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Publicado el 3 diciembre, 2020

Isabel Plá: La voz de la otra oposición

Durante demasiado tiempo la izquierda democrática o social demócrata o ex Concertación, o como prefiera usted llamarla, tuvo su micrófono apagado y ha permanecido desde marzo de 2018 subyugada ante los extremos.

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Gobernar con minoría en el Congreso es difícil. Hacerlo frente a una mayoría opositora que actúa en bloque, desde la DC al PC, es imposible. Desde el plebiscito, sin embargo, empieza a notarse la diferencia, todavía de manera tímida, entre dos oposiciones.

Una vive la política como el arte de polarizar al máximo y está en enfrentamiento permanente contra quienes no compartan sus particulares visiones. Los señala como enemigos del pueblo, llama a funarlos de cuerpo presente o en redes sociales, publica sus domicilios y celulares, ridiculiza, amenaza, alienta el asedio a La Moneda y exige la renuncia del Presidente de la República todos los días.

Es la oposición que presentó un proyecto de ley la semana pasada para alterar el calendario democrático del país, adelantando las elecciones presidenciales. Y, antes, otro para burlar la regla de los dos tercios para la nueva Constitución. Es la misma que rechazó el proyecto que exige a los partidos renunciar explícitamente a la violencia como método de acción política, la que celebró que miles de adolescentes se saltaran los torniquetes hace un año, bautizó como un “despertar” la destrucción de más de 40 estaciones de metro y disfraza la violencia de “desobediencia civil” o de “manifestación social”.

El sello de esa oposición se expresó con nitidez la semana pasada, cuando un diputado del Frente Amplio dijo que era importante censurar a la mesa de la Cámara, liderada por Chile Vamos (intento que fracasó el martes, por tercera vez), porque el Congreso estaba en un “proceso de enfrentamiento con otro poder del estado”. Y está empeñada en desacreditar el acuerdo constitucional, y lo pone en riesgo todos los días.

Hay otra oposición que empieza a dar señales en otro sentido. Percibe que fundida con la extrema izquierda no solo arriesga su capital electoral, sino que ha perdido influencia y, al final del día, entiende que la democracia tiene reglas que deben respetarse siempre, gobierne quien gobierne.

Es la oposición que rechazó adelantar las elecciones presidenciales y cambiar la regla de los dos tercios, la que accedió a entenderse con el Gobierno para tramitar el proyecto oficialista en el retiro del 10%; y la de los 19 diputados que respaldaron el proyecto que les exige a los partidos renunciar a la violencia como método de acción política.

Para ponerle nombre y apellido a esa oposición, es el senador Juan Pablo Letelier señalando el domingo en una entrevista en La Tercera que es “muy violento para la democracia proponer cambiar ciertas reglas básicas”. Es la senadora Carolina Goic desmarcándose de quienes califican al diálogo de cocina. Y es (a ratos, no siempre) el senador José Miguel Insulza advirtiendo que “los que quieren crear ambientes de revuelta están equivocados” y que “una nueva Constitución, para que sea sólida, debe tener un apoyo de los dos tercios”.

El problema es que durante demasiado tiempo la izquierda democrática o social demócrata o ex Concertación, o como prefiera usted llamarla, tuvo su micrófono apagado y ha permanecido desde marzo de 2018 subyugada ante los extremos. Pensaron que era la vía más rápida de debilitar al Gobierno de Sebastián Piñera, que no importaba poner su grano de arena para desacreditar instituciones o desafiar al estado de derecho firmando proyectos inconstitucionales. Y que bailando al ritmo del PC y buena parte del Frente Amplio, serían expiados de la culpa de haber gobernado durante 25 años con políticas económicas inspiradas en la libertad, respetando la democracia y conteniendo a una izquierda que asumió la transición a regañadientes y vio todos sus sueños postergados hasta hoy.

En la etapa que empezamos a atravesar, cruzada de delgadas líneas entre la luz y la sombra, Chile necesita que la voz de esa oposición no se apague otra vez.

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