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Publicado el 16 de marzo, 2019

Harald Ruckle: El masculinismo

Master en Economía y Dirección de Empresas Harald Ruckle

¿Cómo podemos los hombres obtener las competencias necesarias para desempeñar bien las tareas y roles hasta ahora “reservadas” para las mujeres? ¿Dónde se enseña eso?

Harald Ruckle Master en Economía y Dirección de Empresas
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Poco se escucha este término, “masculinismo”, en Chile. Aunque el concepto nació como una reacción al feminismo -lo que lleva a sospechar de una táctica de “empate” o revancha-, no se debe confundir con el machismo. Igual como pasa con el feminismo, hay corrientes radicalizadas y las redes sociales están repletas de (¡cómo no!) vociferaciones desubicadas, aunque también se ven argumentos válidos, como los derechos de custodia y adopción de niños. El verdadero masculinismo apunta al mismo objetivo que su par: la libertad para conducir la propia vida como queramos. Igualdad de derechos (y obligaciones) y la liberación de roles impuestos por “la sociedad”.

En el origen del ser humano, todo indica que la diferencia física y biológica (¿de causa mística, divina, darwinista?) nos llevó a una división de labores, una especialización en ciertas tareas; llamémoslas el “trabajo exterior” y el “trabajo interior”, en la cueva o casa. Para “lo exterior”, cazar animales y protegernos de enemigos, era necesario tener una buena musculatura y pensamiento táctico. Las responsabilidades interiores, en cambio, requerían competencias “blandas”, como la capacidad de empatizar, comunicar y un compromiso -inicialmente basado en una fuerte intuición- para salvaguardar la salud física y mental de la familia y la comunidad.

Con el progreso tecnológico esta separación de roles se hace prescindible. Los trabajos exteriores generalmente ya no requieren fuerza física, sino intelecto. No hay que ser economista para darse cuenta de las bondades de incorporar la mitad del talento de la humanidad (las mujeres) para seguir construyendo un bienestar cada vez mayor. Es más, hay señales que las futuras tendencias tecnológicas, políticas y sociales pueden demandar en un ascendiente grado las habilidades blandas, el campo privilegiado y dominado históricamente por las mujeres. Eso por el lado económico.

En lo moral, la libertad del individuo ha sido históricamente un anhelo e ideal de todas y todos, subrayando la legítima aspiración y lucha por ser libres para elegir el propio camino.

Así, claramente y sin ninguna duda, el feminismo es de aplaudir. Quienes tenemos hijas seguramente concordamos en nuestro deseo que ellas en su futuro no dependan de un hombre “afuerino”. ¿Por qué, entonces, nos encontramos con resistencia, principalmente por parte de los hombres? Como en casi todas las actuaciones humanas, el primer motivo puede ser el interés egoísta, mezclado con temor. Interés por estatus, poder, dinero. A nadie le gusta la competencia (muy beneficiosa colectivamente) cuando lo afecta a uno. Las lecciones del pasado nos enseñan que, desafortunadamente, solo se vence con fuerza, en este caso, con leyes y cuotas.

Es más complejo enfrentar la socialización arraigada durante miles de años, habiendo creado los hábitos, autoimagen, roles y habilidades supuestamente masculinas. ¿Cómo podemos los hombres obtener las competencias necesarias para desempeñar bien las tareas y roles hasta ahora “reservadas” para las mujeres? ¿Dónde se enseña eso? Para los hombres de mente abierta, el deseo de aprender debiera existir. ¿Qué puede ser más satisfactorio y trascendental que criar los hijos? Un puesto de trabajo se pierde, el dinero se desvanece, los hijos quedan. En lo económico, el manejo de los gastos domésticos es tan importante como la generación de ingresos. Un peso ahorrado iguala un peso ganado.

Lo que pasa es que el perfil del “trabajo interior” es muy, muy exigente. Necesitamos ayuda. De las mujeres, confiesa el verdadero masculinismo. Hay cosas que no cambian.

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