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Publicado el 26 de abril, 2020

Harald Ruckle: La mente lúcida contra la palabra poderosa

Master en Economía y Dirección de Empresas Harald Ruckle

Nuestro lenguaje define nuestra convivencia cívica, hoy dañada en nuestro país.  Si queremos salir del pantano odioso, es imprescindible cambiar como hablamos.

Harald Ruckle Master en Economía y Dirección de Empresas

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El lenguaje crea realidad. Tiene la capacidad de guiar nuestro razonamiento. Determina cómo interpretamos nuestro entorno. Direcciona nuestros sentimientos. Define nuestras opiniones. Nos conduce a juicos de valor, negativos o positivos. Como consecuencia, impulsa nuestras actuaciones. Vivimos en una verbigracia, el lenguaje tiene un poder gigantesco. Se constituye en un verdadero arsenal de armas, para destruir o construir, para colaborar o agredir. Produce sucesos concretos. No en vano, todos los regímenes, ideologías y religiones han hecho uso del lenguaje para avanzar sus intereses. Acordémonos que en Chile el “tono crispado”, durante ya 10 años, nos ha llevado desde la violencia verbal a la física.

Claramente el lenguaje presenta la oportunidad de generar situaciones reales, deseables para unos, fatales para otros. ¿Quiénes son los dueños del lenguaje determinístico de significados? Los primeros que “inventan”, o “llenan” los términos ya existentes, según su interés, son los que logran asociar una específica y poderosa imagen mental a la palabra. La izquierda política exhibe mayores habilidades que la derecha para crear y utilizar el lenguaje. La desventaja comunicacional de la derecha quizás se explique por su tendencia a reproducir el mundo a partir de números, menospreciando las emociones, y sufriendo así “la falta de relato” (sic). La superioridad creativa de la izquierda se nutre de su dependencia de convencernos a partir de fantasías surreales.

“La primera línea”. Se utilizó una expresión de guerra (¿no era que no había guerra?) dándole un significado positivo, el de luchadores sociales, a las personas que “a todas luces objetivas” son delincuentes. Lo objetivo no existe. El  sesgo positivo parece estar instalado en la mente, y sin duda aumenta la motivación de los “actores” a seguir jugando este rol violento. Hoy, con la pandemia, hay entendibles intentos de cambiar el sentido de la expresión, reclamando que los trabajadores de la salud y de los supermercados son la verdadera primera línea. Suerte con eso, modificar la asociación inicial es todo un desafío.

Las palabras ganan elecciones, en todo el mundo. En Estados Unidos, el “Yes we can” de Obama y “Make America great again” de Trump lo han comprobado. En Chile, la imaginaria “Chilezuela” tildó la votación popular en favor del gobierno actual.

Nuestro lenguaje define nuestra convivencia cívica, hoy dañada, para decir lo menos, en nuestro país.  Si queremos salir del pantano odioso, es imprescindible cambiar como hablamos.

En la cabeza de la lista negra están los “cuicos, flaites, fachos pobres” y similares. Reflejan un anacrónico clasismo feo y sus reciprocas reacciones agresivas. Siembran desprecio y envidia, y se cosecha odio. La verdad, el concepto de las “clases sociales”, alta, media y baja, en sí mismo implica un juicio de valor. No hay evidencia que las personas tengan “más o menos clase”, ni que hayan “altos o bajos” niveles de valor humano, por el puro hecho de distintos ingresos económicos.

Debido a nuestra incapacidad de entender el mundo holísticamente, aparentemente necesitamos pensar en cajones. ¿Cómo podemos llamar los distintos estratos económicos? “Humildes” huele a discriminación. ¿Y los no-humildes serán soberbios? “Vulnerables”, quizás es menos malo, aunque con sabor patriarcal. Los términos “ricos y pobres” han sido secuestrados y hoy tienden a inducir un juicio moral inverso a los ingresos de las personas por clasificar. Los ricos malos y los pobres buenos. Una doble paradoja. La izquierda atea promoviendo un juicio bíblico. Y los supuestos “buenos” aspirando convertirse en unos despreciables ricos.

¿Qué hacemos? Al no encontrar descripciones neutras, nuestra sociedad seguirá hacia el abismo. Dado el arraigo histórico del clasismo y el interés partidario de la izquierda de mantener vivas las divisiones, se ve difícil. Pero no imposible. No somos animales, se supone, que solo saben ladrar y repetir las palabras como un loro. ¿Una mente lúcida podrá vencer el poder de la palabra interesada? Con consciencia, voluntad y fuerza moral, todas características distintivas del ser humano, volveremos a la ansiada y necesaria convivencia social. Viva Chile.

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