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Publicado el 18 de enero, 2020

Harald Ruckle: Los tercios de Chile en el plebiscito

Master en Economía y Dirección de Empresas Harald Ruckle

El tercio que definirá el futuro de Chile es el segmento más diverso y bastante contradictorio. Podemos llamarlo el de los “esforzados desatendidos”. Desean protección. La violencia les asusta, aunque vean en ella una cierta bondad de romper la inercia. En su interior profundo aspiran a una vida tranquila. Si creemos en las encuestas recientes, se inclinan por el “apruebo”, aunque dado su perfil psicológico, pueden cambiar de opinión rápidamente.

Harald Ruckle Master en Economía y Dirección de Empresas
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La fracción del tercio (1/3, 33,3%) ha cobrado cada vez más relevancia en Chile. Los actores políticos del incipiente debate constitucional asignan una importancia vital al hecho que las decisiones se tomen con 66% (dos tercios). Para unos, resultará en un “veto” inaceptable para una minoría, de un tercio. Para otros, esta regla matemática es justamente la diferencia entre una constitución vis-a-vis leyes “normales”, y modificarla sería hacer trampa.

La obsesión por los tercios está justificada. La población se segmenta, en cuanto a sus actitudes frente al proceso constitucional, en tres tercios. A continuación, una interpretación empática de lo leído, investigado y escuchado.

Un tercio de la gente apoya cambios radicales y hasta comportamientos violentos. Parece mucho, y sabemos que las investigaciones tienen una validez limitada en tiempos turbulentos. Sin embargo, las disrupciones en el proceso de la PSU (¡con niños perjudicados!) cuentan con un sorpresivo apoyo, según Cadem, de un tercio de los encuestados. En términos políticos, este tercio incluye a los votantes del Frente Amplio y del Partido Comunista, quienes explican alrededor del 20%. Los jóvenes están sobre-representados. Los protegidos en cualquier escenario, pase lo que pase, los funcionarios públicos, se insertan. Personas “apolíticas” que comparten el sentimiento de haber sido dejado atrás completan el tercio. Solo un viraje drástico, creen, tiene el potencial de mejoras importantes que el odioso modelo no pudo o no quiso entregar (sic). Perciben que no tienen nada que perder con un nuevo experimento. Denominemos este tercio como “revolucionarios impacientes”. Aprobarán, con bastante ruido, el cambio constitucional.

El tercio opuesto lo llamamos “conformistas gradualistas”. Viven en el “otro” Chile, el del campeón de América Latina. Es gente con una opinión positiva sobre la evolución del país de las últimas décadas, y que teme perder (todo) lo avanzado. Incluye una parte significativa de los tradicionales electores de Chile Vamos, como también a los más cerebrales de la centro-izquierda, quienes están en favor de cambios ordenados. Me atrevo a decir que este tercio será el piso del “rechazo”. Las encuestas muestran un porcentaje menor, creo que influido por el efecto manada, de señalar la opción supuestamente ganadora. El trabajo del CEP, por ejemplo, se conduce con entrevistas cara a cara en los hogares, no es muy anónimo que digamos.

Nos queda el tercio del medio. Es el segmento más diverso y bastante contradictorio. Es el que va a decidir el resultado del plebiscito. Apoya las manifestaciones masivas y pacíficas. Participa en gran medida la nueva clase media, tanto los que bajaron (fenómeno subestimado) como los claramente numerosos que subieron de su estatus anterior. Sienten una mezcla entre apoderamiento justo y grandes temores de perder su posición social. Admiten que están satisfechos con su vida personal, y simultáneamente proyectan su propia inseguridad a un presunto descontento del resto de los chilenos. Lo que explica el misterio, la brecha entre el juicio personal y su condena sobre el país, detectado ya en varios estudios.

Ya no aceptan el clasismo, subyacente a la demanda por la dignidad. Tienen múltiples reclamos específicos, que a esta altura todos conocemos. Desean protección. Saben que la vida real es frágil, por los cables a tierra que han construido, con sudor en la frente, durante los últimos 30 años. Por lo mismo sospechan, con su destacable sentido común, que la misma fragilidad existe para los países y sus economías e instituciones. Lo que impone límites a lo lograble a corto plazo. La violencia les asusta, aunque vean en ella una cierta bondad de romper la inercia. En su interior profundo aspiran a una vida tranquila. Si creemos en las encuestas recientes, se inclinan por el “apruebo”, aunque dado su perfil psicológico, pueden cambiar de opinión rápidamente.

¿Cómo podemos llamar a este tercio tan crucial para la gran decisión en abril? Quizás “esforzados desatendidos” refleje adecuadamente sus contradictorias emociones. Si es así, la agenda social y el programa de la clase media protegida apuntan correctamente a sus necesidades. Hasta ahora no se aprecia una esperable reacción positiva, como si no se escucharan las propuestas. ¿Es por la bajísima credibilidad del presidente y del parlamento? ¿No quieren palabras sino sentir con inmediatez algunos efectos tangibles en su vida diaria? ¿O no se oye por los fuertes gritos obstruccionistas de la extrema izquierda?

Recomiendo focalizar la atención durante los próximos meses en este segmento. Dejo la tarea a los sociólogos, los analistas políticos y especialmente a los comunicadores. Food for thought. Los “esforzados desatendidos” decidirán el futuro de Chile.

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