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Publicado el 22 de marzo, 2020

Harald Ruckle: Nadie entiende nada

Master en Economía y Dirección de Empresas Harald Ruckle

El mundo que construimos nosotros mismos se ha alejado de nuestra capacidad intelectual de descifrarlo. Se asimila a una gigantesca casa de cartas, en constante riesgo de derrumbarse.

Harald Ruckle Master en Economía y Dirección de Empresas

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En nuestro país sobran los predicadores, por lado y lado del espectro político, convencidos de  saberlo todo. Diagnostican con precisión las causas de lo ocurrido, como también profetizan las recetas perfectas para un prometedor futuro. Los campeones por supuesto son los comunistas, que no solo se creen los únicos de comprender la historia, sino también presumen conocer cómo llegar al fin paradisíaco de la humanidad. Los parvularios del comunismo, el Frente Amplio, se limitan al presente, a saber destruir. Los liberales, a falta de una inconfesa incapacidad predictiva, claudican que la libertad y el interés individual proveerán automáticamente el bienestar colectivo.

En nuestros tiempos turbulentos, con la crisis social y sanitaria, quizás haga falta una pizca de humildad. No “sabemos” nada. No nos entendemos ni a nosotros mismos. Empezando por nuestra desconocida razón de existir. Todo parece coincidencia, el azar reina a los eventos. Desde luego tampoco captamos las interdependencias de nuestro entorno económico, social y cultural. El mundo que construimos nosotros mismos se ha alejado de nuestra capacidad intelectual de descifrarlo. Se asimila a una gigantesca casa de cartas, en constante riesgo de derrumbarse.

Aceptando lo anterior “como cierto”, surge la duda de cómo los humanos hemos logrado imponernos a la naturaleza. Si es que sea un logro, y sostenible, cosa improbable. Somos animales, muy impulsados por nuestros instintos de sobrevivir individualmente y reproducirnos. De repente emergió algo que llamamos consciencia. Nadie sabe por qué, y qué realmente es.

El secreto de nuestra impresionante multiplicación humana parece basarse en dos vectores inter-relacionados. El primer factor es nuestra capacidad de colaborar, cuya condición subyacente es la mística consciencia. No significa que tengamos la certeza de lograr el plan deseado. Solo asegura que los seres o especies que cooperan más y mejor, ganarán a los menos colaborativos. Tal trabajo en equipo requiere de coordinación, el liderazgo de “alguien”; siempre subrayando que el verdadero liderazgo se recibe de, y no se impone a, los liderados.

Segundo. Las innovaciones nos han permitido vencer en innumerables contextos hostiles. Llegamos a vivir largos años decentemente, válido cada vez para más gente. Indagando qué son innovaciones, resulta que realmente son prueba y error. Destaca que los errores son parte integral del aprender, como ya decía Einstein: «El que no ha cometido errores, no ha hecho nunca nada». Interesantemente, cada nueva prueba se basa en los conocimientos anteriores, combinando diversas pruebas previas que hayan resultado provechosas, en un nuevo experimento. Es decir, una cadena de colaboraciones.

¿Qué aprendizaje podemos obtener de las reflexiones anteriores para nuestro actuar hoy en nuestro Chile tormentoso? Ser humildes, nos enfrentamos con fenómenos que no entendemos. Colaborar en lugar de sacarnos los ojos. Habrá errores, los que no solo son inevitables, sino necesarios para aprender a solucionar problemas. Admitir rápidamente un error, para avanzar con otra prueba. El actual presidente es el único que tiene algo parecido a haber recibido el liderazgo nacional de los liderados, vía su elección popular. Lo que sí, un líder debe comportarse como líder. Actuar con firmeza y utilizar su poder sin temores a equivocarse o ser criticado por los muy inútiles aprovechadores políticos. La oportunista izquierda radicalizada, desesperada por haber perdido su palanca callejera, sigue tratando de arrogarse la vocería del pueblo. No entienden nada y se les pesca poco. ¿Por qué no se callan un rato? Viva Chile.

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