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Publicado el 22 de agosto, 2015

Hooligans digitales

No parece aceptable es que las redes sociales se hayan vuelto un arma de destrucción masiva, un instrumento para atacar con virulencia a los demás, burlándose de sus defectos o desdichas o festinando con su sufrimiento.

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A propósito del cuasi secuestro de un universitario de Lo Barnechea y el posterior “debate” que surgió en las redes sociales, en el que varios internautas aparecían burlándose del joven y festinando con su desgracia —estimulados por una policía que le bajó el perfil al delito endosándole indirectamente la responsabilidad a la víctima—, recordé un ensayo de Mario Vargas Llosa titulado “El hooligan civilizado”.

El texto fue publicado en 1998, algunos días después de que un grupo de hinchas británicos destrozara un barrio de Marsella, donde se había disputado un partido entre Inglaterra y Túnez durante el Mundial de Francia. Y lo que llamó la atención al escritor peruano fue que entre los detenidos se hallaran varios profesionales y gente con estudios.

Uno de estos hooligans fue sorprendido masacrando tunecinos con un garrote, y cuando sus vecinos lo vieron por televisión convertido en un bárbaro, no pudieron creer que se tratara del mismo padre de familia que ayudaba a las viejitas de su barrio a cruzar la calle.

Entre los salvajes también había ingenieros, bomberos, carteros y un piloto, todos ellos “ciudadanos respetables” y sin antecedentes policiales. Eran un grupo de privilegiados, oriundos de uno de los países más ricos y cultos de Europa, y con el suficiente poder adquisitivo como para viajar y agenciarse una carísima entrada al estadio.

Recordé este ensayo porque entre quienes se burlaban la semana pasada del universitario que fue víctima de un cruel engaño, no solo estaban los típicos resentidos y encapuchados de siempre, quienes gracias al anonimato que provee internet, lanzan insultos y manotazos desde sus oscuras barricadas cibernéticas. También cayeron en la misma bajeza personas con buen currículum y buenos trabajos, padres de familia que quieren a sus hijos y que son muy buenas personas en general, pero que cuando se meten a Facebook o Twitter o hacen comentarios en distintos portales, parecen dar rienda suelta a sus más mezquinos instintos y se deshumanizan, troleando a diestra y siniestra, rebajando a sus supuestos enemigos no por lo que piensan o dicen, sino por cuicos, fachos, cartuchos, rotos, atorrantes o lo que sea. A rostro cubierto o descubierto, van dispersando su mugre, envenenando la convivencia, basureando la plaza pública.

Cuando se meten a internet, estos bárbaros ilustrados “retornan a la tribu, sacan a la luz al amordazado salvaje que nunca dejó de habitarles y le permiten por unas horas cometer todos los desafueros con los que sueñan, como un desagravio, por la monotonía de sus empleos, profesiones y rutinas familiares” (Vargas Llosa).

Todos tenemos derecho a discrepar, seguir las causas que nos representan e indignarnos frente a lo que consideramos injusto o  incorrecto. Lo que no parece aceptable es que las redes sociales se hayan vuelto un arma de destrucción masiva, un instrumento para atacar con virulencia a los demás, burlándose de sus defectos o desdichas o festinando con su sufrimiento.

En el caso del joven semi-secuestrado, buena cuota de responsabilidad también le cabe a las autoridades y a los policías que intentaron bajarle el perfil al crimen, como si el universitario solo hubiese sido víctima de una travesura mechona.

Como los delincuentes también leen los diarios, nada les puede resultar más estimulante que comprobar que este tipo de delitos queda impune porque la autoridad responsable de castigarlos considera que no tienen mucha importancia. Si la policía intenta endosar el problema al que lo sufre—como se ha intentado hacer con los servi-centros o cajeros automáticos que son robados y después multados por no contar con las suficientes medidas de seguridad—entonces se entiende por que algunos cibernautas responsabilizan a la víctima por gil, tonto, poco experimentado o incauto. El peso de la prueba ahora carga sobre él.

El civismo también debe practicarse en internet. Al menos esta debería ser una exigencia para los privilegiados que hemos tenido acceso a la educación superior. No puede ser que para combatir el aburrimiento, algunos “ilustrados” bárbaros digitales se dediquen a hacerle la vida insoportable a los demás, dando rienda suelta a sus instintos más destructivos.

 

Ricardo Leiva, académico de la Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO

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