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Publicado el 07 de marzo, 2019

Germán Concha: ¿Quién quiere ser millonario?

Abogado Germán Concha

Es curiosa la distinta valoración que se hace respecto de la riqueza que es consecuencia de la suerte o del éxito en actividades deportivas, artísticas o vinculadas a los medios de comunicación, de la que se le otorga a la que es producto de los buenos resultados en las actividades consideradas tradicionalmente como empresariales.

Germán Concha Abogado
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El título de esta columna, que recuerda el de un programa de televisión que fue muy famoso en distintos países (incluido Chile), pretende llamar la atención respecto de una cierta visión de la riqueza y el éxito económico que parece extenderse en la actualidad y que resulta, por decir lo menos, inquietante.

Efectivamente, no deja de resultar curiosa la distinta valoración que parece existir en la actualidad respecto de la riqueza que es consecuencia de la suerte o del éxito en actividades deportivas, artísticas o vinculadas, en general, a los medios de comunicación, de la que se le otorga a la que es producto de los buenos resultados en las actividades consideradas tradicionalmente como empresarialesMientras la primera no genera mayor cuestionamiento público, ni impide a quienes la poseen ser considerados ampliamente como modelos a imitar y personas dignas de respaldo y defensa, la segunda parece asociarse necesariamente (sobre todo si se atiende a lo que afirman algunos líderes de opinión) a actividades sospechosas, y aun virtualmente ilícitas, y a situar a quienes la detentan en la poco confortable posición de acusados (sin que se sepa exactamente de qué).

Ya no nos parece raro, entonces, que cualquier denuncia de irregularidad que involucre a quienes desarrollan actividades empresariales sea leída, virtualmente desde un primer momento, como una condena definitiva e irrefutable (sin que se levanten voces que recuerden, tal como sí ocurre en otros casos, la importancia de respetar la presunción de inocencia y el derecho a defenderse), ni que las condenas que se puedan imponer a algunos, sean generalizadas y entendidas como demostrativas del comportamiento de todos (sin que ello se denuncie como un acto de discriminación).

Hay quienes atribuyen este sesgo a un sentimiento tan humano (y, por ende, en principio inevitable) como la envidia, y lo grafican con una famosa frase de Wilde, diciendo que la existencia de dicho sesgo no es de extrañar, puesto que “para ser popular hay que ser mediocre”. Otros afirman que ante esta realidad sólo queda reconocer que Marx ganó la partida y finalmente logró (por cierto, con la ayuda de algunos intelectuales y líderes espirituales) convencernos a todos de que el éxito y la riqueza de unos se debe necesariamente al fracaso y la pobreza de los demás.

El problema que enfrentamos hoy día, más allá de la discusión acerca de las causas del fenómeno, parece tener que ver más bien con sus consecuencias en el mediano y largo plazo. En efecto, si nos convencemos (y enseñamos a las nuevas generaciones) que no tiene sentido buscar el éxito económico a partir del esfuerzo y la responsabilidad individual (del trabajo duro, como se nos enseñó en el pasado), y, aún más, que hacerlo es algo malo, entonces tendremos que empezar a preguntarnos cómo se generarán los bienes y servicios que se requerirán en el futuro (y quiénes lo harán posible), y cómo se evitará que muchos simplemente se sienten a esperar “un golpe de suerte” que solucione sus problemas.  

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