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Publicado el 30 de agosto, 2015

Gonzalo Cordero: Anatomía de “nuestro” instante

La violencia y el doble estándar al interpretar la realidad, determinan un modo de relación que conduce a la frustración de unos y el envalentonamiento del matón de los otros.

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Anatomía de un instante, es el título del notable libro de Javier Cercas, en el que su autor explica la transición española a partir de la imagen captada en el Congreso de los Diputados, cuando ingresa el Teniente Coronel Tejeros disparando y todos se lanzan al suelo, excepto Adolfo Suárez, el General Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo.  Es sólo una imagen, un instante, pero tan lleno de simbolismos que, a través de él, Cercas lee a cada uno de los actores en la reconstrucción democrática.

El jueves pasado, en una sola jornada se desplegaron nuestros personajes,  representaron sus roles, se enfrentaron, distendieron, negociaron, pactaron y, al caer la noche, dieron por resuelta la contienda entre los muros de La Moneda. Mucho habría que decir e interpretar del papel de cada uno, empezando por las autoridades cuyo actuar vacilante e híper reactivo convirtió lo que debió haber sido apenas una protesta más, en un hito de esta administración.  Alguien en Palacio se sintió transportado hasta octubre de 1972, hizo redactar una orden que impedía el ingreso de camiones a Santiago y transformó un problema de apenas 13 vehículos de carga en uno de 300.  Nunca mejor comprobada la frase de Marx: la historia se repite, primero ocurre como tragedia y después como comedia.

Pero, como en la obra de Cercas, ese día también tuvo una imagen, un instante, que podría explicar no sólo nuestra transición, sino la historia política de Chile de las últimas cuatro décadas: Jorge Andrés Luchsinger es insultado por un grupo, entre ellos hay un hombre que a su espalda lo increpa y agrede, inexplicablemente su expresión muestra el rictus colérico del odio; Luchsinger trata de mantener la calma, su rostro denota confusión, de toda la gente que está ahí en ese momento él es probablemente el único que puede reivindicar la condición de víctima de la violencia, lo único que tiene en sus manos es esa bandera que rescató la noche en que quemaron a sus padres. Su sola presencia es tratada por esa turba como una agresión, la bandera que porta es una provocación, le llueven escupitajos, patadas, una pedrada le hace un corte en el rostro. La prensa, incluso la que está transmitiendo en directo, describe el hecho como “incidentes” entre manifestantes.

Pero, entre este nuestro instante y el de la transición española hay una diferencia radical: el del Congreso español explica la razón que hizo viable la democracia peninsular, mientras que el nuestro transmite exactamente lo contrario; vale decir, las razones por las que nuevamente estamos dando forma a un sistema político incapaz de resolver los conflictos mediante las instituciones democráticas.

Con su presencia frente al palacio de gobierno Jorge Andrés Luchsinger trasgredió tres normas tácitas de nuestra sociedad, plenamente vigentes, que rigen e imperan con más fuerza que cualquiera de las leyes que el Congreso aprueba a diario.

Primero, la condición de víctima pertenece de manera exclusiva, perpetua e inalienable a la izquierda y todo aquel que pretenda esa condición, sin importar la justicia que le asista, será tratado como impostor, denunciado, golpeado e intimidado.  Ni la familia Luchsinger MacKay, ni la del parcelero Héctor Gallardo Aillapán, ni la de los carabineros asesinados en la Araucanía, han sido tratados como víctimas, como tampoco lo han sido nunca los familiares de Jaime Guzmán. Sus asesinos reciben un trato laxo, casi complaciente por parte de las autoridades, la prensa y nuestra opinión pública en general.  Baste comparar la distinta reacción social frente al crimen de los padres de Jorge Andrés Luchsinger y el de Rodrigo Rojas Denegri.

Segundo, el espacio público ni es público, ni es un ámbito común a los ciudadanos.  Es de uso único y excluyente de la izquierda. Por la alameda pueden marchar estudiantes, la CUT y encapuchados, que destruyen cuanto está a su paso e impiden toda actividad normal en el centro de Santiago, sin que jamás hayamos visto a las autoridades reivindicando el imperio de la ley y resguardando la libre circulación de los ciudadanos comunes y corrientes, como vimos el jueves.  Claro, porque cuando se trata de marchas de encapuchados con el puño en alto, los gobernantes no hacen más que abrirles las anchas alamedas y parecen decirles: a su casa no más llegan.

Tercero, la bandera, símbolo de los valores comunes no pertenece a todos los chilenos si se trata del espacio de la expresión política. Sólo los que luchan por el pueblo pueden llevarla en una marcha o en cualquier acto de connotación ideológica. Intente usted, estimado lector, salir a la calle ondeando nuestra bandera en defensa de la libertad individual, para repudiar el régimen de Cuba, de Corea del Norte o de Venezuela.  En realidad, mejor ni lo intente.

Los propios medios de comunicación, sin cuestionárselo siquiera, informaban de estos hechos bajo la lógica instalada.  El jueves, en el tono de muchas noticias, estaba implícita una crítica a Jorge Andrés Luchsinger: ¿qué está haciendo aquí, por qué se mete en esto, es camionero acaso?  Como si alguna vez se hubiera cuestionado la participación del arcoíris de organizaciones controladas por el partido comunista, en cuanta marcha se organiza por las calles de Santiago.

El odio, la violencia y el doble estándar al interpretar la realidad, determinan un modo de relación que conduce a la frustración de unos y el envalentonamiento del matón por parte de los otros.  Las instituciones pierden credibilidad, se deteriora el apego a la democracia como mecanismo pacífico de zanjar las diferencias y las personas comienzan a verse como enemigos irreconciliables.  Llega un momento en que unos ya no están dispuestos a dejarse golpear por los otros y ahí es el momento en que se va todo al carajo.  Perdón, pero no hay otra forma de decirlo.

Dice Cercas, que el comunista Santiago Carrillo se comportó “como si hubiera leído a Max Weber y sintiese como él que no hay nada más abyecto que practicar una ética que sólo busca tener razón y que, en vez de dedicarse a construir un futuro justo y libre, obliga a ocuparse en discutir los errores de un pasado injusto y esclavo con el fin de sacar ventajas morales y materiales de la confesión de culpa ajena”.  Esta es la descripción de ese instante en una sociedad que superó su pasado y hoy es una democracia estable y desarrollada.

El jueves, en cambio, sólo observé como comedia lo que hace 42 años, y siendo niño, viví como tragedia.

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