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Publicado el 2 noviembre, 2020

Ivan Witker: 10 años sin Néstor, el cadáver que tanto pesa

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Quizás la mayor dosis de originalidad del ex presidente argentino proviene de haber asociado sus motivaciones existenciales a otras similares en el resto de América Latina

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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600 toneladas pesa el grandioso monumento a Néstor Kirchner mandado a hacer en 2014 al escultor argentino Miguel Gerónimo Villalba. El propósito fue instalarlo a la entrada de otra dispendiosa obra, como fue el edificio que Rafael Correa construyó para Unasur cerca de Quito (en la foto). Desde allí, Kirchner debía iluminar el posterior ascenso de los pueblos latinoamericanos hacia una gran quimera ubicada en el infinito. La escultura simbolizaría el nuevo tótem latinoamericano.

Pero no. En realidad ésta fue consumida por la curiosidad de moros y cristianos. Muchos imaginaron detalles estrambóticos, inspirados en los sátrapas de Turkmenistán y Norcorea. Por ejemplo, que un escultor ecuatoriano le había dado un baño de oro para aumentar su resplandor; otro aseguró que la cabeza rotaba para que mirase permanentemente al sol. Como fuere, había fervor. Kirchner estaba emplazado “en la mitad del mundo” y la plebe cuchicheaba.

El cortocircuito entre Correa y su delfín, Lenin Moreno, produjo un brusco aterrizaje. La Asamblea Nacional ecuatoriana tomó la decisión de retirarlo por “apología a la corrupción”. De hecho, ya en las postrimerías del correísmo, desconocidos la vandalizaron varias veces y se respiraba molestia. Moreno propuso trasladarla a la embajada argentina en Quito, pero fue denegado con cortesía. Al no haber acuerdo, la mole se llevó a una bodega, a la espera de un destino definitivo.

A los pocos años, la providencia quiso que su viuda volviera al gobierno en Buenos Aires. Se hicieron los arreglos para repatriar al héroe incomprendido en tierras extrañas e instalarlo en el Centro Cultural que lleva su nombre, en la calle Sarmiento de la capital argentina (muy cerca del legendario Luna Park). Curioso destino para un político que destacó por muchas cosas, menos por su espesor cultural. Ahí quedará, hasta que el destino dicte otra cosa.

Los errantes vaivenes de la estatua constituyen un buen reflejo de la vida de Lupín, como le decían a éste, quizás el más notable de los últimos caudillos argentinos. Fue un 27 de octubre de 2010, cuando Néstor Carlos Kirchner Ostoic concluyó su paso por esta vida terrenal. Fue el hijo dilecto de Río Gallegos y de Juana Ostoic, una puntarenense que residía temporalmente en esa ciudad de la Patagonia vecina.

Sin embargo, en aquellos ventosos parajes, nunca nadie imaginó hasta dónde llegaría ese abogado dedicado a las cobranzas judiciales. Desde la lejana provincia, forjó una trayectoria política inusual y poco apegada a la tradición peronista. Fueron sus osadas prácticas y un liderazgo volcánico que lo llevaron en pocos años a ser una de las principales luminarias del firmamento justicialista. Kirchner junto a su esposa, Menem, los líderes  de los Montoneros (Firmenich, Abal Medina, Vaca Narvaja), los hermanos Saa, Duhalde y tantos otros, no sólo han mantenido vivo el peronismo durante décadas, sino que le han proporcionado matices y características sencillamente fuera de lo común. Hicieron de este movimiento una de las expresiones más originales y metamórficas que haya memoria de las corrientes políticas asociadas al populismo y a la demagogia. Cambios de rumbo y de discurso a niveles inimaginables, un ejercicio del poder en términos absolutos y cuidados mínimos por los escrúpulos y la austeridad, son algunos de los rasgos más notables de este movimiento que sobrevive a cualquier cataclismo político.

Hoy se especula que el kirchnerismo podría llegar todavía más lejos. Pese a ser algo prematuro, no se sabe si constituye una de las tantas expresiones del peronismo, o bien representa una etapa superior de éste. Reflexiones y antecedentes recopilados por sus biógrafos apuntan (y con alguna razón) a lo último. Néstor superaría a Perón en muchos aspectos no menores.

Por ejemplo, varios subrayan que, pese a la imposibilidad de establecer cuándo y dónde se inició su “despertar social”, fue el primero en integrar activamente a su relato (o sus designios, si se prefiere) a grupos sociales pertenecientes a ámbitos fuera de la política con el fin de darle un toque de sensibilidad explícito. Ese es el papel de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, de ONGs feministas, de DDHH, de piqueteros y otros. También, al mantener una conexión vital con su Santa Cruz, instaló en el centro del poder político la visibilización de las provincias. Urdió así una suerte de mensaje subliminal: “Desde fuera de Buenos Aires también se puede”.

Y podrían agregarse varios otros. Kirchner materializó esa curiosa tentación a prolongar la permanencia de la familia en las estructuras centrales del poder. Lo logró no sólo con su esposa, sino también con su hijo y su hermana (eso independiente del nepotismo en las estribaciones subalternas del aparato público). Perón, en cambio, vio arrebatada esta posibilidad con la muerte prematura de Eva y no alcanzó a dimensionar el tremendo descalabro armado por su segunda esposa, Isabel, al sucederlo en la Casa Rosada.

Enseguida, si se mira su actividad en un sentido más amplio, quizás la mayor dosis de originalidad, en tanto demagogo, proviene de haber asociado sus motivaciones existenciales a otras similares en el resto de América Latina. Todo ello sin tratar de dominar ni homogeneizar espacios. Resulta algo impactante cómo los Kirchner tratan con una amabilidad poco usual (aunque quizás con desprecio soterrado) a personajes de mucho menor envergadura y calado, como Morales, Lugo, Correa. Además, carentes de todo glamour si se les mira desde la pomposidad bonaerense.

La habilidad de Kirchner -probablemente movido sólo por intuición- fue aprovechar la fortuita circunstancia de un enfrentamiento que pudo haber sido mortal para el peronismo, entre el entonces Presidente Carlos Menem y Eduardo Duhalde, el gran cacique bonaerense. Este último, ya herido, concibió la idea de interponerle otro político provinciano a Menem y aunque fracasó con sus primeras propuestas (el corredor de fórmula uno, Carlos Reutemann y luego De la Sota), finalmente lo logró con este enigmático abogado sacado de los breñales patagónicos.

Instalado en el poder, Kirchner -quizás nuevamente por intuición- implantó un modus político asociado al concepto punto de bifurcación, elaborado por el boliviano Alvaro García Lineras y el español Iñigo Errejón. Estos lo tomaron de la física (Ilia Prigogine), para significar alteraciones sociales que, una vez identificadas, gatillan procesos de cambio y pueden romper los llamados empates catastróficos. En buen romance, provocar una enorme división entre “ellos” y “nosotros”. Es el camino que, con matices diversos, siguieron los Chávez, los Maduros, los Correas y otros idólatras de la confrontación. Para Alan Knight, el reconocido historiador británico especialista en populismos caudillistas latinoamericanos, no es más que un adefesio conceptual, pero las consecuencias prácticas han sido funestas.

Hoy, el cadáver de Kirchner (al que por alguna razón misteriosa no se le hizo autopsia), yace en una cripta en su natal Río Gallegos. Sus fanáticos pensaron en un mausoleo, también faraónico, como epicentro de la capital imaginaria de un “nosotros” latinoamericano. Soñaron con otro gran tótem. Pero la crisis y el vandalismo morigeraron los ímpetus y los planes se postergaron.

A 10 años de su muerte, los Fernández, promueven conjuros y plegarias, al pie de la estatua repudiada por los ecuatorianos, para tratar de salir de la enorme crisis financiera en que están metidos. Pero los enemigos no ahorran epítetos. ¿Podría alguien dudar que el cadáver de Néstor no siga tibio y pesando tanto como la estatua repatriada?

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