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Publicado el 19 de octubre, 2019

Harald Ruckle: ¿Qué le pasó a Chile Lindo?

Master en Economía y Dirección de Empresas Harald Ruckle

Incidentes violentos como esta semana en el metro han dejado a los chilenos boquiabiertos y, nuevamente, divididos. Ante los discursos (e intentos) refundacionales, ya de años, un segmento de la población queda incrédulo y con un sentido de impotencia. No se habían imaginado enfrentar esta amenaza a lo logrado.

Harald Ruckle Master en Economía y Dirección de Empresas
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Durante treinta años me he referido al país que me acogió como “Chile Lindo”. Razones y argumentos sobran. El espectacular progreso material logrado en un periodo corto de pocas décadas. Los indicadores cualitativos, de desarrollo humano como salud, longevidad, educación y vivienda, en ascenso. La transición pacífica desde un régimen militar a la democracia aplaudida en el mundo. En lo personal, he admirado la gente de esta tierra, con su mezcla de simpatía latina y el esfuerzo serio para sacar adelante su familia.

Los chilenos disienten de tal positivo juicio. Incidentes violentos como esta semana en el metro los han dejado boquiabiertos y, nuevamente, divididos. Ante los discursos (e intentos) refundacionales, ya de años, un segmento de la población queda incrédulo y con un sentido de impotencia. No se habían imaginado enfrentar esta amenaza a lo logrado, a la vista de datos estadísticos que claramente demuestran que los chilenos viven mejor que en cualquier época anterior. Responsabilizan a los “malditos políticos de la izquierda o los irreverentes niños” (sic), en los colegios, universidades y los partidos “novedosos”; que solo critican, destruyen y no proponen. Otro sector postula que Chile nunca ha sido tan lindo, excepto para escasas personas privilegiadas, “los abusivos ricos, encarnados en los grandes empresarios avaros” (sic).

Visto con cierta distancia conceptual, estas explicaciones exageran tremendamente la influencia de unos pocos actores, de cualquier espectro político y socioeconómico. Se pueden creer omnipotentes, pero no es así. Al final estos personajes no hacen nada que no encuentre un terreno fértil en la población. Ni los reyes medievales podían gobernar en contra del pueblo. ¿Si no hay chivos expiatorios con nombres y apellidos, a quién echar la culpa? ¿Cómo explicamos la rudeza y hostilidad verbal y física, la sensación de descontento o la reaparición de recetas añejas que han fracasado en el pasado? ¿Son reflejo de inmadurez cultural o síntomas de algo de mayor complejidad?

La historia humana demuestra que suelen ser las corrientes macros que se sobreponen, las que producen las fricciones y conflictos sociales. Los líderes solo se montan encima de las olas sociológicas del momento. En el caso de Chile, los candidatos para ilustrativos factores macros son la historia específica de Chile, el estado actual de “medio-desarrollado” y la tecnología globalizada.

El país que conocemos como Chile tiene sus orígenes en la conquista española y el derivado feudalismo. Admitamos, hubo represión, la que quedó en la memoria colectiva de la sociedad. Ha producido una aversión generalizada en contra de “las autoridades”, etimológicamente pariente de “autoritario”. Hoy, superado el feudalismo, sufrimos la resaca de un muy dañino clasismo. Esta discriminación sin ningún sustento racional (y menos moral) produce arrogancia por un lado y heridas dolorosas por el otro, para toda la vida. Se traspasa a las siguientes generaciones, el veneno toxico se inyecta desde la niñez. Incluso la genta que ya ha llegado a un bienestar material relevante, engancha con eslóganes como “los poderosos de siempre”; debido al sentimiento, entendible, por cierto, de la no inclusión clasista. Cualquier evento, por poco significativo que sea, se convierte en la chispa que enciende turbulencias, y dados los antecedentes históricos mencionados, hay un apoyo por lo menos parcial de la gente, y por parte del Ejecutivo, una reticencia de aplicar “ley y orden”.

La llamada “trampa del ingreso medio” existe. Las expectativas materiales y el empoderamiento emocional crecen a mayores velocidades que la realidad experimentada. Las exigencias aumentan rápidamente y son vistos como justificados, y más que justos. Los reclamos por la desigualdad explotan, la que persiste, aunque “objetivamente” a niveles absolutos superiores en cada tramo de ingresos. El argumento simplista que es más importante hacer crecer la torta, en lugar de pelear como distribuir una de menor tamaño, no llega a los corazones de la gente. Los seres humanos percibimos nuestra situación “subjetivamente” en relación a nuestro entorno actual.

Por último, los impresionantes avances en tecnología y globalización potencian las tensiones. Producen ganadores y perdedores. Todos los cambios del pasado los ha generado, pero las mismas tecnologías, disponibles global y transversalmente, permiten una mayor convocación, vociferación y visibilidad de los que sienten, o temen, ser dejado atrás.

¿Conclusiones? Es un desafío de proporciones, por algo son fuerzas macros, es decir fuera del control de nuestros supuestos superhéroes. No hay solución mágica o rápida. Tendremos que aguantar, aunque suene extraño y resignado, inteligentemente. Quizás a los tenedores del (acotado) poder político, social y económico les haría bien una pizca de humildad, templanza y empatía con la “contraparte”. Entender las causas. Respetar la dignidad de todos. Un sentido de responsabilidad. Tratar de minimizar el “daño que causa el otro”, en lugar de maximizar y perseguir porfiadamente a su propia utopía, sus intereses personales y egos. Con el tiempo ganado, junto a la resiliencia adaptativa del humano, se vencerán las fuertes corrientes subyacentes.

Sin desconocer el estrés psicológico y el riesgo de descontrol de las pugnas sociales, tengo fe, y deseo de todo corazón que, gracias a toda la gente chilena, podremos seguir construyendo y volver a apreciar al “Chile Lindo”.

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