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Publicado el 22 de octubre, 2019

Gonzalo Larios: Juan Pablo II y el final de la Guerra Fría

Historiador, académico Universidad San Sebastián Gonzalo Larios

En 1962, al finalizar la tensa crisis de los misiles, hubo quienes pensaron que John Kennedy, Nikita Jruschov y Juan XXIII serían los protagonistas del final de la Guerra Fría. Se equivocaron, y hubo que esperar más de un cuarto de siglo para ser testigos del sorpresivo desplome del Muro de Berlín en noviembre de 1989. Los protagonistas fueron otros, no obstante ocupaban las mismas responsabilidades de los anteriores: esta vez se trataba de Ronald Reagan, Mijail Gorbachov y Juan Pablo II.

Gonzalo Larios Historiador, académico Universidad San Sebastián
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La elección de un Papa polaco en plena Guerra Fría, en 1978, fue muy significativa, no sólo porque era el primer pontífice no italiano desde el siglo XVI, sino porque provenía de la llamada “Iglesia del Silencio”, aquella que debió sobrevivir a la persecución, la represión y los intentos de control que llevaron a cabo los regímenes comunistas en Europa Central y del Este, tras la II Guerra Mundial.

Karol Wojtyla, luego Juan Pablo II, conocía desde dentro tanto el horror como la debilidad intrínseca de los regímenes totalitarios. Había sido testigo de la doble invasión a su patria polaca, en 1939: desde el Oeste por el nazismo de Hitler, y desde el Este por el comunismo de Stalin, después que ambos dictadores firmaron el pacto nazi-comunista. Wojtyla consideraba que el “orden de Yalta”, que permitió que los territorios ocupados por el Ejército Rojo soviético se convirtieran en satélites de Moscú, se había ejecutado sin el consentimiento de aquellos pueblos. Si el comunismo dominaba en Alemania del Este, Polonia, Hungría, Checoslovaquia y demás países de Europa Oriental, Wojtyla pensaba era sólo por el peso de las armas. La ideología marxista-leninista, para él, no contaba con el respaldo de la población, sino que se sostenía por la fuerza.

Esta experiencia de Juan Pablo II implicó que la Santa Sede variara su relación con los países del bloque comunista europeo. Previamente, Pablo VI había implementado la llamada Ostpolitik, política de distensión en sus relaciones con los países de la órbita soviética, dando como hecho establecido el “orden de Yalta”. Así, el Papa afirmaba en 1974: “El sistema en el que viven [en el Este] está estabilizado. No hay perspectivas de que algo cambie… La Iglesia emprende sus iniciativas bajo esta perspectiva a largo plazo”. La Ostpolitik tuvo algunos críticos en la misma Iglesia. El mismo año el Cardenal Primado de Polonia, Stefan Wyszynski, afirmaba: “Un régimen basado en la fuerza es mínimamente estable. Entonces, ¿por cuál motivo la Santa Sede quiere consolidar aquello que es polvo y que antes o después se derrumbará por su propia naturaleza íntima, por su fragilidad interna”. Wojtyla, Cardenal Arzobispo de Cracovia, coincidía en este aspecto con su compatriota, y desde que asumió el Pontificado desarrolló una nueva actitud hacia la Iglesia del Silencio desde la Santa Sede.

El nuevo Papa polaco requirió de un hábil diplomático y conocedor de la Curia, Mons. Agostino Casaroli, quien asumió como Secretario de Estado. Se comentaba que “los comunistas tenían una paciencia infinita, pero que la paciencia de Casaroli era eterna”. El nombramiento del prelado italiano había generado sorpresa, ya que había sido el principal artífice de la Ostpolitik bajo Pablo VI. Luego Juan Pablo II le encargó al mismo Casaroli la tarea de desmantelar la política que el prelado había colaborado a construir. La nueva política buscó evitar cierto colaboracionismo de sectores de la  Iglesia Católica con las autoridades comunistas en los países del bloque soviético, alentando una mayor espiritualidad y una resistencia creciente a la ideología materialista y atea del marxismo.

Monseñor Casaroli -para precisar la labor del Secretario de Estado-, señaló en una ocasión que era como la de un reloj de sol: requería siempre del sol para cumplir su función, y el sol no era el Secretario de Estado, sino el Papa.

A Juan Pablo II, en uno de sus primeras salidas fuera de Roma, un feligrés le solicitó en voz alta: ¡No se olvide de la Iglesia del Silencio! El Papa polaco le habría respondido: «¡Ya no está en silencio, mi palabra habla por ella!». Así fue, mientras un sindicato católico autodenominado “Solidaridad”, desde 1980, crecía en Polonia pese a la represión, dando pie en actitud pacífica a una luz de esperanza y disidencia dentro del hasta entonces impenetrable bloque comunista.

El orden de Yalta, tampoco fue definitivo para Reagan, y en ello coincidió con Juan Pablo II. En 1987 el presidente norteamericano, desde la emblemática Puerta de Brandemburgo en Berlín, desafiaba a Gorbachov a que en nombre de la libertad abriera el muro que separaba en dos una misma ciudad, y era el símbolo del enfrentamiento de las dos superpotencias. Desde aquella noche mágica del 9 de noviembre de hace treinta años la libertad terminó desplegándose del modo más notable, el de la paz, en un sinnúmero de naciones que recuperaron súbitamente la democracia. El protagonismo de Juan Pablo II había sido a todas luces muy relevante, como lo reconoció años después el propio Gorbachov: “Para mí, Juan Pablo II desempeñó un papel enorme en el fin de la Guerra Fría”.

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