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Publicado el 26 de noviembre, 2019

Ian Henríquez Herrera: Ensayo para propiciar una reflexión compartida

Académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Ian Henríquez

A todos nos convoca, con sentido de urgencia, un dolor y una esperanza común. ¿Cómo asistir a la Patria en esta hora feroz? La irracionalidad y violencia, junto con una exasperante frivolidad y banal ligereza, han alcanzado niveles hasta ahora inauditos en nuestra historia republicana. Siempre hemos lidiado con satrapías y estulticias; pero éstas lo han sido contra la conciencia del sentido común. Hoy, en cambio, son justificadas, propiciadas, e incluso ensalzadas. ¿Cuáles son las causas profundas de esto? ¿Cuáles sus soluciones?

Ian Henríquez Académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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Cinco miradas
para volver a encender las estrellas
apagadas por el huracán

Vicente Huidobro (Una mirada para abatir al albatros)

 

A todos nos convoca, con sentido de urgencia, un dolor y una esperanza común. ¿Cómo asistir a la Patria en esta hora feroz? La irracionalidad y violencia, junto con una exasperante frivolidad y banal ligereza, han alcanzado niveles hasta ahora inauditos en nuestra historia republicana. Siempre hemos lidiado con satrapías y estulticias; pero éstas lo han sido contra la conciencia del sentido común. Hoy, en cambio, son justificadas, propiciadas, e incluso ensalzadas. ¿Cuáles son las causas profundas de esto? ¿Cuáles sus soluciones?

Como es obvio, las respuestas me superan con creces, y sería torpe y arrogante pretender asentarlas categóricamente. Pero me han pedido y alentado a dar una mirada, y también pienso que sería irresponsable no acometer el intento. Lo hago con objeto de propiciar una reflexión compartida.

 

¿Cuáles son las causas profundas de esta crisis?

En primer término, me parece que sería miope y hasta ligeramente cándido circunscribir la crisis sólo a nuestro país y a su historia reciente. Ese es un primer yerro que convendría evitar. Basta ampliar el foco de luz al resto de la Patria Grande para avizorar una situación similar: Bolivia, Perú, Argentina, Colombia, Ecuador, Nicaragua, México. Y análogo ocurre en Europa -España, Francia, Inglaterra, Alemania- y también en EE.UU. Ello hace razonable buscar causas comunes en Occidente. Y me atrevo a conjeturar tres: la sustitución del Logos por la doxa; el tránsito de Deo mensura a ego mensura; la dialéctica de la desconfianza. Son de tal envergadura, que implican un verdadero cambio de época, y por ello me atrevo a llamarlas «causas epocales». De algún modo, conectan con la sociedad líquida (Bauman), de la ligereza (Lipovetsky) o del enjambre (Byung-Chul Han).

Junto con las anteriores, hay causas más circunscritas a nuestra propia historia e idiosincrasia nacional: la desmesura de las élites; la pérdida del arte de la política; el tránsito hacia una efebocracia. Las llamaré «causas locales», aun sabiendo que mucho de ellas tributa también a las anteriores.

Además, es necesario enunciar ciertas causas específicas, que llamaremos «contingentes»: el analfabetismo moral; la segregación; la intervención planificada.

Por cierto hay otras causas inmediatas concurrentes, pero que ya han sido evidenciadas y tratadas por analistas serios, de modo tal que no serán objeto de nuestra reflexión: las crisis de expectativas de las clases medias emergentes; la crisis de legitimidad de las democracias representativas; la insatisfacción existencial de modelos consumistas; el abismo entre un Chile del primer mundo y uno de la miseria, etc. Quién sabe si, al final del día, estas causas inmediatas remitan de todas formas a las de los párrafos anteriores.

Causas epocales

1. La sustitución del Logos por la doxa

Nuestra cultura ha sido posible sobre la base de afirmar la existencia de una verdad, a lo menos parcialmente cognoscible y comunicable: el Logos. Como es obvio, ello es lo único que permite tanto el diálogo -pasar a través del Logos-, como el saber -sobre el hombre y la ciudad, sobre el cosmos y sobre Dios. La doxa, en cambio, es la mera opinión. Su fuerza sólo brota del poder o de la muchedumbre.

La cultura en la que estamos insertos desconfía radicalmente de su propio cimiento: no hay verdad, y si la hubiera, no es posible conocerla, y si lo fuere, sería incomunicable. Un resurgimiento del derrotado Protágoras. Una suerte de logofobia, utilizando una expresión de Maritain. Dado que no hay verdad, cualquier opinión tiene el mismo valor. El tango Cambalache hecho realidad: «todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor».

Con claridad y sin ambages hay que decirlo: el camino de la doxa lleva inexorablemente a la tiranía. El diálogo fecundo presupone el Logos. Sin Logos, no hay democracia.

2. El tránsito de Deo mensura a ego mensura

En estrecha conexión con lo anterior, nuestra convivencia ha podido verificarse a partir de nociones básicas fundantes y unificadoras: uno, bien, verdad, bondad, belleza. Ya los presocráticos vislumbraron que cualquier sentido fuerte de estas expresiones radicales remitía a un necesario absoluto, lo que Sócrates, por boca de Platón, expresó como Deo mensura. Otro tanto ocurre con las nociones de dignidad y libertad. Todas ellas son rigurosamente imposibles sin un absoluto que las referencie.

Es bien sabido, y no amerita mayor explicación ni desarrollo, que una de las características de la así llamada Modernidad, fue la sustitución de Deo mensura por el parámetro de homo mensura: el hombre es la medida de todas las cosas -otro resurgir sofista-. Probablemente, la Revolución Francesa sea un ejemplo paradigmático de ello, y su colofón tardío sea la Constitución de la Unión Europea. Con todo, la Posmodernidad ha ido aún más lejos, puesto que ha deconstruido la misma noción de naturaleza humana, y por ende el único parámetro de referencia es el yo mismo, el ego mensura: yo soy la medida de todas las cosas.

En lo cotidiano, es curioso y tragicómico, y hasta un poco patético, constatar cuán usual es que se inicie la exposición de un argumento señalando “es que yo siento que…”, o más divertido aún: “según yo…”. «Yo» debe ser en la actualidad, sin lugar a dudas, la mayor autoridad y el autor más citado. Es bastante evidente que la convivencia es del todo imposible si tenemos 7 mil millones de parámetros diversos.

La democracia requiere una actitud de procura firme del bien común, y no se sostiene si se antepone siempre el propio «Yo».

3. La dialéctica de la desconfianza

Lo que cimenta la polis es la amistad. Lo propio de la amistad es compartir un amor, y en el caso de la amistad cívica, el amor por la ciudad, la civitas, la polis. Llevamos doscientos años de obcecada disputa entre dos antropologías que desconocen lo anterior. El conciudadano no es un amigo, sino que o es un competidor de mis futuras ganancias, o derechamente es un enemigo de clase. ¿Cómo confiar entonces en ellos? Y sin confiar siquiera, ¿cómo compartir un amor?

Ese modo de mirar al conciudadano se traslapa, incluso, a otras formas de relaciones básicas: el hijo ve en el padre no a un guía, sino que a un proveedor o a un tirano a menor escala; la mujer no ve en el varón a un complemento, sino a un potencial agresor; el profesional disputa con sus colegas el mérito de sus logros; etc.

Huelga casi decir que esa misma desconfianza subyace en la doctrina política del Leviatán, con tanto influjo en el pensamiento moderno y que pervive y subsiste en la comprensión de muchas de nuestras instituciones.

Hay que ponderar adecuadamente cómo impacta todo lo anterior en el concepto de autoridad y el respeto que le es debido, como, asimismo, en la indispensable confianza para un mínimo sustrato de civilidad y convivencia. Sobre el cimiento de la desconfianza, es imposible construir tejido social. No hace justicia a la grandeza del humano reducirlo a proveedor, cliente, explotador o enemigo. No estamos llamados a competir, sino a colaborar, y, como Antígona, no hemos nacido para el odio, sino para el amor.

Causas locales

Según ya ha sido adelantado, entre estas causas así llamadas “locales” es posible identificar: la desmesura de las élites, la pérdida del arte de la política, el tránsito hacia la efebocracia. Pasemos a la revisión somera de cada una de ellas.

1.La desmesura de las élites

La sobriedad y la austeridad son virtudes clásicas, y que, en general, acompañaron a las élites chilenas desde los albores de la República. Los padres de la Patria y los primeros presidentes perdieron su hacienda personal por la causa fundacional. La literatura recoge con sorna la figura del siútico -pensemos en el personaje Agustín Encina de Martín Rivas-. Muy por el contrario, las élites contemporáneas se han caracterizado más bien por la desmesura, que no es sino signo visible de la codicia. Y de la pérdida de la virtud a la franca corrupción no hay sino un pequeño paso. Para peor, tal desmesura ha venido acompañada de una chabacana ostentación. En un contexto materialista, consumista y competitivo, es fácil advertir las consecuencias de una tal decadencia. La caricatura del nuevo rico, como en los caracteres de Teofrasto o de La Brugère, tiene correlato cierto en el Chile de hoy.

2. La pérdida del arte de la política

Hay un hecho tan claro e incontestable como trágico y lamentable: carecemos de una clase política seria y de suficiente estatura. Este un problema muy serio, pues ya Martí –de quien nuestra Gabriela dijo que “hizo el milagro de pelear sin odio”- vaticinó que «En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno».

A esto habría que añadir generaciones de juristas formados bajo la ideología del positivismo, que transforma el arte del derecho en un mero ejercicio de poder. No importa la razón de justicia subyacente a la regla, sino el tipo de procedimiento que le da origen.

Los dos fenómenos concurrentes se alimentan de modo recíproco y con resultados pavorosos: una farragosa maraña de regulaciones o fútiles o inicuas, alimentada por la fantasía de que el cambio normativo produce de suyo el cambio real. En el mejor de los casos, nominalismo; en el peor de los casos, superstición; a medio camino, fetichismo.

3. El tránsito hacia la efebocracia

Este es un aspecto muy delicado, y a riesgo de políticamente incorrecto -lo cual, hoy puede pagarse caro-, me siento en el deber de expresarlo. El punto es el siguiente: El arquetipo social imperante es el adolescente. A los niños se les acorta la infancia y a los jóvenes se les eterniza la adolescencia. Junto con ello, Chile tiene toda una generación que ha crecido en democracia, con estabilidad económica, sin graves conflictos nacionales, y bajo la lógica de que tiene muchos derechos, inconexos al cumplimiento de deberes.

A lo dicho, debe añadirse que se trata de una generación que, en términos generales, ha crecido sin posibilidad de templar su libertad personal, que es el correlato del sentido de responsabilidad: niños sobre-institucionalizados, exiliados de sus familias, con planes de vida previamente trazados: a los tres meses de nacidos ingresaron a salas cunas; a los cuatro años a un colegio que los adiestró durante poco más de una década para responder una prueba de alternativas; a los 18 años hubieron de ingresar a la universidad, la que fuere y a lo que fuere, con el único norte de incorporarlos al “mundo del trabajo”. Durante todo ese periodo, los que tuvieron la fortuna de contar con padre y madre, prácticamente no los vieron, pues ambos trabajaban fuera del hogar en extensas jornadas. Una generación de muchachos que llegaban a casa a calentar comida en el microondas y a leer los recados pegados en el refrigerador. No pocos han padecido, además, otras disfunciones familiares. Casi todos han recibido una pésima educación primaria, secundaria y universitaria. Otros tantos carecen de rigor y de virtudes cívicas básicas, como la laboriosidad y la estudiosidad; con altos consumos de alcohol y drogas; sin estabilidad ni madurez afectiva; y absolutamente dependientes del uso de pantallas, con el ya sabido deterioro del lóbulo prefrontral, que de suyo conlleva un daño cognitivo y del discernimiento ético. Todo esto se agudiza en el porcentaje de muchachos que ni trabajan ni estudian.

Una generación marcada por la anomia, llevada por el eslogan, convocada por un posteo e informada por un meme. La conversación usual es sobre el último capítulo de la serie de Netflix, el mejor puntaje de Fortnite y el video trending topic.

Por cierto, no todos los jóvenes son así ni mucho menos. Los hay muy buenos estudiantes y laboriosos, activos en el voluntariado, cultores de las artes y el deporte. Legítimo orgullo de nuestra tierra. Pero sería un error negar la manifiesta realidad que tiene carácter general. No hay que mirarlo ni con desdén ni con ligereza. Esta generación es la que se hará cargo del país prontamente.

Ahora bien, el problema mayor es que esta generación, ante el vacío de la autoridad familiar y política, y con la arrogancia propia del que ignora que ignora, tiene pretensiones refundacionales. Y los actores políticos y aun sociales, les secundan. Una sociedad que, junto con despreciar a sus ancianos, es conducida por sus adolescentes.

Causas contingentes

1.El analfabetismo moral

Chile padece analfabetismo moral. “No hay bien, no hay mal, ni verdad, ni orden ni belleza”, decía Huidobro en el Canto I de Altazor. Los muchachos ignoran lo fundamental: no saben si hay o no hay Dios; si son varones o mujeres o si esos términos tienen sentido siquiera; si son en verdad más valiosos que un pudú o eso es una pretensión antropocéntrica; si es cierto que son libres o es una fantasía del sistema nervioso central; etc. Matar un niño no nacido es bueno, comer carne de vaca es malo; ser padre es irresponsable con la humanidad y liberar a los pollos de una avícola es un imperativo categórico.

Y los adultos no nos quedamos atrás: en invierno mueren de frío indigentes en las calles; toleramos que ancianos continúen trabajando en condiciones precarias; nos transportamos como ganado y somos indolentes ante el sufrimiento de los pobres.

¿Qué sistema político subsiste sin un suficiente sustrato moral entre sus miembros?

2. La segregación

El problema de la desigualdad salta a la vista. Pero otra cosa distinta es si además la nuestra es una sociedad segregada, y no integrada. La arquitectura y la planificación urbana dan cuenta inmediata de ello. Y entre los usos sociales, a cualquier extranjero llama la atención las tres preguntas con que iniciamos una conversación -y que haríamos bien en finalmente erradicar-: ¿Cuál es tu apellido? ¿Dónde vives? ¿En qué colegio estudiaste? La combinación de las respuestas nos sitúan en el escalafón social. En ese contexto, cualquier pretensión de movilidad basada en el mérito y esfuerzo personal, se vuelven ilusorias.

Una democracia sólida y robusta, que reposa en la amistad cívica, no se aviene con los modos de segregación que persisten en nuestra sociedad.

3. La intervención planificada

En este complejo escenario, debe reconocerse con serenidad un hecho incontestable: hay evidencia suficiente sobre la intervención de grupos organizados que no tienen ningún interés en preservar la democracia, no creen en el diálogo y legitiman la violencia y el caos. Son, derechamente, terroristas. Quiénes son y quién los financia no lo sabemos, y es esa otra de las debilidades de nuestra democracia. No es necesario caer en psicosis conspirativas para constatarlo.

Por supuesto, una mirada fina debe evitar mirar al conjunto de intervinientes en la crisis de manera monolítica y homogénea: hay un sustrato muy importante que corresponde a adultos que han padecido en lo cotidiano el costo de un sistema neoliberal de suyo excluyente; hay muchos jóvenes anómicos encandilados con lo que viven como epopeya; hay lumpen; hay narcotráfico; y hay terrorismo. Sería un error reducir todo el movimiento social a una sola de estas categorías, pues cada uno de estos grupos requiere un tratamiento político distinto. Una dificultad mayor es que, en la práctica, se relacionan estrechamente.

Sería muy torpe pensar que todo el movimiento es sólo una conspiración internacional. Pero sería cándido negar que hay un componente de estas características.

Ahora bien, el punto es que los sectores asociados al terrorismo y al narcotráfico no buscan mejorar ni la convivencia, ni las instituciones, ni las condiciones de vida de la población, sino lisa y llanamente tomar el control del poder. Y contra eso, el Chile de la decencia debe estar férreamente unido.

 

¿Qué podemos hacer para superar esta crisis?

Reconocer la magnitud del problema

En primer término, debemos ser capaces de reconocer y ponderar la magnitud del problema, que es de muy largo aliento. Ni la clase política ni la élite económica parecen entenderlo siquiera. Para los primeros, basta una nueva constitución. Para los segundos, que el supermercado vuelva a su horario anterior de funcionamiento. Un topo tendría más visión.

Una sociedad que ha expulsado al amor divinizado de la esfera pública no puede sino terminar degradando al ser humano. Es esta una crisis de profunda raíz espiritual.

Hace exactos cien años, el poeta mago proclamaba:

Abrí los ojos en el siglo
En que moría el cristianismo
Retorcido en su cruz agonizante
Ya va a dar el último suspiro
¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?

(Altazor, Canto I)

Tristemente, un siglo después constatamos qué ha venido a ocupar ese sitio vacío. El problema tiene hondas dimensiones espirituales, y por ende cualquier pretensión de solución ha de hacerse cargo de ellas.

Emprender el camino largo y arduo

Hemos de defender el valor intrínseco de la verdad, de la bondad y de la belleza, y sustraerlo del pantano arenoso de la mera opinión. Sin ello, no habrá democracia, ni dignidad, ni libertad, ni solidaridad. Es fácil decirlo, y no será nada de fácil hacerlo.

Hemos de recomponer el tejido social, reestableciendo confianzas. No somos competidores ni enemigos. No somos lobos depredadores. Somos compatriotas y conciudadanos, con múltiples diferencias, pero con un amor compartido.

Hemos de bregar por educar del mejor modo posible, con amor y para el amor, siendo apologetas de la familia y contra toda forma de reduccionismo materialista y utilitarista.

Hemos de recuperar la sincera virtud: la austeridad, la sobriedad, la llana honestidad, la fortaleza, la laboriosidad, la suprema caridad.

Hemos de ejercer autoridad y respetar a la establecida.

Hemos de remecer la abulia que anestesió el sentido del escándalo: los pobres no pueden esperar.

Actuar con sentido de urgencia para lo contingente

En lo urgente, es absolutamente indispensable aunar voluntades en torno al Presidente de la República, dado que es el jefe del Estado y ha sido elegido democráticamente. Para conducir la solución a esta crisis, requiere nuestro apoyo.

Otro tanto ocurre con Carabineros de Chile. En el caos reinante, sigue siendo la institución llamada a amparar el orden público. No cometamos la torpeza de criticarlos con frases hechas, ni de sumarnos a las campañas de desprestigio mal intencionadas. La gran mayoría de sus funcionarios son verdaderos héroes anónimos que arriesgan a diario su vida por defendernos de la ya desatada protervia.

Para ello, debemos superar los traumas de las dos dictaduras precedentes: no toda reivindicación social es subversión o insurgencia, y no todo ejercicio de la fuerza es represión. Requerimos unidad con sentido patriótico y a la altura de las circunstancias.

Una adecuada filosofía de la historia

Cualquier análisis con sincera pretensión de seriedad debiese anclarse en una saludable filosofía de la historia. La fantasía del neoevolucionismo progresista, que concibe el devenir como una necesaria línea ascendente, la dialéctica del materialismo histórico, que la entiende como la lucha de oprimidos y opresores, y la fábula capitalista del trabajo como motor del acontecer, han mostrado su insuficiencia y colapso, en las guerras mundiales del siglo XX, con la caída del Muro de Berlín, y con la crisis ecológica, respectivamente. Parece razonable recurrir a otras tradiciones, de más larga data y rigurosa base.

Para Agustín de Hipona, la historia tiene por causas jerárquicas la Providencia, la libertad humana, y el demonio. La Modernidad, bien sabemos, maquilló al último de superchería y confinó al primero al claustro de la conciencia, reduciendo todo el acontecer al mero obrar humano. Qué candidez.

En el plano humano, la crisis es profundamente política y con hondas connotaciones culturales. Los actores naturalmente llamados a asumir un rol protagonista son precisamente los políticos. Si no pueden ser los actuales, habría que esperar el cambio generacional. Es decir, no tenemos ninguna posibilidad de solución.

Cuando niños preguntábamos, ¿y ahora, quién podrá defendernos? La respuesta de antaño ya no nos sirve en lo presente. Tampoco la solución vendrá por un megaconcierto ni por un partido de la selección. Ni por declaraciones conjuntas ni asambleas constituyentes. Ni siquiera por la sobre satisfacción de las necesidades materiales. Seguiremos construyendo un ídolo con pies de barro.

La solución fue ya sugerida hace más de dos mil años: «Hay demonios que sólo se expulsan con ayuno y oración» (Mateo 17.21). Y aún antes a la humanidad le fue revelado: «El ayuno que Yo amo consiste en esto: soltar las ataduras injustas, desatar las ligaduras de la opresión, dejar libre al oprimido y romper todo yugo, partir tu pan con el hambriento, acoger en tu casa a los pobres sin hogar, cubrir al que veas desnudo y tratar misericordiosamente al que es de tu carne». (Isaías 58, 6-7). Y la oración predilecta, lo sabemos desde Fátima, es el Rosario. Esta es la verdadera solución. El resto vendrá por añadidura.

Tal vez algunos quieran consultar a Žižek, otros a Habermas, quizás a Sloterdijk o a Singer, a Derrida o a Foucault. Cada quien verá en quién pone su esperanza. Por mi parte, en esta desolación haré como mi madre y mis abuelos y diré confiadamente: «Virgen del Carmen, Reina de Chile, salva a tu pueblo que clama a ti».

«¡Aún tenemos Patria, ciudadanos

En cuanto a nuestra pobre y limitada acción, tenemos de todas formas una oportunidad valiosa de repensar nuestro modo de convivencia. La reflexión universitaria, sine ira et studio, puede ser un espacio privilegiado para la proyección del país que anhelamos. Por ejemplo, podemos estudiar muy seriamente la viabilidad del “Plan para Chile” de Raúl Irarrázabal, como de otras recientes propuestas de mejores modos de habitar la ciudad. Desde luego, en Laudato si, del Papa Francisco, tenemos una formidable carta de navegación, que haríamos bien en conocer, reflexionar e implementar, para superar este tiempo malhadado. Termino con una breve cita de dicha magna obra:

“205. Sin embargo, no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan. Son capaces de mirarse a sí mismos con honestidad, de sacar a la luz su propio hastío y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad. No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos. A cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle”.

Hasta aquí, mis miradas, escritas a vuelo de pluma y tributaria de muchas conversaciones. Ahora, por favor, nuestra reflexión compartida.

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