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Publicado el 11 de diciembre, 2016

¿Hasta la victoria siempre?

En 2003 viajé a Cuba y me encontré con una isla bella, sí; pero con gente gris y desanimada. Con niños, hombres y mujeres hambrientos.
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Murió Fidel. En la tranquilidad de su isla, en un día caluroso, a los 90 años. Murió y, junto con ello, despertaron las más profundas emociones de sus detractores y fieles. Risas, lágrimas de alegría, sensaciones de triunfo ante el deceso de un dictador. Llantos desconsolados, decepción profunda y sentimiento de orfandad entre quienes lo veían como un padre, un revolucionario que luchó por la igualdad social en Cuba, que procuró entregar educación y salud gratuita para todos los isleños. Un Mandatario que, sin embargo, fue artífice del prolongado bloqueo económico de los Estados Unidos, responsable de la muerte de miles de cubanos que, desesperados por encontrar un futuro mejor, decidieron un día abordar una precaria balsa y emprender el viaje hacia las costas de Miami. Algo así fue Fidel, adorado y amado por muchos, odiado y despreciado por muchos más.

Si bien no me tocó conocer la historia de Cuba de cerca durante los años más duros del gobierno de Castro, tuve la posibilidad de visitar la isla en 2003, cuando él aún ostentaba el poder como amo y señor (que luego traspasó a su hermano Raúl, aunque siguió influyendo en las decisiones de éste desde las sombras). Antes de viajar, varias personas me dijeron que me encontraría con una hermosa nación, con un clima privilegiado, con barrios de coloridas fachadas en La Habana. Pero, sobre todo, que me toparía con personas profundamente alegres, risueñas y musicales.

No fue así. Quizás fue culpa de las altas expectativas con las que viajé o quizás fue culpa de Fidel. Porque me encontré con una isla bella, sí; pero con gente gris y desanimada. Con niños, hombres y mujeres hambrientos, que te miraban desde fuera de los restaurantes haciéndote sentir culpable por estar disfrutando un plato de comida del que ellos carecían. Con supermercados desabastecidos, en cuyos refrigeradores no había pollo ni carne, con suerte algunos vegetales y lácteos. Con isleños insistentes que revoloteaban a tu lado mientras caminabas por las calles de La Habana, como los tábanos te persiguen en verano en el sur de Chile, desesperados por vender cigarros o una versión criolla de un medicamento para bajar el colesterol, pero que ellos presentaban como un potente estimulante capaz de levantar hasta el más lánguido miembro viril.

En Varadero la experiencia no fue muy distinta. Llegué a un resort de esos “todo incluido” con la esperanza de encontrar otro panorama. Sin embargo, me hallé con meseros irritables, bufés bastantes exiguos al desayuno, almuerzo y cena, cantineros que servían los tragos con una sonrisa, pero que se enojaban si nos les dejabas una buena propina (nunca me había tocado estar en un “todo incluido” en el que tuvieras que dejar propina). Con mucamas asustadizas que miraban con tremendos ojos una revista chilena de cine y espectáculos (porque en Cuba, por lo menos en esa época, no existían publicaciones como esas y los ciudadanos sólo tenían acceso a los periódicos oficiales: Granma y Juventud Rebelde). A una le ofrecí que se quedara con la revista. Muy agradecida (y sorprendida también) me dijo que tendría que esconderla, pues leerla y deleitarse con los actores norteamericanos que ahí aparecían era un pecado capital.

Dejé la isla después de 10 días y volví a Chile con el corazón apretado. Me vine con la impotencia de no poder hacer nada para ayudar a esa gente y con la desilusión de haberme encontrado con un pueblo oprimido, pobre y sombrío. Y entonces me pregunté, y me lo pregunto hoy todavía, ¿cuál es la victoria de la que hablaba Fidel? ¿Llegará Cuba hasta la victoria siempre?

 

 Desirée Ibarra L., periodista y magíster en Periodismo Escrito UC

 

 

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