba en pocos años, lo que a otros le tomarían decenas. Cuando el fracaso fue evidente, responsabilizó al enemigo del momento, Richard Nixon.

Al promediar los 80, la brújula revolucionaria pareció extraviarse nuevamente y la falta de divisas generó desabastecimiento generalizado. Castro comprendió entonces que no podía seguir tratando a los 3 millones de personas enviadas al exilio como hasta ese momento les motejaba; gusanos. Calculó que, si abría un poco la rendija, y les cortejaba adecuadamente, las arcas fiscales se beneficiarían. En un gesto inesperado, les permitió volver a visitar a sus familiares, traerles de regalo toda clase de productos y la posibilidad de enviar remesas de divisas de forma permanente. Pese al cambio ficticio y arbitrario, pues recibía dólares y entregaba pesos a los acongojados familiares, la inédita oferta empezó a funcionar. La alegría duró hasta el derrumbe soviético y fue obligado a declarar “período especial”.

La verdad es que aquella expresión fue un simple recurso retórico. Guillermo Cabrera Infante, Montaner y hasta el propio Pablo Milanés han dicho mil veces que la historia del régimen es un permanente “período especial”.

Y obvio, ninguno de los famosos planes quinquenales, que el régimen imitó del modelo soviético, funcionó. Ni siquiera medianamente. En sus inicios, fue por influencia del voluntarismo de Ernesto Guevara, quien como ministro de Industrias y presidente del Banco Central impuso una política económica carente del más elemental sentido de racionalidad provocó inflación, pero también dislocó el funcionamiento de la economía. Más tarde, la ineficiencia inherente a un modelo que iguala hacia abajo, hizo lo suyo.

Hoy, la revolución sigue buscando su rumbo. Inmerso en la bancarrota económica, sobrevive en la elite post Castro una especie de espíritu numantino, aunque carente de todo sentido. Esta actitud llevó al régimen, en 2021, a marginarse de los programas internacionales de vacunas. También se han multiplicado los apagones por falta de energía. La inflación y escasez se han vuelto inocultables. El malestar de la población es audible y parece estar atento al momento final.

Por lo tanto, los 63 años de castrismo muestran que, como hecho histórico, responde a ambos esquemas o patrones. Por un lado, es una revolución errante, en busca permanente de un destino que no llegó, o bien se evaporó en el camino. Muerto Fidel Castro y con deslavados apparatschiks en el poder, no es más que un fósil a la espera de ser depositado en algún museo. Las generaciones más jóvenes lo perciben con claridad. Por eso, se manifestaron masivamente en noviembre de 2020 y julio de 2021. Por eso también, prácticamente toda la selección de béisbol sub23 desertó en octubre del 2021, mientras se realizaba la Copa Mundial en México.

Pero, a su vez, lo 63 años muestran un modelo de pobrismo. Quizás por esa raigambre jesuita de los Castro, o bien por necesidades extremas, o porque sencillamente el modelo no se aviene con el adecuado funcionamiento de la economía, el régimen no logró, en estas ya largas décadas, ni siquiera recuperar el lugar de Cuba en los años 40 y 50, años durante los cuales fue el cuarto país con más televisores y radios per capita a nivel mundial, su moneda gozó de envidiables dos décadas de estabilidad y en algunas cifras socialmente relevantes como la mortalidad infantil exhibía números mejores que varios países europeos.

Como se puede ver hay material de sobra como para asumir que Fidel Castro, más que liderar un modelo de prosperidad y modernidad, se imaginó más bien a sí mismo como un Díaz de Vivar, un Cid Campeador. Es decir, con su cadáver cabalgando y ganando batallas por la pobreza.

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