La prerrogativa más temida

Los presidentes temen hacer uso del indulto. Es una atribución que la Constitución les otorga y no puede ser discutida sin cuestionar, al mismo tiempo, la institucionalidad. Por eso podría pensarse que están muy dispuestos a emplear este recurso cada vez que les parezca, la verdad es la contraria.

Al indultar los mandatarios siempre buscan compañía. Intentan que sea el Congreso el que legisle para que, mediante leyes aprobadas, compartan la responsabilidad de lo que se está haciendo. La vuelta es larga, el tiempo que se emplea es mucho, las posibilidades de tener éxito son escasas, pero prefieren siempre este camino.

Las explicaciones para este comportamiento son muchas, pero destacan dos: el indulto no es popular y deja a un Presidente expuesto a la crítica y, además, quedan atados a la conducta posterior de quienes reciben este beneficio.

La impopularidad se explica sola. Muchos entienden que la ley se aplique a todos por igual, cuando la justicia dictamina el caso se cierra, punto. El indultado recibe un privilegio y el límite no puede ser argumentado sin grandes dificultades.

Los indultos benefician a personas declaradas culpables por los tribunales, de manera que lo que hagan después pesa sobre quien los deja en libertad. De algún modo, se espera de ellos que se comporten ejemplarmente de allí en adelante, si no pasa tamaña transformación, todos los ojos se dirigen al mandatario.

Por lo anterior, el indulto es una de las operaciones políticas más delicadas que existen. Implementarla es un campo minado. Cada paso ha de ser ejecutado con precisión antes, durante y después. Ha de ser como un golpe seco, rotundo, inapelable, impersonal del que se sale con mucha rapidez. Lo decisivo es que la polémica posterior sea intensa, pero breve y se pase rápidamente a otras cosas, por lo cual esas “otras cosas” están igualmente preparadas.

Lo que hemos visto, es la peor puesta en escena que se pudo imaginar. El error no proviene de la decisión misma, sino de una ejecución deplorable.

Una decisión solemne, una presentación improvisada

Esta ha sido una decisión presidencial, pero no preparada por el Gobierno en su conjunto, lo que ya genera complicaciones importantes. Es bien poco probable que el equipo político haya sido parte entusiasta de la decisión y oportunidad escogida.

Carolina Tohá estaba implementando una política de Estado en materia de seguridad en la que se estaba jugando por completo. Venciendo enormes dificultades, los acuerdos con la oposición habían avanzado y se estaba próximo a dar a conocer una agenda en esta materia que contaba con un respaldo transversal.

Pensar que la ministra del Interior pusiera en riesgo el trabajo de meses es ilógico. Emplear la vía de los acuerdos nacionales para enfrentar los grandes problemas es la única opción de la que dispone un gobierno minoritario para salir adelante, venciendo la tentación de ejercer el veto permanente que tiene a su disposición la derecha en el Parlamento. La estrategia básica fue puesta en riesgo. Un indulto puede ser aplicado en cualquier momento, el acuerdo en seguridad era ahora.

De poder escoger, un equipo político no tira por la borda la estrategia que le permite asegurar la gobernabilidad y mantener la iniciativa.

Pero lo que no tiene perdón es la puesta en escena y la falla fue de Boric. Indultar es cubrirse con el manto de la atribución presidencial, decidir y cerrar el capítulo a cal y canto.

Lo que hizo el Presidente fue comentar su propia decisión, hablando con relajo e informalidad, explicando su conducta en base a su convicción de que, en un caso específico, el de Mateluna, se había cometido un error, es decir, que no era culpable. El manto de solemnidad de lo ejecutado se perdió de un plumazo por la informalidad empleada. Un Presidente puede indultar al señor Mateluna, pero no puede liberar a “Jorge”.

El resultado ha sido el mismo de una bomba racimo, sus esquirlas saltaron en todas direcciones.

No es un episodio, es una confesión

Hay que decir que, en estas circunstancias, en el oficialismo todos han estado a la altura.

Cuando la Corte Suprema expresa públicamente que el Presidente no puede inmiscuirse en los fallos de otro poder del Estado (principio básico, nunca antes tenido que hacer presente), el equipo de la Presidencia elaboró una respuesta bien pensada para mitigar el golpe.

El equipo político aguantó el chaparrón y se concentró en el uso incuestionable de una atribución presidencial. Los partidos cerraron filas, con una disciplina que no se había visto haciéndose los desentendidos de las fallas cometidas (aunque esta es una especialidad nacional muy cultivada). El PS llamó a la unidad ante la “arremetida de la derecha” e hizo un llamado que incluyó a la DC a enfrentar juntos el proceso constituyente.

Todos han hecho muy bien su papel: contienen, enfrentan, atacan al adversario y hablan de otra cosa. De esta demostración colectiva de disciplina se pueden esperar nuevos logros que solo la unidad entrega. Hay, claro, un límite.

El oficialismo puede defender al Presidente de los ataques externos, pero no lo puede hacer de sus propios errores.

Esto no es un episodio, es una confesión. No es un episodio, porque, como no se ejecutó con profesionalismo, no va a poder ser superado a la brevedad. Los medios de comunicación preparan reportajes sobre los indultados, focalizándose en el punto más débil, Mateluna. La derecha recibió un regalo navideño, con retraso, pero de primera magnitud, eso ha producido tal excitación colectiva que hasta puede que se pierdan en acusaciones constitucionales, lo que permitirá a la centroizquierda recuperarse.

Es una confesión de mal funcionamiento del liderazgo de Gobierno. En este terreno, se están mostrando fallas estructurales: la oscilación permanente y la incapacidad de controlar el efecto de las acciones propias.

El Gobierno tiene dos coaliciones, pero no tiene unidad estratégica. Boric toma decisiones en beneficios de unos y otros, de forma intermitente, por lo que avances y retrocesos se suceden sin fin. El Gobierno no avanza, gira. Boric ha mostrado que puede ejercer un gran liderazgo, sus virtudes son indesmentibles, pero sus errores también lo son. Un estilo de conducción muy personalizada está agotado. Junto a su equipo político, Boric ha de definir una estrategia y disciplinarse para ordenar a otros.

*Víctor Maldonado es analista político.

Víctor Maldonado

Analista político

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