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Publicado el 02 de agosto, 2020

Henry Boys: La grieta

Ni el Frente Amplio ni el Partido Comunista desean ser una renovación, lo que ellos buscan es imponer una refundación.

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Mucho se ha repetido desde octubre que la radicalización de la izquierda chilena se debe, en buena medida, al protagonismo político del Frente Amplio y del Partido Comunista a lo largo de los últimos años. En ese sentido, varios apuestan a sus filas como si de la anhelada generación dorada se tratase: los llamados a llenar el vacío de liderazgo que quedó tras “Bachelet II”, constituyendo algo así como el recambio de aquella izquierda democrática que edificó la transición al triunfar el “No” y que hoy brilla por su desgaste, para regalarle al país otros treinta años de gloriosa socialdemocracia. Pero el sueño tiene un pequeño problema: ni el Frente Amplio ni el Partido Comunista desean ser una renovación, lo que ellos buscan es imponer una refundación. Su filosofía es bastante más extrema que la de sus pretendidos antecesores, en tanto se funda en un marxismo aggiornado por las teorías posmodernas pero, en esencia, tan totalitario, violento y estatista como en sus primeros años. De ahí que tampoco sea correcto analizar su desempeño en términos de política contingente (estructural), sino más bien observar su acción desde una óptica ideológica o, si se quiere, cultural (superestructural).

La dinámica política es cortoplacista: sus avatares se miden y pesan en decisiones tan breves como inestables. Por eso Jaime Guzmán señalaba que las categorías de “izquierda” y “derecha” son términos relativos: basta que un partido se sitúe en el extremo para desplazar al resto de su sector hacia el centro. Aquello se denomina “eje político” y viene a estar definido no por acciones concretas sino por las ideas que las subyacen, las cuales ingresan al debate público a través de las primeras. Mientras la política contingente transcurre en días o minutos, como hemos apreciado el último tiempo, la política cultural e ideológica tarda años. Dicho de manera sencilla: una ideología exitosa es aquella que logra mantener el eje político en el sitio deseado por varios decenios, al punto que consigue reconfigurar los límites de lo posible en una sociedad (proceso pormenorizado por Joseph P. Overton en su conocida teoría de la “ventana”). Semejante triunfo recibe el nombre de “hegemonía” y es a lo que apuntan, en el largo plazo, tanto el Partido Comunista como el Frente Amplio.

Pero dos son los escollos que nos separan a nosotros y a ellos del paraíso a la cubana que con tanto desinterés nos ofrecen: la capacidad de gestión y la inmadurez de sus liderazgos. Contrario a lo que se piensa, tales aspectos son inmodificables puesto que exigen una renuncia a elementos centrales de la estrategia política que les ha permitido conseguir escaños en el parlamento. Y es que existe una “grieta” en el diseño de Laclau, Mouffe y otros intelectuales marxistas posmodernos: emplear la emoción como herramienta argumentativa, congregar a un sinfín de minorías y negar el carácter cultural de la naturaleza o de la tradición permite conquistar con relativa facilidad cierta cantidad de poder formal, pero hace realmente difícil mantenerlo. Sus líderes, por lo general, son muy jóvenes e inexpertos –pocos han trabajado alguna vez–, ya que surgen desde minorías fraguadas al alero de las universidades que han logrado capturar. Están acostumbrados a reclamar por todo sin ofrecer soluciones y son incapaces de elaborar un programa de gobierno con un mínimo estándar de seriedad técnica. Por eso son creíbles como expresión gráfica del descontento hacia la política (Pamela Jiles y Flor Motuda) o como jóvenes promesas, las cuales pierden lo promisorio apenas llegan a la adultez exhibiendo su propio fracaso.

¿Hasta cuándo van a lucrar políticamente Boric, Vallejo y Jackson de la educación pública que ellos han contribuido a empeorar?

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