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Publicado el 09 de febrero, 2019

Gonzalo Jiménez: Las family offices chilenas y el 1% más rico

Doctor in Governance University of Liverpool, presidente de Proteus Management Gonzalo Jiménez

Quienes concentran la riqueza no son magnates ni rockstars, sino gente común y corriente, de trabajo, con dificultades, desafíos y satisfacciones muy parecidas a las de los demás chilenos. Al igual que todos nosotros, solo quiere lo mejor para su familia. Con sus “pymes” son capaces de generar trabajo, contribuyendo al desarrollo nacional y a sus comunidades, y, cuando les va bien, se diversifican, organizan e intentan proyectarse en el tiempo.

Gonzalo Jiménez Doctor in Governance University of Liverpool, presidente de Proteus Management
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La distribución de riqueza intertemporal es un tema de acalorada discusión ideológica en la mayor parte de los países avanzados del mundo, y es usada como explicación por muchos para explicar fenómenos como Trump, el Brexit, y los “chalecos amarillos” en Francia, así como el despliegue de movimientos globales anti-elite.

Economistas de la talla de Piketty han construido series de flujos de ingreso e intereses centenarias, e invocado a personajes legendarios salidos de las portentosas plumas de Jane Austen y de Honoré de Balzac, para demostrar e ilustrar con viñetas vitales, mucho más expresivas que los datos duros, que el retorno del capital se ha incrementado más rápidamente que el crecimiento económico, favoreciendo la concentración de la riqueza. Esto ha dado ocasión a que expresiones tales como “el 1% más rico” o “los poderosos de siempre” se conviertan no solo en parte del vocabulario de políticos y manifestantes, sino también de los propios empresarios y el ciudadano de a pie en Chile.

Mis colegas y amigos Michael Carney y Robert Nason, de la Universidad de Concordia en Canadá, decidieron investigar de quién se trataba ese 1% –el mismo que según el ex Presidente Obama representa 40% de la riqueza total del país-, aprovechando datos del Survey of Consumer Finance de EE.UU. Sus hallazgos resultaron sorprendentes: el 1% está compuesto por alrededor de 1,6 millones de hogares con patrimonios promedio en torno a los US$29 millones, cuya principal fuente de ingresos proviene de la propiedad y la activa gestión de empresas pequeñas y medianas (según clasificación de pymes de ese país), correspondientes a empresas familiares, que facturan el orden de US$13 millones anuales y emplean alrededor de 30 personas cada uno. Es así como 76% de los individuos que conforman el 1% de la riqueza posee y maneja empresas, y 87% tiene al menos un negocio.

El 1% más rico en Estados Unidos no está compuesto de CEOs sobre-pagados, ni de rentistas retirados, celebridades, rockstars, sofisticados financieros neoyorkinos ni de innovadores californianos, sino mayoritariamente de dueños de pymes.

Aún más interesante es notar que esta categoría de empresarios familiares que domina sin contrapesos el 1% es en promedio dueño de un portafolio de casi cinco empresas por familia. Típicamente, manejando directamente tres de ellas, y siendo inversionista pasivo en las otras dos. No se trata entonces de CEOs sobre-pagados, ni de rentistas retirados, celebridades, rockstars, sofisticados financieros neoyorkinos ni de innovadores californianos, sino mayoritariamente de dueños de pymes –que no califican de ninguna manera para aparecer en Forbes o en Fortuney que se ganan la vida trabajando tranquilamente en sus propios negocios familiares. Algo parecido ocurre en Alemania con la mítica “mittlestand” que agrupa a las empresas familiares de ese país convertidas en campeones mundiales en nichos técnicos de alta especialización.

Aunque podríamos discutir mucho más respecto a estos hallazgos y la composición de los activos de esas familias, estimo de gran interés asociar estos datos a un vehículo empresarial de relativamente reciente aparición en Chile, pero que ya empieza a captar espacios en prensa, y que personalmente absorbe gran parte de mi actividad profesional y académica: la family office. Esta, que absorbe los principales focos de acción y preocupación del “1% chileno”, tiende a malentenderse y a confundirse con el solo manejo de fondos familiares; siendo que su naturaleza, vocación empresarial e impacto institucional, va mucho más allá.

Las family offices chilenas se organizan para abarcar cinco actividades principales: el gobierno del holding de negocios, compuesto –típicamente y al igual que en EE.UU.- por tres o más empresas manejadas en forma independiente,  y que constituye al igual que en Norteamérica la principal fuente del patrimonio familiar; las inversiones financieras que representan normalmente el segundo componente de la riqueza; la prestación de servicios de “conserjería”, asesoría y educación empresarial a la familia; el desarrollo de nuevos emprendimientos como foco de formación y crecimiento profesional de las nuevas generaciones; y crecientemente las iniciativas filantrópicas impulsadas por los miembros de la familia, y estimuladas como parte de su realización personal y apego al grupo empresarial familiar.

Se extraña la existencia de un Estado que reconozca, fomente y potencie el profesionalismo y crecimiento de las empresas familiares a través de políticas públicas creativas, dinámicas y decididamente pro-emprendimiento.

Pero, ¿cuál es el propósito central de estas family offices? Primero es mantener la unidad familiar. La relación entre los integrantes y el dinero no es trivial ni inocente y, a menudo, se detonan desacuerdos sobre conceptos sensibles. La FO puede y debe ayudar a trasparentar decisiones y a reparar deudas históricas con un enfoque objetivo, aunque también humano.

El segundo es preservar la riqueza familiar y no –como erróneamente se piensa- maximizar la de los accionistas familiares. Ese es el objetivo de los negocios en que ésta participa. Asimismo, también es fundamentalmente preparar la sucesión familiar en todas sus dimensiones. ¿Quién se hará cargo de gobernar los negocios, la filantropía, las inversiones y cuidar las relaciones familiares, con su consiguiente carga emocional? Son preguntas que deben hacerse.

El último propósito, y menos explícito que los previos, es transferir capital humano y social a las siguientes generaciones. La FO agrega valor al preocuparse de la educación empresarial de los jóvenes de la familia, de fortalecerlos dándoles coaching y mentoring en sus emprendimientos empresariales o filantrópicos, es prácticamente una incubadora del talento familiar.

Vemos entonces que el 1% no son magnates ni rockstars, sino gente común y corriente, de trabajo, con dificultades, desafíos y satisfacciones muy parecidas a las de los demás chilenos, y que al igual que todos nosotros, solo quiere lo mejor para su familia. Y a su vez que con sus “pymes” crea fuentes laborales, contribuye al desarrollo nacional y a sus comunidades. Y que cuando le va bien, se diversifica, se organiza e intenta proyectarse en el tiempo.

Por esta misma razón, se extraña la existencia de un Estado que reconozca, fomente y potencie el profesionalismo y crecimiento de las empresas familiares a través de políticas públicas creativas, dinámicas y decididamente pro-emprendimiento.

 

 

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