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Publicado el 23 agosto, 2020

Héctor Navarrete: Siete razones para votar Rechazo

Abogado, empresario Héctor Navarrete

Fui acérrimo opositor a la dictadura de Pinochet. En aquel tiempo había muchos que estaban en contra de las violaciones a los derechos humanos, pero preferían no decirlo. Hoy escribo esta columna, pues hay muchos que están a favor del Rechazo, pero prefieren no decirlo. Tal como ayer, es tiempo de no quedarse callado. Somos muchos los que no estamos dispuestos a poner en riesgo el destino del país.

Héctor Navarrete Abogado, empresario
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En esta columna indicaré algunas de las razones por las cuales votaré rechazo en el plebiscito del 25 de octubre próximo.

Primero, hay un problema de legitimidad. El Acuerdo del 15 de noviembre que dio origen a la reforma constitucional, y permitió plebiscitar si se quiere o no hacer una nueva constitución, fue acordado “entre gallos y media noche” en el marco de una violencia extrema. Fue algo más parecido a un chantaje que a una deliberación libre. Dos días antes se había llamado a un paro nacional por parte de las asociaciones cercanas a la izquierda radical. El acuerdo fue alcanzado mientras había quema de supermercados, de estaciones de metro, vandalización del pequeño comercio, descontrol y desgobierno. Basta recordar que el acuerdo se llama “Por la Paz y la nueva Constitución”; nos quedamos con la parte de la nueva Constitución, pues de la paz “nada”.

Segundo, el mecanismo de la “hoja en blanco”Es un error inicial que hace que el proceso sea inconveniente e injusto. El acuerdo del 15 de noviembre establece dos premisas fundamentales: para incorporar contenidos a la nueva constitución se requiere el acuerdo de dos tercios de los constituyentes; y los acuerdos se logran sobre la base de una hoja en blanco, esto es, si no hay acuerdo, no hay norma supletoria.

Esto es inconveniente, porque hay mayor incentivo a no llegar a acuerdo, pues una minoría de un tercio más un voto basta para no concordar normas para la nueva constitución. Como lo establece el numeral séptimo del Acuerdo al promulgarse y publicarse la nueva Constitución se deroga orgánicamente la antigua. Así las cosas, las materias que no queden en la Constitución serían objeto de ley simple y por tanto, sujetas a un quórum de mayoría simple y no de dos tercios. El incentivo es dejar afuera las materias de interés de la mayoría circunstancial y por tanto, regularlas conforme al quórum de ley, ósea mayoría simple.

Es injusto, pues se puede dejar sin protección a las minorías o evitar los adecuados controles y balances de las instituciones y poderes del Estado. Las constituciones se hacen, entre otras cosas, para garantizar derechos y libertades de las minorías – todos somos minoría en algo- y para controlar y limitar los poderes de los gobernantes. Por esto, en las constituciones se establece que ciertas materias no pueden quedar al arbitrio de mayorías transitoriasrequiriéndose quórums más altos que la simple mayoría para modificarlas.

El acuerdo del pasado noviembre, en este punto comete una injusticia al permitir derogar con un tercio más un voto ciertas materias relevantes para las minorías o generar un desbalance en la distribución del poder que impida una adecuada fiscalización de las instituciones de la República.Esta norma de la hoja en blanco consagra la idea de la dictadura de las mayorías. Un tercio más uno bloquea la inclusión en la constitución y una mayoría simple consagra la norma que se quiera a nivel legal.

Tercero, un clima de emociones y pasionesSe plantea la discusión de una nueva Constitución en un ambiente político que carece de una discusión racional. Los partidos de la izquierda radical han validado la desobediencia civil, haciendo vista gorda a la violencia. En este ambiente será muy difícil construir la “casa de todos”, ya que no existe la tolerancia necesaria a las posiciones distintas o antagónicas.Más bien creo que el resultado puede ser la “casa de algunos”, lo que heredara un grave problema de legitimidad a la nueva Constitución.

Cuarto, la legitimidad de la ConstituciónNo es cierto que la actual Constitución no goce de legitimidad. La Constitución ha sido modificada innumerables veces y a la menos desde 2005 no contiene enclaves autoritarios. El presidente Aylwin plebiscitó la actual Constitución en 1989 y el presidente Lagos la promulgó con gran pompa con su firma y la de todo su gabinete.

Quinto, una constitución programáticaPolíticamente se persigue consagrar la visión de un sector de la sociedad en la Constitución, obligando a quien sea que gobierne a acatar disposiciones constitucionales contrarias a sus creencias, programas y valores. Esto traerá una permanente inestabilidad constitucional pues si llegan a gobernar quien han sido minoría en la discusión constitucional, lo primero que hará es tratar de cambiar la Constitución.

Sexto, la actual Constitución es buena. Resuelve bien los temas institucionales generando balances y contrapesos que limitan los poderes del Estado y consagra un muy buen catálogo de garantías, derechos y libertadas adecuados a una democracia moderna y desarrollada. La Constitución no es impedimento para que gobiernen partidos de los más distintos signos políticos. Bajo su paraguas cabe un programa socialista de gobierno, así como uno liberal. Basta mencionar que nuestros sistemas de educación, salud y seguridad social son mixtos. La Constitución no consagra un modelo económico de desarrollo, sino que deja al libre juego de la política este tipo de decisiones lo cual es positivo y permite que haya espacio para el desarrollo de todas las ideas políticas. Recordemos que la principal crítica para cambiar la constitución ha sido su ilegitimidad de origen y no su contenido.

Séptimo, la Constitución puede perfeccionarse y mejorarse.  Sin duda, y existe la voluntad política para hacerlo. El reconocimiento constitucional de los pueblos originarios, el limitar el control preventivo del Tribunal Constitucional, el otorgar mayor autonomía a las regiones, entre otros, son temas bastante consensuados, por lo que el actual Congreso o el futuro en uso de sus facultades constituyentes podría modificar la Constitución ahorrándonos muchos problemas y sin duda, muchos recursos.

Finalmente, quisiera decir que en mi historia personal fui acérrimo opositor a la dictadura de Pinochet. En aquel tiempo había muchos que estaban en contra de las violaciones a los derechos humanos, pero preferían no decirlo. Hoy escribo esta columna, pues hay muchos que están a favor del Rechazo, pero prefieren no decirlo. Tal como ayer, es tiempo de no quedarse callado pues somos muchos los que no estamos dispuestos a poner en riesgo el destino del país.

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