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Publicado el 07 de octubre, 2015

Intelectuales al debe

Cuando la reflexión de intelectuales se enfoca excesivamente en la política contingente no sólo corren el riesgo de parecer abanderados con un sector, sino que fallan en su rol principal de darnos luces sobre realidades complejas y siempre cambiantes.
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No sé en qué andan realmente nuestros intelectuales públicos, pero con certeza no preocupados de explicarnos al resto el complejo mundo contemporáneo. Es cierto que no todos caben en el mismo saco, pero en líneas generales, a juzgar por lo que dicen y escriben en el foro público, trabajan con una paleta más bien escuálida de inquietudes. Esto es, con un foco en lo chileno que se asemeja mucho a mirarse el ombligo, y con un interés por la contingencia política que tiene más de táctico-instrumental que de reflexión a fondo sobre el presente y el futuro.

En demasiados casos, para decirlo sin rodeos, nuestros intelectuales actúan como los voceros/consultores de algún sector político antes que como la vanguardia del pensamiento en esta sociedad del siglo XXI. De hecho, casi toda la producción de los últimos años se relaciona directamente con los intereses y desafíos de uno u otro bando ideológico, desde los ataques y defensas del “modelo” a la obsesión constitucional, desde las denuncias de anemia cultural a la convocatoria cuasi-mística a redescubrir “lo público”, desde las quejas por la falta de “relato” a los golpes de pecho por una transición política pactada.

Como si no hubiera otros temas pidiendo a gritos una reflexión honesta que ayude a iluminar nuestra comprensión del mundo moderno. Como si la tan cacareada “batalla por las ideas” se agotara en programas de gobierno, reformas institucionales o plataformas políticas. El énfasis se pone en lo técnico, rara vez en lo humano. Casi toda la discusión gira en torno a lo político-contingente y al respectivo enfoque institucional —por ejemplo, en trabajo, educación o salud—, pero poco o nada en torno a las profundas transformaciones que esas facetas de la experiencia humana están sufriendo a resultas de cambios tecnológicos, económicos y sociales a escala planetaria. Nuestros intelectuales están en deuda.

Por ejemplo, sin duda es importante repensar los sindicatos en un entorno laboral que se caracteriza cada vez más por la flexibilidad en las relaciones contractuales y la diversidad de modos de trabajo. Pero también es clave, si elevamos un poco la mirada, reflexionar sobre cómo el propio éxito económico y la modernización repercuten en esta esfera, decretando la obsolescencia de actividades a un ritmo más acelerado del que crean alternativas; o sobre si es sensato seguir hablando de “clase trabajadora” en sociedades de ingreso medio (o casi) en que la pertenencia de clase ha sido remplazada por la noción de “identidad” como principal motor de movilización social.

En educación, en tanto, es legítimo debatir sobre el marco institucional (aunque hasta ahora poco se hable sobre la calidad de los contenidos y la enseñanza), pero sería muy bienvenida una reflexión profunda sobre cómo pueden adaptarse las personas y las sociedades a un futuro no muy lejano en que la educación será un proceso continuo y de por vida, no sólo una etapa acotada de la historia personal.

Y en cuanto a salud, claro que el acceso y la calidad de la atención (a nivel público y privado) deben ser preocupaciones permanentes, pero las propias mejoras en ambos aspectos plantearán difíciles desafíos para la sociedad en variados ámbitos, empezando por el sostenido aumento en la esperanza de vida. Si es verdad que ya han nacido individuos que vivirán 120 años, como afirmaba la revista National Geographic en 2013, ¿qué significa eso para la familia, el sistema educativo, el matrimonio, la política fiscal, la competencia electoral, la producción de cultura, la rigidez institucional, la renovación de las elites o el recambio generacional? Ni hablar de los dilemas éticos y de otra índole que planteará el avance tecnológico en áreas como la terapia genética, la reproducción asistida, la cirugía reconstructiva, la clonación de órganos y varias más.

La necesidad de trabajo intelectual se extiende incluso —o más bien, sobre todo— a los ámbitos en que abundan los prismas dogmáticos: Estado y mercado, democracia y ciudadanía, libertad e igualdad, responsabilidad personal y justicia social, etc. En particular se echa en falta aquí un enfoque liberal que sea lúcido y comprometido, pues el llamado progresismo ha sido más diligente a la hora de ofrecer interpretaciones propias.

¿Acaso no amerita un análisis serio el hecho de que la sociedad que ha sacado a más personas de la pobreza en los últimos 30 años sea una autocracia comunista que practica el capitalismo de Estado, que no concede libertades políticas a sus ciudadanos y que aun así es hoy la segunda potencia del planeta? ¿No deberíamos reflexionar sobre cómo el mismo comercio global que ha impulsado la prosperidad mundial también permite espacios de explotación y abuso que la mayoría de la gente no toleraría en sus propios países? ¿Qué nos dice el extremismo islámico sobre el rol de la fe y de la libertad religiosa en las sociedades modernas? ¿Cómo debemos entender el valor de la inmigración y del apoyo humanitario —o de la libertad de las personas para elegir su destino— a la luz de una crisis como la generada por el masivo éxodo de refugiados norafricanos y de Medio Oriente a países europeos? ¿Qué implicancias sociales, económicas y políticas tiene el despliegue de tecnologías que aniquilan las distancias entre seres humanos y multiplican sus oportunidades de colaborar con otros, pero que a la vez erosionan la vida privada e invaden nuestra intimidad? ¿Qué nos dicen experiencias como las de Venezuela y Cuba sobre la naturaleza de la verdadera democracia?

Cada generación necesita pensar el mundo en que le toca vivir y en ese esfuerzo los intelectuales juegan un rol clave (aunque no exclusivo ni determinante, como creen algunos). Cuando su reflexión se enfoca excesivamente en la política contingente no sólo corren el riesgo de parecer abanderados con un sector —o peor aún, con un candidato— en desmedro de su indispensable vocación de objetividad, sino que fallan en su rol principal de darnos luces sobre realidades complejas y siempre cambiantes.

 

Marcel Oppliger, periodista.

 

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO

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