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Publicado el 19 de julio, 2020

Harald Ruckle: Las economías del odio

Master en Economía y Dirección de Empresas Harald Ruckle

Como es contagioso, el odio tiene una evolución exponencial, tal como un virus. Cada vez es más difícil de controlar, aun sabiendo que nada bueno puede emerger del masificado odio mutuo.

Harald Ruckle Master en Economía y Dirección de Empresas
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Muchos lectores se habrán preguntado: ¿De dónde salió tanto odio en Chile? Esta particular emoción parece tener solo costos para el sujeto emisor y el objeto receptor. El odiado es expuesto a funas, desprestigio y eventualmente a la violencia física. Y es difícil de imaginar una persona odiando y siendo simultáneamente feliz. ¿Se asoma una especie de placer morboso de autodestrucción? ¿O hay elementos lógicos? Vale la pena reflexionar e investigar sobre la potencial existencia de “economías” de odio. ¿Qué incentivos, costos y beneficios trae el odiar, y para quiénes?

Dado que la humanidad tiene una extensa trayectoria navegando en aguas oscuras, hay literatura. Entendiblemente, las publicaciones se concentran en las motivaciones para la guerra, los genocidios y el etnocidio, y sus paralelos individuales de crímenes de odio. Los “discursos de odio” tienen cobertura incluso legalista, con iniciativas legislativas a nivel de países y de organismos supranacionales. Hemos visto un aumento doloroso de la dispersión del odio en las redes sociales, frecuentemente desde el cobarde anonimato.

Volvamos a la pregunta del por qué. En su libro del mismo título que esta columna, Cameron (2002) aplica los conceptos de la oferta y la demanda en un mercado de odio. Gangopadhyay (2002) cita a Darwin describiendo al odio como una respuesta de autodefensa y de venganza. Se entiende el primer argumento: al tener temores de perder un bien inmaterial o material, se activan hormonas que apagan el raciocino. Más complejo es explicar la venganza, poco vista en el mundo animal (exceptuando a la especie humana).

¿Cómo comienzan las olas de odio? ¿Hay economías atrás? Se postula que hay incentivos, especialmente para los primeros, en lanzar los dardos tóxicos. Los pioneros inician sus ataques vomitivos por interés propio, para posicionarse a sí mismos; el ámbito político es ejemplificador. Muy luego se re-enfocan totalmente en los objetos de sus ataques (Glaeser, 2004). Estos “emprendedores de odio” argumentan que sus objetivos humanos tienen la culpa, que son criminales malvados, en sus actuaciones y su ser interior. Los estudios académicos no han encontrado evidencia empírica de esta “justificación”. Ni las razas de color distinto, ni las religiones, ni las minorías sexuales o de cualquier tipo han constituido una amenaza real a los que supuestamente “se defienden” con sus agresiones coléricas. Paradójicamente, o por el contario, obviamente, los objetos odiados suelen ser partes de una minoría, pobres o ricos, los fácilmente vencibles. Al verdadero poderoso no se agrede, y menos públicamente, más bien hay incentivos de amistarse con él.

Aceptando que se puede lucrar con el odio, ¿cómo sigue la narrativa? Nace una industria del odio. Ya cubrimos el lado de la “oferta” del odio. ¿Quiénes “enganchan”, demandan y consumen este extraño “producto”? ¿Hay un ratio beneficio-costo? El comportamiento tribal ofrece una primera pista. El odio, con su vana certeza, funciona como un adhesivo para una identidad grupal. Da una sensación de poder colectivo y se vive una borrachera multitudinaria.

Sin duda hay costos. Como es contagioso, el odio tiene una evolución exponencial, tal como un virus. Cada vez es más difícil de controlar, aun sabiendo que nada bueno puede emerger del masificado odio mutuo. Los objetos del odio están tentados de responder odiando. Algún autor opina que esta reacción simétrica puede ser útil al inicio de la onda, ya que visibiliza tempranamente el daño que sufrirán todos. Sin embargo, a la larga, refuerza el ciclo venenoso. Todos se suben, hasta llegar a una situación de una violenta destrucción catastrófica.

No se encuentran muchas soluciones en la academia. Se menciona la integración social, racial y religioso como antídoto. Suena razonable, al convivir y tener amigos diversos, se disminuye el miedo al desconocido, una de las causales citadas. Suena como una receta acertada, aunque parcial, lenta y sin garantías. La comunidad judía en la Alemania nazi estaba inserta en la sociedad (e inocente de las acusaciones absurdas) y no se salvó del crimen del siglo. La “búsqueda de la verdad” se presenta como otra opción, admitiendo que suele haber pocos incentivos para tal esfuerzo intelectual.

La perspectiva economicista utilizada en este breve recorrido del camino dantesco al infierno naturalmente tiene severas limitaciones. Empezando por su propio argumento, que los dividendos se cosechan a corto plazo, mientras los costos se pagan a mayores plazos, bastante inusual en la economía empresarial, aunque habitual en la política.

¿Qué hacer en el caso de Chile? El autor de esta columna se declara incompetente. ¿A lo mejor una invitación al talento intelectual en el país de formar un equipo de estudio sobre el tema? Con psicólogos, economistas, filósofos, historiadores, sociólogos, médicos y biólogos, y sobre todo de distintas creencias políticas y variados orígenes sociales. Podría ser un ejemplo de integración. Quizás habría que encerrarlos unos días, fuera de las cámaras. ¿Un intento condenado al fracaso? Quizás. Pero seguramente mejor que esperar que la ola toxica, odiosa y podrida, nos aplaste a todos. Y capaz que los chilenos nos den una innovadora sorpresa al mundo entero.

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