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Publicado el 14 abril, 2021

Ignacio Stevenson: Pasado y futuro de Abdón Cifuentes

Licenciado en Filosofía y en Historia. Profesor Universidad de los Andes Ignacio Stevenson

El 14 de abril de 1928 murió Abdón Cifuentes, uno de los patriarcas del conservadurismo chileno entre los siglos XIX y XX. Su legado intelectual puede resumirse con una palabra: libertad.

Ignacio Stevenson Licenciado en Filosofía y en Historia. Profesor Universidad de los Andes
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El 14 de abril de 1928 murió Abdón Cifuentes, uno de los patriarcas del conservadurismo chileno entre los siglos XIX y XX. Su legado intelectual puede resumirse con una palabra: libertad. Pero no la libertad materialista y estrecha pregonada “por aquellos que toman la libertad como nombre, sin honrarla en sus decisiones”, como solía decir, sino una libertad que es elegir el fin, que se basa en la dignidad intrínseca de cada persona, en la existencia de una naturaleza que nos entrega el fin y, por tanto, las directrices de acción. Luchó por la libertad política, la libertad de enseñanza, y la libertad de asociación. Siempre encontró oposición firme entre los adeptos del liberalismo, y lejos de encogerse, asumió el desafío con nuevas fuerzas, con creatividad, y sumando cada vez más fuerzas en las ideas que consideraba correctas para Chile.

Articulación del conservadurismo

Abdón Cifuentes nació en 1836 en San Felipe. No pertenecía a la elite santiaguina, ni a los círculos sociales más elevados de la capital. Sus orígenes provincianos lo alejaron muy pronto de ideologías trasnochadas —de moda entonces y ahora en la capital. Tenía, por el contrario, un método más bien inductivo de acercarse a la política. La realidad no se le ocultaba, por lo que no participó nunca de lo que más tarde Mario Góngora llamaría la “política fantasmal” de la época: prioridades de boutique en los pasillos del Congreso, ajenos a los intensos problemas sociales de la época.

Muy pronto, Cifuentes ingresó a la vida pública fundando un periódico para las ideas conservadoras —El Independiente—, asumiendo como diputado por Rancagua, y como subsecretario de Relaciones Exteriores. Estos proyectos lo hicieron perder la inocencia, pues cayó en la cuenta de la escasez de periodistas y políticos de su propia matriz doctrinal, así como de la anemia intelectual del conservadurismo criollo. Lejos de desesperanzarse, asumió el desafío fundando la Sociedad de Amigos del País, institución que formó a gran parte los conservadores (y a muchos liberales) que tomarán las riendas del país en las décadas posteriores.

Más aún, para combatir la falta de ideas, se armó de una vasta cultura que expresó en múltiples discursos y debates, lo cuales, como verdaderas filípicas, se elevaban de las discusiones contingentes, retrotrayéndose a los principios más íntimos de las sociedades y de la antropología humana. En ellos destilaba talento y mostraba un alma curtida en la historia clásica, el estudio del derecho, la filosofía política moderna, y la vivencia íntima de la vida de la gracia, acompañada de una doctísima doctrina. Estos discursos, pronunciados durante años en el Congreso y otras instancias, sirvieron como vademecum para las juventudes conservadoras de medio siglo. Sin exagerar, puede decirse que la primera articulación propiamente conservadora —y no “nacional” o montt-varista— es la que se encuentra en la Colección de Discursos de don Abdón Cifuentes (Santiago, Imprenta el Independiente, 1882; Santiago, Biblioteca del Partido Conservador Chileno, 1897).

La guinda de todas las tortas

El liderazgo de Cifuentes no fue uno meramente intelectual. Estuvo en la vanguardia de la prensa y la enseñanza durante toda su vida, así como también en el Congreso, el gobierno y variadísimas instituciones de la sociedad civil fundadas y muchas veces lideradas por él mismo. Era tal su nivel de acción y compromiso que le valió ciertas mofas de contendores de la época, al acusarlo de ser “la guinda de todas las tortas”, haciendo referencia a que detrás de cualquier iniciativa conservadora, siempre estuvo el genio y el trabajo de Cifuentes. Sin embargo, es evidente que también hubo otros conservadores notables detrás de estas iniciativas, tales como Manuel José Irarrázaval, Carlos Walker Martínez, monseñor Joaquín Larraín Gandarillas y Zorobabel Rodríguez.

Desde muy joven, Cifuentes fue el principal orador del conservadurismo en el Congreso —primero en la Cámara de Diputados, y más tarde en el Senado—, y una de sus plumas más destacadas en la prensa escrita. Los hermanos Arteaga Alemparte, desde la vereda opuesta, no se muerden la lengua para reconocer su valía como primer orador del conservadurismo (En Los Constituyentes de 1870, Santiago, Biblioteca de Escritores de Chile, 1910).

A partir de la década del 1880, fue un liderazgo decisivo del conservadurismo criollo, siendo él quien redactará, por ejemplo, el acta de deposición a la dictadura de José Manuel Balmaceda en 1891, o quien fuera el principal promotor de la fundación de la Pontificia Universidad Católica de Chile en 1888, junto con el mencionado Larraín Gandarillas.

Futuro

Es imposible entender a cabalidad el siglo XIX sólo desde la sombra de esta inmensa figura. Sus Memorias continúan sin una edición propiamente canónica; sus Discursos no se encuentran completos en ninguna de las tres ediciones con las que contamos al momento; y los demás documentos duermen a la espera de recopilarse en una edición de Obras Completas. Ese es el inmenso esfuerzo que se está desplegando en estos momentos en la Editorial Tanto Monta; una obra proyectada en seis tomos.

Revitalizar la figura de Cifuentes es fundamental para entender el siglo XIX chileno, pero también para mostrar a los conservadores de todos los siglos qué significa una vida rendidamente entregada en servicio de un ideal.

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