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Publicado el 12 noviembre, 2020

Isabel Plá: Una cuestión de estilo

El destino de los países no depende únicamente de su economía, de las oportunidades de empleo, de las políticas sociales, ni de la persecución a la delincuencia y el terrorismo. En el largo plazo depende de los sentimientos de la ciudadanía, de su grado de pertenencia a una misma sociedad, del respeto a las reglas y, fundamentalmente, del reconocimiento que hacemos cada uno de nosotros del resto.

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Permítanme asomarme un momento a la elección presidencial en los Estados Unidos, porque creo que demuestra de la manera más cruda porqué la política no es solo una cuestión de ideas y de visión de sociedad, sino también de formas. Más aún, es en las formas en donde muchas veces se juega la solidez y permanencia de las instituciones.

A muchos se les prendieron las alarmas cuando hace cuatro años Donald Trump irrumpió en la escena política del país más poderoso del mundo. Más allá de las dudas que generaba la controvertida figura de Hillary Clinton, contra quien se enfrentaba, Trump desafiaba estrepitosamente el propósito esencial de la política, que no es solo ganar elecciones sino contribuir, desde distintos roles, a mejores sociedades, a la confianza en las instituciones, al respeto a la dignidad del ser humano.

El estilo de Trump conquistó rápidamente corazones políticos en Chile. Por fin alguien decía las cosas como son, despreciaba al poder (desde el lugar más poderoso del planeta), descalificaba sin pelos en la lengua a sus oponentes; consideraba la mesura y el diálogo como una debilidad; sacaba del closet sus propios odios y convocaba a sus seguidores a cultivarlos y a exhibirlos sin pudor.

Su comportamiento durante toda su administración y su particular talento para dividir a un país entre buenos y malos, patriotas y traidores, campeones y fracasados, demostró que las alarmas encendidas en el 2016 eran justificadas. Si los buenos resultados económicos de Estados Unidos durante la administración Trump (hasta que se le apareció marzo y la pandemia) y la exposición de la grieta entre los sofisticados intereses de una elite y las preocupaciones cotidianas de millones de ciudadanos, le permitieron aumentar sustancialmente su votación y mostrarle al mundo que su apoyo es real, deja un legado de división como no se recordaba en los Estados Unidos. Y una lección para el mundo: la democracia, las instituciones y el clima social no son infranqueables.

Es curioso cómo en Chile el progresismo ha salido a celebrar la aún no oficial elección de Biden. Mientras con un ojo lo ven como la derrota de la derecha, con el otro miran al techo. Porque si en Estados Unidos ha sido un presidente republicano el que ha vivido la política como el productor, director y protagonista de un show de televisión, abrazando a sus seguidores y despreciado a la otra mitad del país, en Chile es un sector de la izquierda el que lleva la delantera. Lo vemos a diario por nuestras criollas pantallas: representantes de la ciudadanía, que prometieron solemnemente cumplir con la ley y la Constitución, corriendo disfrazados por la Cámara para celebrar esto o aquello, cambiando las reglas para imponer sus aspiraciones, amenazando con destituir a los ministros cuando vuela una mosca, incitando al odio en redes sociales, difundiendo verdades a medias o noticias falsas. En suma: alimentando, implacables, las rabias de sus propias bases electorales.

El destino de los países no depende únicamente de su economía, de las oportunidades de empleo, de las políticas sociales, ni de la persecución a la delincuencia y el terrorismo. En el largo plazo depende de los sentimientos de la ciudadanía, de su grado de pertenencia a una misma sociedad, del respeto a las reglas y, fundamentalmente, del reconocimiento que hacemos cada uno de nosotros del resto. Todo eso es el resultado de las formas en el ejercicio de la política y del estilo con el que se conducen sus líderes. Por eso no son triviales las ceremonias que conmemoran fechas importantes o la solemnidad de los traspasos de mando, ni son solo correcciones políticas el apego a la verdad y la civilidad para relacionarse con los adversarios.

“Somos republicanos, pero (norte)americanos ante todo”, declaró la semana pasada Cindy McCain, viuda del senador republicano, excandidato presidencial y veterano emblemático de la guerra de Vietnam, John Macain. Lo decía cuando visitaba la tumba de su marido, reiteradamente descalificado por el Presidente Donald Trump (incluso después de su muerte), para señalar las razones por las cuales su familia y varios reconocidos republicanos no respaldaron su reelección.

Cuando leí esa nota pensé en cuánto nos gustaría a muchos que volviera a ser una virtud y no un signo debilidad que nuestros líderes repitieran cada vez que fuera necesario “somos de derecha/izquierda, pero chilenos ante todo”. Es una cuestión de estilo, tan importante como las ideas.

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