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Publicado el 10 de octubre, 2018

Gonzalo Valdés: Acuerdos, innovación y polarización

Director Ejecutivo del Centro de Políticas Públicas UNAB Gonzalo Valdés Edwards
A menos que se restablezca la fuerza centrífuga que aglomeraba las fuerzas políticas durante la Concertación, gobernar el país mediante grandes acuerdos será cada vez más difícil.
Gonzalo Valdés Edwards Director Ejecutivo del Centro de Políticas Públicas UNAB
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El presidente Piñera participó recientemente en la exposición “Legado de un Republicano, Centenario de Patricio Aylwin”. Ahí observó que la democracia de los 70 “estaba enferma, enferma de divisiones, de proyectos totalitarios y excluyentes, de validación de conductas violentas, de incapacidad de diálogo, de falta de amistad cívica”, y concluyó diciendo que si Aylwin estuviera vivo, privilegiaría el camino del diálogo y los acuerdos. Lamentablemente, todo indica que ese camino estará desierto por un buen tiempo.

 

Cuando estaba en el colegio, mi profesor de física pidió a un compañero que tomara un bolso y lo diera vueltas cada vez más rápido sobre su cabeza. Cuando la velocidad ya era considerable, le dijo en un tono tranquilo que debía soltar el bolso cuando él diera la orden. Pasados unos segundos gritó “ya!”; mi compañero soltó el bolso, y como resultado éste se estrelló en el pizarrón. Después de esta demostración, el profesor explicó una de las más famosas conclusiones de Isaac Newton: toda masa tiende a moverse en línea recta y sólo una fuerza dirigida hacia el centro es capaz de mantener objetos en una trayectoria circular. En el caso de los planetas, éstos giran alrededor del sol gracias a la gravedad. Si la gravedad desapareciera, cada planeta seguiría en línea recta, cada uno por su lado. Es lo que ha pasado en nuestra política nacional. Para verificar esto, basta observar los cambios en las fuerzas políticas, que se alejan a toda velocidad del anterior centro político.

 

Después del movimiento estudiantil, nace el Frente Amplio, que trata de neoliberal a la izquierda concertacionista. Aparecen después los liberales clásicos/libertarios liderados por Axel Kaiser, quien hoy es considerado por algunos de su bando como un conservador encubierto. Por último, vemos cómo José Antonio Kast abandona la UDI para formar un movimiento conservador, y aparecen grupos nacionalistas como el SocialPatriota, aparentemente de la nada. Al parecer, cada uno de estos grupos considera que “los otros” son inmorales, y que sus “padres políticos” (la Concertación y la Alianza) son unos vendidos. A menos que se restablezca la fuerza que aglomeraba las fuerzas políticas durante la Concertación, gobernar el país mediante grandes acuerdos será cada vez más difícil.

 

¿Cuál era esta fuerza? Una alternativa es que el miedo que Pinochet retomara el poder impedía que la Concertación implementara medidas más radicales. El boinazo del 93 sería el ejemplo más patente de esta “restricción fáctica” a liderar políticas de izquierda más radicales.

 

Otro candidato es la institucionalidad: el sistema binominal, los senadores designados y otros. En el caso del sistema electoral, mientras el proporcional D´Hondt (el actual sistema de elección de diputados y senadores) permite que fuerzas diversas alcancen el poder sin formar coaliciones, y en un sistema uninominal (el que más votos saca, gana) la Concertación hubiera dominado el congreso sin contrapesos (por lo menos al principio de los 90s), el binominal obligó a las fuerzas políticas a negociar en grandes coaliciones. Mecanismos similares se dan en las demás institucionalidades contra mayoritarias. Al acabarse éstas, se terminó la necesidad de negociar.

 

Una última alternativa es que la diferencia programática, entre izquierda y derecha, era lo que mantenía la estabilidad democrática. Cuando en la campaña y gobierno de Piñera 1.0 se intenta ganar votos de centro, la diferencia entre izquierda y derecha se diluye, impidiendo que el votante mediano diferencie entre fuerzas políticas contrarias. Como resultado, la población se sintió gobernada por una “oligarquía política”, en que la democracia no era más que una máscara: ¡todos los partidos tenían el mismo programa! Dentro de la Concertación, los auto-flagelantes les habrían achacado falta de coraje a los auto-complacientes una vez perdida la elección, ya que la derecha de Piñera llevó a cabo proyectos que ellos mismos rechazaban (ej: post natal de 6 meses), pasando a dominar el plano moral dentro de la coalición.

 

La experiencia de la polarización hizo que se acercaran las fuerzas políticas, en parte diluyendo las diferencias entre ambas fuerzas. En cambio, la nueva generación sólo ha vivido la unipolaridad.

 

Lamentablemente, existe un problema con estas teorías: la polarización es internacional. En Estados Unidos surge Bernie Sanders, abiertamente socialista en vez de demócrata, y Donald Trump gana las elecciones, con un programa más nacionalista que republicano. En España nace Podemos, como alternativa de izquierda radical, y Ciudadanos, autodefinido como progresista liberal, alejándose de los clásicos Partido Socialista Obrero Español y Partido Popular. Algo similar pasa en Italia, Alemania y Francia y otros países europeos, con partidos nacionalistas en auge. En Brasil y Colombia se da un efecto polarizante similar.

 

Por supuesto, nadie razonable cree que la polarización en el resto del mundo se debe a lo que pasa en Chile, y es poco realista creer que estos cambios políticos suceden de forma independiente en todo el mundo al mismo tiempo. Es más prudente asumir que Chile pasa por una situación parecida a la de los otros países. Es importante identificar esa causa para evitar una polarización desmedida.

 

Una teoría posible es que las élites políticas de todos los países mencionados se están jubilando. La vieja generación vivió la guerra fría, el colapso de la unión soviética y un mundo unipolar liderado por Estados Unidos. La experiencia de la polarización hizo que se acercaran las fuerzas políticas, en parte diluyendo las diferencias entre izquierda y derecha. En cambio, la nueva generación sólo ha vivido la unipolaridad, crisis financiera inclusive. Bajo este paradigma la polarización política se explica por la mezcla de la jubilación de los líderes históricos de la Guerra Fría, la caída en la confianza en las instituciones a nivel mundial debido a la crisis financiera, y la aparición de una generación política dispuesta a buscar alternativas a la hegemonía liberal de Estados Unidos. Es decir, la fuerza aglutinadora de los 90s era la vivencia en carne propia de los horrores generados por la polarización.

 

Bajo este escenario será muy difícil avanzar mediante grandes acuerdos. En cambio, el Presidente Piñera tiene la oportunidad de impulsar una fuerza aglutinadora de largo plazo y evitar la polarización extrema. La solución no es impedir la innovación política mediante sistemas electorales como el binominal; eso sólo logrará acumular presión hasta que el sistema reviente. Es preferible, en cambio, entregarle responsabilidades acotadas a la nueva generación, midiendo su desempeño. Esto permitiría entrenar a los nuevos líderes, potenciar la innovación pública y moderar las preferencias políticas mediante una generosa dosis de realidad.

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO_.

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