La llegada al poder de Pedro Castillo, y la efímera duración de su gobierno, serán gran tema de estudio en los próximos años. Lo sucedido con aquel maestro rural humilde, como le llaman sus defensores, ha producido varios hitos y su impacto marcará parte importante de la praxis política en los años venideros. Será el gran ejemplo a tener en cuenta cuando de nuevo una persona llegada desde los márgenes de la sociedad llegue a “habitar” espacios de poder. Castillo condensa en su persona el desquiciamiento institucional que puede apoderarse de un país en tales circunstancias.

Por eso mismo, su volcánico paso por la política peruana merece ser visto en un contexto más amplio, latinoamericano, teniendo al menos dos consideraciones fundamentales; ambas con un toque de tabú.

Por un lado, que los espacios de poder son para ejercerlos y no para “habitarlos”, como se suele decir ahora, insinuando que las responsabilidades de su ejercicio son etéreas o están en manos de alguna divinidad. Una gran lección del caso Castillo es, entonces, la necesidad absoluta de desprenderse de la idea de “habitar” cargos y entender que para ejercer el poder se necesita cumplir con ciertas destrezas ya estudiadas por la politología. Al menos, parcialmente. Estas indican que, incluso en los regímenes más despóticos, y desde luego en los democráticos, se necesita una habilidad de naturaleza florentina para navegar con posibilidades de regular éxito en aguas siempre turbulentas.

Con asertividad escribe Kissinger en su último libro Leadership, six studies in world strategy, donde analiza a seis brillantes estadistas de calado global, que conducir sociedades humanas es probablemente la tarea más compleja en todos los tiempos y en todos los niveles. Castillo, desde luego, ni siquiera sospechaba dónde se estaba metiendo.

Ello ya se divisó en las entrevistas de Castillo como candidato, dando muestras de desvaríos evidentes, casi de tipo cognitivo, que lo situaban en las antípodas de aquellos seis ejemplos excelsos de estadistas escogidos por Kissinger. Por lo tanto, Castillo representó la suma del caos posible cuando llega al poder una persona sin preparación en cuestiones generales, rústico en demasía, y carente de un equipo dotado de una mínima estructura. Su caso es extraordinariamente sugerente en el contexto latinoamericano, donde a los políticos de todos las pelajes -dictadores o demócratas, hombres o mujeres, jóvenes o viejos- se les demanda un mínimo de don de mando para ejercer el poder, dada la precariedad institucional intrínseca a toda la región.

A pesar de sus probables deseos íntimos, Castillo no será recordado como un incomprendido luchador contra desigualdades ancestrales. Muy por el contrario. Quedará en la memoria colectiva como ícono del fracaso político absoluto. Símbolo de ese axioma que desaconseja la improvisación en el arte de gobernar. En tal sentido, el ensombrerado hombre de Cajamarca, obliga a volver la mirada hacia ese texto que cautivó a generaciones sesenteras de todo el mundo, Los Condenados de la Tierra, de Franz Fanon (con prólogo, no menos motivante, de Jean Paul Sartre), sugiriendo que la revolución se aproximaba.

La debacle de Castillo, leída en clave de Fanon, plantea una terrible duda para las izquierdas en general. ¿Será que la lucha contra el neoliberalismo (o capitalismo si se prefiere) no puede ser guiada por dirigentes provenientes fuera de las élites progresistas? Una pregunta tremendamente incómoda. Casi un tabú.

Sin embargo, no podrá ser esquivada por mucho tiempo. La lucha política se ha vuelto demasiado crispada, no sólo en América Latina, y tiene lugar en ambientes democráticos, lo cual abre espacio a que dirigentes de muy variado origen social aparezcan en la superficie. ¿Bastará con una simple capacidad vociferante o estar rodeado de una sacralidad revolucionaria para conducir procesos? 

Por otro lado, Castillo deja otra herencia incómoda. Ejecutó un golpe de estado enteramente nuevo, y no exento de controversias. Hasta ahora, todos los golpes, contragolpes y autogolpes, desde los 60 en adelante (incluyendo uno “progresista” del general Alvarado, en el mismo Perú), mostraban una secuencia bastante previsible sobre el curso de los acontecimientos. Siempre hubo despliegues de soldados y de tanques, proclamas muy enérgicas a cargo de uniformados y nunca se pusieron en duda efectos posteriores dramáticos en materia de violencia política. Eso hasta Castillo. Con él nació un golpe de estado de nuevo tipo, con una mecánica distinta.

Más de alguien podría rebatir esto diciendo que en realidad Perú es un verdadero nido de excentricidades presidenciales y Castillo sólo ingenió una más. 

Efectivamente, el Presidente Fujimori decidió renunciar vía fax desde Tokio. Algo nunca antes visto. Luego surgió un parlamento obsesionado con la idea de “vacar” a cuanto político estuviera en el palacio de Pizarro consiguiendo el triste récord de desenlaces presidenciales desafortunados. Presos, fugados o suicidados. 

Castillo innovó. Con 200 escándalos a cuestas, en año y medio de gestión, decidió disolver el Parlamento, instaurar un gobierno de emergencia con toque de queda a nivel nacional y empezar a gobernar mediante decretos mientras convocaba a una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución. El gran camino para asegurar el fin del neoliberalismo, su gran enemigo. Pero el tenor de su voz, y el mismo texto leído, confirmaron que el hombre de Cajamarca no tenía la más remota idea de lo que estaba hablando. Fue un golpe de estado cerril, obstinado. 

Su brevísima alocución golpista refuerza la centralidad de las dos preguntas planteadas y explica el desenlace observado. Proponerse la ruptura del orden constitucional y la separación de poderes, delirando con la posibilidad de apoyo de los militares y la policía, y con que “las masas” iban a lanzarse a las calles a defenderlo, constituyen graves errores de percepción y de diagnóstico. Quienes califican su asonada de una “quijotada”, pecan de condescendencia.

En realidad, Castillo cometió suicidio y, de paso, provocó un enorme daño al orden democrático de su país.

Es cierto que el Congreso peruano, como casi toda la institucionalidad del país, se encuentra en un descrédito muy lamentable, pero tratar de solucionarlo mediante una mecánica golpista novedosa, no sólo es una torpeza mayúscula, sino que aplicó “fuego amigo” a las demás izquierdas latinoamericanas. 

Es cierto que las izquierdas de hoy, especialmente las más levantiscas, tienen una inspiración distinta a la guevarista, la leninista o la maoísta; tan pretéritas. Las de hoy se inspiran más bien en Laclau y Mouffe; ideas fantaseadas en aulas europeas y no en las selvas de Ñancahuazú o en la Larga Marcha de Mao. Por eso se sentían algo incómodos con este experimento castillista, percibido como irrupción de otro siglo. Pero lo miraban con un cierto sentido paternalista. Con él se conectaba esa idea de ver el mundo dividido entre un “nosotros” y un “ellos”. Habitantes de una galaxia enteramente adversarial.

Por eso, a Morales, Maduro y a López Obrador no los traiciona el olfato cuando acusan a una “guerra híbrida internacional”, de haber perpetrado “dos golpes contra gobiernos del pueblo”, como refieren a la condena a seis años de prisión a Cristina Kirchner y a la “destitución” de Castillo. “Los otros nos atacan”, repite incansablemente Morales. 

Pero todo esto responde a un mundo polarizado en extremo. Su marca central es la tergiversación de la democracia, como tan acertadamente lo describe el argentino Miguel Wiñazki en su Crítica de la Razón Populista.

Eso explica que, mientras Morales y sus amigos lamentan agriamente lo sucedido con Castillo, las visiones con menos temple combativo sacan lecciones más pausadas, reforzando la idea de no limitarse a rezongar desigualdades. Tampoco aprueban un autogolpe simplón y, en su fuero íntimo, ven todo esto como una terrible constatación de la inviabilidad de experimentos encabezados por dirigentes provenientes de fuera de las élites, no compenetrados con la statecraft. Parece evidente que causan más daños que beneficios. Castillo es visto como un ejemplo de que las izquierdas latinoamericanas constituyen en realidad un mapa diferenciado; con muchas lenguas.

Pero más allá del efecto en las izquierdas, la salud general de la democracia se ve resentida con un experimento que profundiza la polarización mundial. El decurso tomado por ésta producirá conflictos políticos más largos de lo pensado. Perú es un ejemplo más. Como bien señala José Antonio Llorente, la polarización está resultando muy atrabiliaria y biliosa, pues privilegia diatribas simplistas, viscerales y maniqueas. Por eso, independientemente del destino de Perú, el escenario actual de la democracia es preocupante.

Sin embargo, pese a todo, la salud de los mercados provoca menos desasosiegos. Perú muestra cómo un país con reformas estructurales ya en funcionamiento puede desacoplar la economía del desquiciamiento político. Pareciera otro tema tabú.

¿Es eso jugar con fuego? Por cierto, que sí. Pero este parque temático, llamado América Latina, lleno de presidentes atípicos, siempre ha estado al borde la cornisa. Castillo fue uno más. Y no será el último.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Ivan Witker

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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