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Publicado el 29 de julio, 2019

Germán Concha: Había una vez un país pequeño

Abogado Germán Concha

Salieron a la calle a marchar para pedir un Estado más grande y que interviniera más. Estuvieron de acuerdo con reemplazar el mérito y la decisión personal por el sorteo. Apoyaron que se aumentaran los tributos, las regulaciones y la burocracia. Las consecuencias no se hicieron esperar.

Germán Concha Abogado
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Había una vez un país pequeño. Estaba ubicado lejos de los centros más importantes y de mayor actividad, y se decía que antes de ser independiente había sido la colonia más pobre de esa región. Los niños de ese país aprendían que una vez en el pasado había existido la posibilidad de dejar atrás la pobreza y convertirse en un país grande, pero no se había aprovechado.

Durante décadas el coro de los igualitarios había tenido mucha influencia en las decisiones que adoptaba el país pequeño. Tanto, que había convencido a sus habitantes que debían tener un Estado grande que interviniera en todas las actividades. De hecho, el coro había logrado que una oficina muy importante, con respaldo internacional, se instalara en el país pequeño y diseñara políticas para toda la región.

Pese a todo, la situación del país pequeño no mejoraba. Ante el fracaso de las políticas diseñadas por la oficina, el coro de los igualitarios decía que la culpa era de los países grandes que boicoteaban los esfuerzos del país pequeño y no lo dejaban surgir.

Entonces se produjo una crisis institucional muy grave en el país pequeño. Para superarla, se adoptaron medidas muy distintas a las que se habían aplicado en las últimas décadas. Se redujo fuertemente la intervención del Estado y la burocracia, se bajaron los tributos, se privatizaron empresas estatales y se abrió espacio a la iniciativa privada. Los habitantes del país pequeño empezaron a pensar que su futuro dependía de su esfuerzo personal y que era posible ser un país grande.

El coro de los igualitarios dijo que esas medidas llevarían al fracaso, y anunció una catástrofe inminente. Sin embargo, los resultados fueron distintos. El país pequeño comenzó a crecer y lo hizo a un ritmo muy superior al de la región. Los expertos dijeron que había que imitar al país pequeño porque, ahora sí, estaba en condiciones de dejar atrás la pobreza y convertirse en un país grande.

El coro de los igualitarios cambió de discurso. Ahora dijo que aunque las cifras parecieran buenas, la verdad era que la gente estaba descontenta. Dijo que en el país había mucho abuso y que para corregirlo se necesitaba más intervención estatal. Los habitantes del país pequeño volvieron a hacerle caso. Salieron a la calle a marchar para pedir un Estado más grande y que interviniera más. Estuvieron de acuerdo con reemplazar el mérito y la decisión personal por el sorteo. Apoyaron que se aumentaran los tributos, las regulaciones y la burocracia. Consideraron lógico que fuera necesario pedir varios permisos antes de iniciar cualquier actividad y que se legislara para prohibir trabajar más. Se convencieron de que ciertos bienes y servicios debían ser gratuitos para todos.

Las consecuencias no se hicieron esperar. El crecimiento se redujo y varios proyectos de inversión se paralizaron o se desecharon. En poco tiempo, el país pequeño dejó de ser ejemplo.

Los expertos dijeron que el país pequeño estaba equivocando el rumbo y corría, nuevamente, el riesgo de dejar pasar la oportunidad de ser grande. Corría el riesgo de volver a ser pobre.

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