A pocos agrada saber que la canción Libre, popularizada por el fallecido cantante español Nino Bravo en 1972 y que se transformó en el gran himno del 11 de septiembre de 1973 en Chile, tuvo una raíz más política que romántica. Los autores de su letra se inspiraron en el caso de Peter Fechter, la primera víctima mortal del Muro de Berlín, un albañil de apenas 18 años, abatido por la guardia fronteriza el 17 de agosto de 1962, cuando intentaba escapar de la RDA junto a su amigo, Helmut Kulbeik. Un año antes, las autoridades de la RDA habían erigido el llamado “muro de la ignominia”, para separar físicamente la ciudad de Berlín, pero esencialmente para simbolizar la división mundial en dos bloques enfrentados. Esa mole de cemento fue el gran ícono de la Guerra Fría.

Su derrumbe -del todo inesperado- ocurrió el 9 de noviembre de 1989. O sea, hace justo 33 años. Su legado en materia de cifras es sencillamente espantoso. Casi cinco mil personas se arriesgaron a escapar. 101 terminaron muertas. Miles quedaron gravemente heridos tras ser alcanzados por balazos de soldados o bien por los sofisticados sistemas de disparo automático a lo largo de los 45 kilómetros que dividían la ciudad, o de los otros 115 kms que bordeaban la ciudad por todos sus costados. Otra cantidad indeterminada de personas murió electrocutada en las mallas con alto voltaje y alambres púas que flanqueaban el hormigón, o bien mordidas por perros especialmente entrenados para vigilar la llamada “franja de la muerte”, una zona de tierra a lo largo de una estructura pensada como artefacto disuasorio. El muro se construyó para terminar con la sangría humana que amenazaba con despoblar de manera importante a la RDA.

El flujo era incontenible hasta el momento de su construcción. Tres millones de personas habían atravesado los controles para irse a la zona occidental de la ciudad. Una muy gruesa cantidad para un país como la Alemania oriental que no en esos años no llegaba a los 10 millones de habitantes.

Durante su existencia, el Muro de Berlín (mirado desde su fachada occidental) se convirtió también en un ícono del compromiso político con la idea de libertad. No sólo por los simpáticos grafittis pintados por artistas consagrados, por pintores amateur o por simples ciudadanos. También hubo dos presidentes estadounidenses que lo transformaron en escenario de su política exterior. Ich bin ein Berliner (Soy un berlinés), exclamó en alemán un conmovido John Kennedy en 1963. Acompañado del entonces alcalde mayor de la ciudad, el socialdemócrata Willy Brandt, habló en un balcón de la alcaldía en la comuna de Schöneberg, solidarizando así con la tragedia de los habitantes de una urbe dividida artificialmente, y, por ende, con muchas familias separadas.

A su vez, Ronald Reagan hizo un llamado a Mijail Gorbachov desde la puerta de Brandemburgo con un enérgico Tear down this wall (Derrumbe este muro) en 1987. Como se sabe, la actitud de Reagan más la apertura, tanto política (glasnost) como económica (perestroika), del carismático líder soviético precipitaron el fin del muro y con ello de la Guerra Fría. Puede decirse con propiedad que ambos lo “precipitaron”, pues la convicción suprema e incontestable de aquellos años, respecto a la existencia este muro, era un estado de cosas que no tendría fin.

Eso explica el enorme impacto global que tuvo el mega-concierto de Roger Waters, junto a otros integrantes de Pink Floyd y numerosos otros artistas del momento el 21 de julio de 1990. The Wall – live in Berlin fue escenificado en la Potsdamer Platz, a un costado donde estaba el muro. Fue tal la repercusión mundial de este show, que luego lo repitieron en muchos otros países. Concebido inicialmente como un espectáculo musical, terminó acoplándose a otros simbolismos en torno al muro.

Sorprendentemente, casi por acto de magia, millones de personas de todo el mundo (aunque principalmente de las democracias occidentales) conectaron este hit musical de 1980 con el significado histórico-político adquirido por la gesta del derrumbe del muro ocurrido diez años más tarde. Podría decirse que las generaciones cercanas a estos episodios empezaron a surfear el espíritu de un tiempo nuevo, entendido como libertario y sin ignominiosas barreras divisorias. Fue un muy curioso encadenamiento de simbolismos, pues en realidad, el único muro que cayó fue el del comunismo. Pese a ello, se popularizó el dicho “cayeron los muros de todo tipo”.

De esta manera, llegó a asumirse que cualquier tipo de frontera era desmantelable, superable, y que la democracia conquistaría África, América Latina y Asia. Bastaba con expandir la globalización y crear (o fortalecer) instituciones democráticas. Incluso, se asumió que, en los lugares más complicados del planeta, bastaba con una intervención humanitaria, enarbolando tales emblemas. Sería cosa de unos cuantos años. Un proceso irreversible.

Hasta las fuerzas armadas, levantando la idea de operaciones de paz bajo el manto protector de Naciones Unidas y su principio rector, el R2P (Responsability to Protect), se transformaron en símbolos humanitarios, capaces de detener cualquier genocidio. Kissinger comentó, sarcásticamente, que Clinton había descubierto un tipo de guerra, con tecnología de alta precisión, que no altera las urnas ni las conciencias.

De la mano de Fukuyama se pensó que, tras el derrumbe del muro, el éxito de las democracias liberales había dado por caduca la disputa acerca de cuál sistema de gobierno era mejor. La democracia sería una irrefrenable fuerza impersonal. Con sagacidad, R. Kaplan recuerda cómo por ese entonces era mejor ser percibido como neoconservador o internacionalista liberal. Se sobreentendía que toda persona inteligente, culta y de buen corazón, debía serlo. Ser realista pasó a ser considerado vomitivo.

A muy poco andar, sin embargo, comenzaron a surgir nuevos problemas mundiales y regionales. No sólo en cuanto al significado de estas barreras físicas “eternas”, sino en cuanto a la solidez real del sistema democrático que se consideraba vencedor, la democracia. Ante la falta de antídotos nuevos, los muros, aunque de condición brutal, empezaron a ser vistos como una frontera necesaria, pese a ser establecida por el ser humano sin grandes conexiones con realidades geográficas. Los muros pasaron a ser instrumentos ante situaciones muy difícil de manejar por la vía del diálogo y palabras de buena crianza. La proliferación descontrolada de movimientos migratorios, por ejemplo, explica que en los últimos años veamos en el mundo una buena cantidad de nuevos muros; sean vallas de concreto, alambradas electrificadas y con afilados chuchillos en sus puntas o simples zanjas.  

Sintetizando, no podría afirmarse tan categóricamente que la caída del muro de Berlín hace 33 años haya dado paso a brotes verdes como se soñó. La esperanza puesta en ese entonces se volvió un simple capullo marchito.

En su fascinante libro La Luz que se apaga, Ivan Krastev habla efectivamente que, tras la caída del muro, las democracias liberales comenzaron a marchitarse y que la historia no tiene finales predecibles por la sencilla razón que carece de libretos. Y si a esas palabras, escritas en 2020, se añaden la “operación especial” en Ucrania y la crisis en torno a Taiwán, podría concluirse que el mundo de hoy parece tan o más peligroso que durante la Guerra Fría. Nunca hubo tanta inminencia de ataques devastadores con armas de destrucción masiva.

La lista de capullos marchitos es larga. Esa fusión de soberanías nacionales a través de una burocracia poco amigable en Bruselas, por ejemplo, poco o nada tiene que ver con el jolgorio ciudadano vaticinado por Fukuyama. Nadie sospechó las compulsiones atávicas y la profundidad de odios inauditos que iban a emerger. Tampoco nadie vio la irrupción de nacionalismos y regionalismos. La vida post muro de Berlin parece darle la razón a Krastev, en el sentido que los hombres miden su vida en años, los países en siglos y las civilizaciones en milenios.

A 33 años de la caída del muro y 60 de la muerte del joven albañil, Peter Fechter, se divisa menos comunidad con vecinos y muchas más suspicacias con cualquier grey adversa, sea política, religiosa o económica.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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