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Publicado el 19 de diciembre, 2018

Gerardo Varela: Migración sí, invasión no

El Pacto de Inmigración o es un documento jurídico o es un documento político. Si es jurídico, estuvo bien no firmarlo porque los actos jurídicos no vinculantes tienden en el tiempo a transformarse en vinculantes; si no, pregúntele a cualquier experto en derecho del trabajo, que le dirá que si usted durante años ha recibido regalos de Pascua de su empresa, ahora tiene derecho a exigirlo. Por el contrario, si es un documento político, no agrega nada a lo que ya tenemos desde el Código Civil de 1855, que dice que Chile no discrimina entre chilenos y extranjeros.

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Cuando Colón llegó a América traía buenas y malas noticias. Entre las buenas venían los números árabes, el derecho romano y la rueda; entre las malas, la sífilis, la viruela y las armas de fuego. Se encontró en el Nuevo Mundo también con cosas buenas como el maíz, la papa y mucho oro, pero con malas como el canibalismo y los sacrificios humanos.

El secreto de una buena política de inmigración es que llegue gente que nos traiga la rueda, pero no las armas. Esa política, en el caso de Chile, debe parecerse más a la de Pérez Rosales que a la del gobierno de Bachelet. Por eso hay que ser cuidadosos en meternos en acuerdos internacionales, porque son buena onda y nos dejan bien frente a la burocracia internacional que no paga ningún costo por estar equivocada. Los pactos se firman porque convienen a los intereses de nuestro país, pero en el Migratorio no está claro si somos Colón o Moctezuma.

Se dice que debemos respetar la libertad de expresión, pero no respetar la libertad de los que se expresan, por ejemplo, “estigmatizando” a los inmigrantes (lo que sea que eso signifique).

Es un pacto omnicomprensivo y con no pocos oxímorones, como el realismo sin renuncia de Madame Bachelet, que buscan dejar tranquilos a moros y cristianos, pero que en realidad no dejan tranquilo a nadie, porque no ponen término a los problemas, sino que son el origen de nuevos. Así, se dice que debemos respetar la libertad de expresión, pero no respetar la libertad de los que se expresan, por ejemplo, “estigmatizando” a los inmigrantes (lo que sea que eso signifique), un perfecto oxímoron. Me recuerda esa famosa frase de Henry Ford, cuando decía que los clientes podían elegir el color del auto que quisieran siempre que fuera negro. Acá también usted es libre de expresar la opinión que quiera, siempre que coincida con la de los diplomáticos que redactan estos acuerdos, llenos de significados subyacentes que dificultan su hermenéutica y permiten varias lecturas, las más de las veces contradictorias entre sí.

La garantía de la libertad de circulación está en la carta de la ONU para condenar a los países comunistas que encarcelaban a sus ciudadanos dentro de las fronteras o ciudades. Los alemanes orientales no dejaban reunificar a las familias; prohibían salir a turistear y sólo dejaban emigrar a sus viejos para que los alemanes capitalistas se hicieran cargo de las jubilaciones. En Bulgaria, por ejemplo, ninguna bomba de bencina vendía suficiente combustible para que el auto llegara a la frontera. El derecho a circular y trasladarse es para salir legal y transitoriamente de un país, no para quedarse a vivir permanente e ilegalmente en otro.

La verdad es que los problemas de vulneración de derechos humanos migratorios no los tenemos en Chile, los tiene Venezuela, Cuba y Corea del Norte. Lo más parecido a la trata de personas que existe hoy por estos lares es la venta cubana de profesionales, como el programa llamado “Mais Médicos”, que llevó a 18 mil médicos cubanos a Brasil. Cuba no deja salir a los doctores con sus familias y el 70% de su remuneración la recibe el Estado Cubano. Esto está manejado por la Organización Panamericana de la Salud que depende de la OMS organismo de la ONU. Como lee… con razón la ONU lo hace no vinculante.

El Código Civil de 1855, que dice que Chile no discrimina entre chilenos y extranjeros, lo redactó paradojalmente un inmigrante venezolano al que Chile le debe mucho, y por eso debemos seguir dándole la bienvenida a los Andrés Bello de este mundo que quieran venir a nuestro país, a trabajar honestamente, contribuir a nuestro progreso y aceptar nuestra forma de vida.

Seamos serios. El Pacto de Inmigración o es un documento jurídico o es un documento político. Si es jurídico, estuvo bien no firmarlo porque los actos jurídicos no vinculantes tienden en el tiempo a transformarse en vinculantes; si no, pregúntele a cualquier experto en derecho del trabajo, que le dirá que si usted durante años ha recibido regalos de Pascua de su empresa, ahora tiene derecho a exigirlo. Por el contrario, si es un documento político, no agrega nada a lo que ya tenemos desde el Código Civil de 1855, que dice que Chile no discrimina entre chilenos y extranjeros. Ese Código lo redactó paradojalmente un inmigrante venezolano al que Chile le debe mucho, y por eso debemos seguir dándole la bienvenida a los Andrés Bello de este mundo que quieran venir a nuestro país, a trabajar honestamente, contribuir a nuestro progreso y aceptar nuestra forma de vida.

Por eso, no firmar este pacto significa no aceptar invasiones como en el gobierno de Bachelet, pero sí ordenar las migraciones, como intenta hacerlo este gobierno. Si usted no está de acuerdo, léase el mamotreto del pacto que tiene dos tipos de contenidos, uno que a Chile no le agrega nada, porque no discriminamos entre chilenos y extranjeros (salvo en impuestos en contra de los chilenos) y nuestros nacionales pueden circular y viajar sin restricciones; y otro que a Chile sólo le quita soberanía para ordenar la forma de dar la bienvenida a Colón, sin que terminemos como Moctezuma.

FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO

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