La frase, atribuida a Mark Twain, ejemplifica con ironía el hecho que la esencia del ser humano permanece inalterable a través del tiempo. La tecnología y la magnitud de las fuerzas puede cambiar, pero en lo sustancial las motivaciones de un déspota mongol, un rey de la antigua Babilonia o un dictador ruso son bastante similares. A todos los une el ansia ilimitada de poder y el desprecio por la vida humana.

Los analistas han comparado a Putin con su compatriota Stalin, probablemente por su origen geográfico y la ausencia de escrúpulos. Pero si se estudia con atención su biografía, se aprecia mucha más similitud con su adversario ideológico, Adolf Hitler.

Ambos iniciaron sus carreras en los escalafones más bajos del sistema militar y ascendieron por una mezcla de suerte, decisión y oportunismo. Destacaron como hombres de acción, obedientes a sus superiores y por poseer capacidades intelectuales limitadas. La camarilla del poder los seleccionó como dóciles marionetas para reemplazar a líderes de edad avanzada y gran popularidad: Hindenburg en Alemania y Yeltsin en Rusia. Pronto se demostró lo equivocados que estaban.

Los dos concentraron rápidamente el poder, desplazaron a sus promotores originales y evolucionaron a un gobierno dictatorial con formas democráticas. Luego iniciaron un plan de rearme apelando a la recuperación del orgullo nacional. Tanto Hitler como Putin querían pasar a la historia como los líderes que habían reconstruido económica, militar y moralmente a sus respectivos países. Pero estos eran solo los medios para el objetivo final, la expansión geográfica. Lo que ambos líderes realmente querían era la conquista del “espacio vital”, el eufemismo que han usado los conquistadores desde siempre para justificar la invasión y saqueo al país vecino.

Ambos planificaron su ataque con años de anticipación y tantearon la respuesta de sus amigos y enemigos con cautela. Los aliados protestaron testimonialmente cuando Hitler se hizo de Checoslovaquia y Putin de Crimea. Con sorpresa Chamberlain descubrió que Hitler lo había engañado y el tratado de paz de Múnich le tenía sin cuidado. La misma suerte corrió el acuerdo de Minsk de 2014. Putin y Hitler también se aseguraron el comercio con naciones claves antes de su empresa militar. Suecia proveyó de hierro y Rumania de petróleo al Reich alemán. China se comprometió a comprar el gas, el petróleo y el trigo de Rusia.

Es de esperar que hasta aquí lleguen las similitudes. Hitler no habría iniciado la segunda guerra mundial si Estados Unidos no hubiese declarado su neutralidad y se hubiese unido decididamente a Europa. Solo se vence a los matones cuando se les aísla y aumenta drásticamente el costo de proseguir con su aventura militar. En las próximas semanas observaremos cómo continúa el paralelismo entre ambos personajes.

*Hendrik van Nievelt es consultor

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