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Publicado el 18 de febrero, 2020

Guillermo Pérez Ciudad: Las palabras que te debía

Investigador Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) Guillermo Pérez

Hace algunos años, tuve la suerte de acompañar a mi abuela de regreso a su tierra natal. Ella nunca había vuelto a Europa después de la guerra y antes de morir quería visitar la tumba de su mamá (…) Si cuento algunas partes de esta historia es porque no quiero que el dolor se olvide y sea en vano, como ha ocurrido tantas veces. La escribo por ti, abuela, para que puedas recordar. Y también para mí, para acordarme siempre de nuestra historia y no olvidar que, como dijo Enrique Lihn, nada se pierde con vivir en este mundo embellecido por su fin tan próximo. El Chile de hoy haría bien en recordarlo.

Guillermo Pérez Investigador Instituto de Estudios de la Sociedad (IES)

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Mi abuela Vera nació pocos años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, en un pueblo yugoslavo que hoy es territorio serbio. Ivo, su papá, pasó gran parte de la guerra en un campo de concentración nazi, del que se logró escapar robándole el uniforme a un soldado alemán. Mi abuela nunca supo cómo lo hizo, pero un día a comienzos de 1945 Ivo tocó la puerta de su casa en Yugoslavia, hambriento, con una barba de meses y en evidente estado de shock. Le costó reconocerlo, pues los alemanes lo habían capturado cuando ella tenía 3 años y ahora volvía a pocos meses de cumplir 7.

La vida en el campo de concentración marcó para siempre a mi bisabuelo. Durante esa temporada en el infierno, trabajó arreglando los trenes que llevaban personas a los distintos centros de exterminio. Aunque nunca dejó de admirar a Josip Broz Tito, mi abuela recuerda que su papá pasó los últimos años de su vida sentado en un rincón, hablando solo, tomando aguardiente y despotricando en contra de Hitler, Stalin y los soldados de ambos bandos que dejaron su pueblo en ruinas. En esos tiempos, los siquiatras y sicólogos no eran una alternativa para un obrero de clase baja que dedicó su vida entera a trabajar con maquinaria pesada.

Apenas Alemania se rindió, Ivo intentó salir de Europa y retomar su vida lejos, con su esposa Slavka y sus tres hijos. Él suponía que, aunque Hitler muriera, la guerra no iba a parar. Tenían pocas opciones para escapar y la única realmente viable era Australia. Así, la familia se trasladó a Italia, al puerto de Trieste, para esperar el barco que los llevaría a empezar de nuevo. Sin embargo, Slavka, mi bisabuela, falleció de un cáncer fulminante algunas semanas antes de partir y la opción de Australia se esfumó: por razones burocráticas, en ese país solo aceptaban como refugiados a familias completas.

Mi bisabuelo Ivo quedó solo, varado en Trieste, con tres niños que alimentar y buscando alternativas que le permitieran dejar pronto Europa. Un programa de refugiados le ofreció ir a trabajar a Chile, a una empresa de transportes que estaban armando unos italianos cerca de Buin. Sin tener idea del idioma, ni dónde estaba el país en el que vivirían, Ivo decidió tomar la oportunidad y se vino a Chile con sus hijos. Llegaron con lo puesto, dos baúles (que mi abuela todavía ocupa) con su ropa y algunas fotos que lograron rescatar y que son las que hoy me permiten ponerle rostros a toda esta historia. 

Hace algunos años, tuve la suerte de acompañar a mi abuela de regreso a su tierra natal. Ella nunca había vuelto a Europa después de la guerra y antes de morir quería visitar la tumba de su mamá. Cuando llegamos a Trieste estuve dos días en la municipalidad, buscando entre los papeles el lugar donde estaba enterrada mi bisabuela. Fue muy difícil ubicarla, pues había muerto hace casi 70 años. Como durante todo ese tiempo nadie pagó los derechos funerarios, sus restos fueron trasladados a la fosa común de un cementerio a las afueras del pueblo. Fuimos hasta allí, llevamos flores, rezamos y leímos Para hablar con los muertos del poeta Jorge Teillier. Llovía muy fuerte y mi abuela no paraba de llorar. Frente a la fosa común, nos habló de las dificultades de vivir en un país desconocido siendo una niña, haciéndose cargo de sus dos hermanos chicos y con un papá traumatizado. Nos detalló su infancia en la guerra, los bombardeos, el terror a los soldados rusos y alemanes que llegaban a su pueblo a torturar y fusilar. Nos contó cosas de las que nunca volvimos a hablar, como sus rezos en la mitad del campo en Buin, pidiéndole a su mamá que se le apareciera, que la aconsejara y ayudara.

Ese viaje fue el final de un ciclo, el cierre de muchos asuntos que llevaban pendientes más de medio siglo. Y si cuento algunas partes de esta historia es porque no quiero que el dolor se olvide y sea en vano, como ha ocurrido tantas veces. La escribo por ti, abuela, para que puedas recordar, ahora que la memoria se ha vuelto más frágil y los recuerdos poco a poco se difuminan. Y también para mí, para acordarme siempre de nuestra historia y no olvidar que, como dijo Enrique Lihn, nada se pierde con vivir en este mundo embellecido por su fin tan próximo. El Chile de hoy haría bien en recordarlo.

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