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Publicado el 26 de enero, 2019

Harald Ruckle: Desubicadas políticas: ¿Folclor o infantilismo?

Chartered Director, Institute of Directors UK Harald Ruckle

Lo objetivamente criticable de nuestros personajes poderosos es que se olviden del peso y la dignidad de sus cargos. Las actuaciones infantiles y folclóricas son vergonzosas, hirientes y ponen en riesgo la convivencia cívica y los logros alcanzados.

Harald Ruckle Chartered Director, Institute of Directors UK
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Periódicamente nuestros honorables políticos, de todas las edades y tendencias ideológicas, agreden a los ciudadanos con sus variadas desubicadas. La lista es larga. Boric y la polera, la visita en Francia y su apoyo al FPMR. Sharp con la celebración de la revolución cubana. Quintana con su retroexcavadora (dicen que mantiene hasta el día de hoy un ejemplar, afortunadamente ya reducido a un juguete). Los empresarios, con la complicidad de altas autoridades políticas, y su muñeca inflable. (¿Quién se la habrá llevada a su oficina?) Nuestro Presidente con la bandera chilena-estadounidense, sus chistes machistas o sacándose una foto en el escritorio de la oficina Oval. Florcita Motuda, sin comentario. Suma y sigue.

¿Cómo interpretar tal comportamiento de individuos en posiciones de liderazgo e impacto en la vida de millones de personas?

Cuando se trata de líderes estudiantiles, la argumentación es obvia. La juventud impulsa los sueños utópicos y lleva al descarte arrogante de todo lo construido por las generaciones anteriores, explicando las formas y modales agresivos e insolentes.

Boric y Sharp se han erigido como los campeones nacionales con sus más recientes desubicadas. A pesar de sus edades ya no tan tiernas, los columnistas nacionales los han acusado, o perdonado, como adolescentes retardados. Posiblemente ellos se felicitan mutuamente como jóvenes “rebeldes de palacio” con la misión trascendental de inyectar color folclórico al típico ambiente gris de sus instituciones sobrias.

Escalando los peldaños de los años de vida, la ausencia de una explicativa edad inocente de actores como Piñera o Quintana dificulta justificar las conductas extravagantes. ¿Será reflejo de una soberbia de poder que autoriza cualquier cosa? O, como nadie quiere ponerse viejo, ¿quizás sea un intento de atrasar la gravedad geriátrica con chistes y genialidades infantiles?

Como vemos, las desubicadas no tienen edad, y parece un fenómeno nacional y transversal. Queda la siguiente hipótesis: el país en su conjunto es muy joven y por lo tanto algo adolescente en sus posturas. ¿Podemos aplicar una analogía entre las etapas de desarrollo de una nación con el transcurso de una vida humana?

Chile ha logrado un desarrollo verdaderamente impresionante, a alta velocidad. Disfrutamos de sensacionales conquistas económicas y sociales, gracias al esfuerzo admirable de todos los chilenos. Este empuje imponente se alimenta de mucha fuerza y energía, características esenciales y positivas de la juventud. La inmadurez y los errores, rasgos no tan positivos, vienen incluidos. Gozamos las ventajas, y las desventajas, de una vigorizante adolescencia colectiva. El infantilismo exhibido por nuestros líderes, y por todos nosotros (¡observemos como conducimos en auto!), quizás sea inevitable en nuestra peregrinación hacia un progreso aún mayor.

Lo objetivamente criticable de nuestros personajes poderosos es que se olviden del peso y la dignidad de sus cargos. Las actuaciones infantiles y folclóricas son vergonzosas, hirientes y ponen en riesgo la convivencia cívica y los logros alcanzados. Las desubicadas políticas pueden ser entendibles, sin embargo, la gente exige a sus líderes una mayor altura adulta.

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI /AGENCIAUNO

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