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Publicado el 06 de octubre, 2015

Henning Mankell: novelista y político

En tiempos en que muchos autores prefieren disimular sus preferencias políticas para no perder lectores, becas, subvenciones o premios, Mankell optó siempre por la decencia y la honestidad, y dijo lo que pensaba y se la jugó por ello, en Europa o África.
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Me golpeó la noticia de la muerte del gran novelista policial, dramaturgo y autor de obras para niños, el sueco Henning Mankell. Seguí con inquietud la noticia de su cáncer, descubierto en 2014, pero cuando leí hace poco que describía su experiencia de lucha contra la enfermedad, me llené de optimismo, pensé que salía airoso. Renovada esperanza me causó saber del reciente lanzamiento de sus memorias. El cáncer ya no es lo que era, me dije, y en su caso así parecía. Que siguiera escribiendo indicaba que seguía viviendo. Lo que yo ignoraba era que el creador del investigador Kurt Wallander había decidido morir escribiendo, había decidido cerrar por última vez los ojos con la bandera de la literatura policial flameando al tope.

Su final me recuerda en cierta medida el de una destacada escritora austríaca, Maxie Wander, que vivió en la extinta RDA y escribió entre 1976 y 1977 apuntes que fueron publicados por su esposo como “Leben wäre eine prima Alternative” (algo así como “Vivir sería una alternativa estupenda”). Allí Wander relata su guerra diaria contra el cáncer. Habla del cáncer de entonces, y en el socialismo real, donde se esperaba que los novelistas escribieran de cosas edificantes que inspiraran a todos en la ardua construcción del socialismo. Maxie murió en 1977. Aquel diario de vida no lo olvido: mediante un lenguaje sencillo, limpio y directo, reflexiona sobre la enfermedad que la consume y el tratamiento que recibe. Lo hace desde una soledad existencial que navega con exquisita sensibilidad entre la esperanza y el crepúsculo.

Cuando pienso en Mankell, pienso también en Manuel Vásquez Montalbán, el novelista español que murió de un ataque al corazón en un viaje de promoción de su obra. Representan dos formas de abordar con extraordinario éxito –ambos best-sellers internacionales- la novela negra o policial: una, desde la sensibilidad hispana o latina, por decirlo de algún modo; la otra desde la sensibilidad escandinava. Ambos construyen detectives de carne y hueso, que investigan crímenes pero enfrentan a la vez problemas domésticos con la salud, la soledad, el desamor, las cuentas, los ascensos  y la incomprensión, y hasta con los ingredientes que necesitan para cocinar sus platos predilectos. Si Carvalho y Wallander siguen poblando nuestra imaginación se debe en gran parte a eso: a que son detectives de carne y hueso, protagonistas reales, gente como uno.

Quien lee a Mankell, respira la Suecia de nuestros días, la gélida y la de los veranos que pueden ser maravillosos, la de tierra adentro y la del archipiélago. Sus libros me hicieron conducir en medio del invierno sueco hasta Ystad sólo a ver cómo era el mundo local del inspector Kurt Wallander. Era como él lo describía. Creí hasta verlo en un café. Los años que viví en Estocolmo fue cuando lo leí con mayor fruición. Sentía que a través de sus páginas me era dado entrar al alma sueca, tan ajena a la nuestra, tan atada a la tradición y la modernidad, y eludir así el difícil aprendizaje del idioma de un país donde todos hablan excelente inglés y le recomiendan al extranjero –con asombrosa modestia- no estudiar una lengua que “sólo sirve dentro de nuestras fronteras”.

Mankell deja también una lección en lo político. Como novelista no teme manifestar su compromiso político. No digo con esto que su docena de novelas sobre Wallander sean políticas en el sentido político estrecho y coyuntural, sino que él, junto con ser un gran escritor e intelectual que no intenta adoctrinar a sus lectores, fue un incansable activista político de izquierda. No comparto muchas de sus visiones, pero en tiempos en que muchos autores prefieren disimular sus preferencias políticas para no perder lectores, becas, subvenciones o premios, Mankell optó siempre por la decencia y la honestidad, y dijo lo que pensaba y se la jugó por ello, en Europa o África. Pese a ser incómodo, conquistó a millones de lectores. Supo ser un extraordinario escritor y asimismo un activo defensor de las causas políticas que abrazaba con pasión.

Imagino que el sueco resultaba incómodo para demasiados. Pero sus lectores, el mercado mundial, le brindaban una libertad que lo volvieron independiente de burócratas, subvenciones y apoyos  estatales. Para los conservadores fue incómodo, desde luego, por sus valores, pero también lo fue para los comunistas nostálgicos de los extintos regímenes del socialismo real, y para los socialdemócratas. Sus novelas critican la idealización de los países escandinavos, y a menudo golpean “el mito sueco”, la visión idealizada de una Suecia inexistente que muchos no cesan de difundir. Mankell denunciaba en sus novelas los abusos, la soledad y la discriminación, y la actitud de quienes esperan que el Estado nórdico se encargue de los seres desvalidos y marginales de la sociedad para que los demás puedan  dedicarse, sin cargo de conciencia alguno porque pagan altos impuestos, a sus cómodas vidas privadas, el bienestar y el consumo.

El 2011 escuché una interesante conferencia de Mankell en Berlín. Reflexionó sobre la resistencia del género de la novela ante el paso del tiempo. Dijo que le causaba curiosidad que en la época de la comunicación circunscrita a 140 caracteres, la novela, pese a sus siglos de existencia, siga gozando de buena salud y popularidad.

¿A qué se debe? En su opinión a que el lector halla en la novela algo que no encuentra en el cuento, la poesía, el teatro ni el cine: la morosidad. Para el sueco, la novela regala lentitud y prórroga, permite el examen en cámara lenta de la existencia humana, hoy cada vez más vertiginosa y por ello más agobiante e indescifrable. Aquello que deslumbra por instantes en un poema, un cuento o una pieza teatral, se despliega en cambio en la novela a lo largo de días, cuando no de semanas o meses, revelando en forma gradual perspectivas, dimensiones y profundidades que el tráfago moderno nos niega, decía Mankell.

Su planteamiento deriva del filólogo Erich Auerbach, quien en su libro «Mímesis», publicado el siglo pasado, abordó lo que denomina  la «ralentización» en la literatura. Citando obras clásicas de la literatura occidental, Auerbach muestra cómo ésta, al «lentificar» la existencia humana cotidiana, nos permite acceder a  una visión original, compleja y profunda de ella. Allí radicaría la clave del éxito de la novela, afirmó Auerbach.

Cuando encontré a Mankell al día siguiente en el barrio de Prenzlauer Berg, me sorprendió por su bonhomía, la envergadura de su humanidad y por ir vestido completamente de negro bajo el asfixiante sol veraniego de Berlín.

“Me parece que los escritores chilenos tienen suerte –me comentó sonriendo-, creo que nunca se quedarán sin tema”.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: FLICKR / LÄRARNAS NYHETER

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