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Publicado el 27 septiembre, 2020

Gerardo Varela: El ecosistema del progreso: Humboldt y Pericles

Director de la Fundación para el Progreso (FPP) Gerardo Varela

La democracia supone ciudadanos libres deliberando y no funcionarios asalariados regulando; mercados libres intercambiando y no monopolios estatales planificando.

Gerardo Varela Director de la Fundación para el Progreso (FPP)
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Alexander von Humboldt fue un gran naturalista alemán. A finales del siglo XVIII y principios del XIX recorrió gran parte del mundo, midiendo la tierra, los climas y clasificando especies. Sus viajes y su modo de pensar cambiaron radicalmente nuestra forma de entender la naturaleza. Aristóteles y la Biblia concibieron a la naturaleza como al servicio del hombre, quién tenía el derecho divino a explotarla y servirse de ella. Humboldt, con sus viajes y observaciones, desechó lo anterior. Fue el primer genuino ecologista que nos enseñó que en la naturaleza todo está conectado y en equilibrio. Sus viajes por Venezuela le mostraron el radical cambio climático que la obra del hombre podía ocasionar.

La organización política de un país y el funcionamiento de sus mercados es igual a la naturaleza, todo está conectado y en equilibrio. Los mercados en que personas libres, orientadas por el lenguaje de los precios, intercambian voluntariamente bienes y servicios, son los mejores asignadores de recursos y permiten que esas sociedades progresen a través de la interacción de quienes buscan su propio beneficio y el de sus familias. En esos mercados libres solo las personas que sirven a los demás tienen éxito, porque con sus productos y servicios satisfacen las necesidades del resto. Es una generosidad espontánea y no intencionada, pero que beneficia a todos.

En un ecosistema de este tipo, el alza de impuestos impacta en la inversión, que deviene menos rentable; la baja de inversión aumenta la cesantía y ello genera más necesidades de ayuda estatal, que para financiarse debe endeudarse, emitir dinero o subir impuestos. Es la historia de Argentina o de Venezuela, donde el estado y los políticos ahogan a los privados con impuestos y regulaciones, y después los culpan de la falta de prosperidad. Por eso que la economía es una ciencia que estudia este ecosistema para buscar distorsionar lo menos posible su funcionamiento y generar incentivos correctos para que prospere y se desarrolle.

El primero de estos ecosistemas de libertad y prosperidad se creó en Atenas y se conoció como Democracia. Pericles la describe bien en su famoso discurso “La Oración Fúnebre” cuando señala: “Amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos. La riqueza representa la oportunidad de realizar algo y no un motivo para hablar con soberbia, y en cuanto a la pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla sino el no esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellos mismos ocuparse simultáneamente de sus asuntos privados y de los públicos… Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública…”

Así, al amparo de agricultores independientes, dueños de sus tierras en la región griega del Ática, nació la cultura occidental. La democracia ateniense formó un ecosistema virtuoso sobre la base de propietarios libres que intercambiaban en un mercado y después deliberaban y decidían su destino en una plaza que le denominaron Ágora. Por eso la democracia supone ciudadanos libres deliberando y no funcionarios asalariados regulando; mercados libres intercambiando y no monopolios estatales planificando. Ese ecosistema es la base de las naciones libres y prósperas que conocemos hoy y fue destruida en la guerra del Peloponeso por otro ecosistema, el de la oligarquía militarista e igualitaria espartana, que es la base de las naciones pobres que todavía abundan en este mundo y cuyo progreso depende de la conquista y expoliación, no del comercio y la inversión.

Esto, por sabido, se calla y por callado, se olvida; la propiedad privada es la condición necesaria de la libertad. No existe libertad sin propiedad y ambas son las condiciones necesarias que hacen posible la democracia. Solo los hombres libres pueden formar una democracia; no existe tal cosa como una democracia de esclavos o de funcionarios. Esto era válido en la Grecia de Pericles y en el Chile de hoy.

Libres y prósperos

El ecosistema ateniense de la libertad demuestra una y otra vez sus magníficos resultados. El prestigioso Fraser Institute de Canadá acaba de publicar su ranking de libertad económica, donde resulta impresionante la correlación entre libertad y riqueza. Los países más libres del mundo son también los más ricos y viceversa; los menos libres son los más pobres. El Fraser Institute mide 42 índices respecto de 5 áreas principales: tamaño del Estado, sistema legal y protección de la propiedad, sanidad fiscal, libertad comercial y regulación. Chile, lamentablemente, sigue bajando en ese ranking. Desde 1990, 20 reformas tributarias, 23 reformas constitucionales, el activismo judicial, una insurrección armada y ahora una incertidumbre jurídica descomunal con una discusión constitucional de hoja en blanco, no le hacen ningún favor a nuestro país. Pero, los beneficios de las economías libres no son solamente monetarios; la expectativa de vida en los países más libres es en promedio 15 años mayor que en los países menos libres y ni que decir de otros índices como la equidad de género, la mortalidad infantil o la movilidad social, que brillan por su ausencia en los países menos libres y más pobres.

El ecosistema de la libertad que consagra nuestra Constitución es el que más prosperidad, libertad y dignidad le ha dado al ser humano en su historia. El crecimiento de la riqueza en Chile ha permitido, que el 80% de los chilenos de hoy tenga el nivel de vida del 10% más rico del año 90. Por eso se equivocó la ex presidente Bachelet cuando señaló que el crecimiento no es bueno si no va acompañado de mejoramiento de la calidad de vida, porque la causalidad es exactamente inversa: no habrá mejora de calidad de vida sin crecimiento. También se equivoca Lavín si considera que debemos aceptar ser más pobres y más felices. La vida misma nos enseña que la prosperidad no hace la felicidad, pero sí ayuda mucho.

La intervención del Estado sobre los mercados generalmente distorsiona su funcionamiento. Con buenas intenciones, buscando corregir un error o resolver un problema, altera ese orden espontáneo y muchas veces empeora los problemas que busca corregir.

Por eso, en búsqueda de una supuesta justicia social y de corregir las “distorsiones” de su economía libre, y de su democracia, la misma Venezuela de Humboldt, rica en petróleo, primero hizo una Asamblea Constituyente y después fue arruinada por un socialismo del siglo XXI (cuyos resultados han sido bastante parecidos a los del siglo XX). Estos “socialistas”, ignorando la fragilidad de los equilibrios económicos, atentaron contra los derechos de propiedad; fijaron los precios; aplicaron impuestos expropiatorios; exiliaron a los emprendedores y destruyeron la convivencia social. Hoy la Venezuela del siglo XXI va en camino a tener el nivel de vida de la del siglo XIX que observó Humboldt.

Hoy, los que nos gusta la historia vemos que la retroexcavadora del socialismo del siglo XXI, demoliendo nuestra Constitución, habrá consumado su obra: un crimen ecológico monumental. Nuestro modelo de desarrollo, a imagen del ateniense, supone un Estado limitado y financieramente responsable, una democracia representativa y una economía privada pujante construida a base de ciudadanos libres intercambiando voluntariamente. Eso incomoda a los políticos porque limita su poder. El poder siempre aspira a expandirse y por eso la ambición de la clase política es hacer crecer el Estado y apropiarse de él, porque así maximiza su poder y riqueza.

Aumentar el poder del Estado

El leitmotiv del proyecto del supuesto progresismo es incrementar el poder del Estado en contra de las personas y la sociedad civil. En educación, en impuestos, en protección al consumidor, en libre competencia, en salud y en previsión. So pretexto de protegernos del abuso, en realidad buscan quitarnos nuestra libertad de elegir la vida que queremos para nosotros y nuestras familias. El famoso estallido social proviene de una frustración no con un sistema “neoliberal”, sino con la destrucción del modelo chileno, que a punta de deformarlo dejó de crear riqueza los últimos 10 años. Los mismos que quemaron un sistema hoy se quejan por el olor a humo y quieren prenderle fuego de nuevo.

El fanatismo del socialismo del siglo XXI hoy quiere consumar su obra de destrucción silenciosa pero implacable de nuestro sistema de libertades y lo hará, si se lo permitimos, modificando nuestra constitución desde una hoja en blanco. El Frente Amplio, y para qué decir el Partido Comunista -unos de buena fe y otros de mala; uno por ignorancia y otros por ambición; unos por ingenuidad y otros por perversión- buscan crear un ecosistema ahora a nivel constitucional que favorecerá el despotismo y la corrupción, el monopolio de la participación política de los profesionales versus los ciudadanos, la prevalencia del poder de los políticos y la política sobre la del ciudadano y la sociedad civil. Es lo que hizo Perón con la constitución de Argentina o Chávez con la de Venezuela, países otrora ricos y hoy empobrecidos por su clase política.

Por eso, “despacito” -como dice la canción- debemos trabajar para impedir que ello ocurra votando “Rechazo”; sin temor ni vacilación, sin dejarse extorsionar por la violencia; sin engañarse por la ingenuidad; ni entusiasmarse por un idealismo irreal; debemos conservar uno de los últimos bastiones de nuestras libertades y de la responsabilidad, como es la Constitución que aprobamos el año 2005 y desde ahí empezar a trabajar para persuadir y convencer a nuestros compatriotas de la necesidad y conveniencia de restablecer el ecosistema de libertades que Chile merece y que le permite crecer y prosperar.

Humboldt y Pericles tenían algo en común: entendían que en la naturaleza y en la política, todo está en equilibrio, y que la ecología y la democracia son frágiles y hay que cuidarlas de su principal enemigo: la barbarie.

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