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Publicado el 21 de diciembre, 2019

Harald Ruckle: ¡Socorro! ¡Estoy derechizándome!

Master en Economía y Dirección de Empresas Harald Ruckle

El ser humano tiende a decidir por su propio interés egoísta o siguiendo los gritos del momento, con la espectacular excepción cuando se trata de sus hijos. Si mi angustia es compartida por muchas mamás y papás, veremos una sorpresa en las próximas elecciones y plebiscitos. No habrá salvación para la izquierda perdida.

Harald Ruckle Master en Economía y Dirección de Empresas

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Para una persona no es nada fácil girar a la derecha. Las sirenas de la izquierda son extremadamente atractivas y comprensibles sin esfuerzo; son promesas seductoras de un bienestar ilimitado para todos. En contraste, las virtudes asociadas a la derecha y su mecánica en favor de los ciudadanos son complicadas de explicar, mientras sus vicios se visibilizan livianamente. Igual, a pesar de este obstáculo propagandístico, la izquierda chilena ha logrado lo impensable en mí: me ha convertido en derechista.

¿Qué me está pasando? ¿Cómo explicar mi transición desde una sólida convicción socialdemócrata a una derecha conservadora? En lenguaje chileno, desde el “tibio” centro hacia la “extrema” derecha. A continuación, mi retrospección de los vectores pujantes, racionales y emocionales de una dolorosa peregrinación política.

No hay ley y orden. Conciertos, carpas, barricadas y marchas no autorizadas. Impunidad a miles de actos verdaderamente criminales. Castración de las fuerzas públicas. Ningún país del mundo funciona sin ley y orden. Y solo se ha visto a la izquierda apoyando, hasta celebrando, este desolado paisaje.

Los partidos de la centroizquierda están muertos. Se han suicidado. Se han sometido sin ninguna resistencia a la ideología comunista o, peor, al “ningunismo destructivo” del Frente Amplio. Una y otra vez han votado alineados con la izquierda radical en contra de sus supuestas convicciones. No se entienden sus motivaciones. Posiblemente será por un interesado cálculo electoral, pero, al menos a mí, me desilusionaron y me dejaron sin hogar céntrico. Enfrentado a las dos opciones -volcarse hacia uno de los dos polos- elijo el mal menor; el sentido común, y la abundante evidencia empírica, indica que es hacia la derecha.

Veamos el pilar fundamental del futuro de cualquier país: la educación pública primaria. Aniquilada sistemáticamente por acción y omisión. Sin restar relevancia a los hundimientos lamentables del Instituto Nacional y sus pocos pares, el desastre de la indiferencia alcanza a la mayoría de los liceos. Con notables excepciones, los profesores no han cumplido con su trascendental misión, a pesar de la inyección de significativos aportes monetarios. Se resisten a cualquier tipo de evaluación y roban meses de escolaridad con las frecuentes huelgas. La reacción innovadora chilena: los colegios subvencionados, elegidos con el bolsillo por más del 60% de los apoderados, han sido de facto eliminados, quitando esta valiosa válvula de la movilidad social. ¿Cómo votar por un sector donde el gran responsable, el sindicato de los profesores de los colegios públicos, tiene un peso dominante?

Estoy chato. De las mentiras descaradas, ventiladas por los cuatro vientos por medios “serios”. Ya nadie cree a nadie, las bajas reservas de confianzas mutuas se pulverizaron. Del incumplimiento del “gran acuerdo nacional” del 15 de noviembre, que no será la última jugada sucia en el largo camino durante los próximos dos años. De buena fe, nada. Agréguese la voracidad de cualquier grupo de interés insaciable, subiéndose a las “demandas sociales”.

Por un sesgo profesional, me obligo a cuestionar críticamente mis razones y argumentos esgrimidos. ¿Quizás sean por lo menos debatibles? ¿O producto del pánico, con rasgos depresivos, de lo visto durante los últimos meses? ¿Algunos de los oscuros fenómenos actuales serán “reparables”? Sigo buscando el origen de mi voz interior que ha llamado a derechizarme…

Finalmente encuentro la respuesta en frente mío, en el escritorio. La foto de mis hijas me ilumina. Potencia y resume todo lo expresado en una sola preocupación como padre: ¿En qué país vivirán? El riesgo de embarcarse en una aventura, sin siquiera un mínimo de definiciones, es simplemente inaceptable para una madre o un padre.

El mayor porcentaje de los electores está justo en las edades con hijos jóvenes. El ser humano tiende a decidir por su propio interés egoísta o siguiendo los gritos del momento, con la espectacular excepción cuando se trata de sus hijos. Si mi angustia es compartida por muchas mamás y papás, veremos una sorpresa en las próximas elecciones y plebiscitos. No habrá socorro para la izquierda perdida.

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