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Publicado el 15 septiembre, 2020

Gerardo Varela: ¿Cómo terminar con la violencia?

Director de la Fundación para el Progreso (FPP) Gerardo Varela

Lo que está mas claro que el agua es que ésta no se va a acabar porque nos hagamos los lesos, no veamos televisión, no visitemos Plaza Italia y nos encerremos en nuestras casas a esperar “que pase el temblor”.

Gerardo Varela Director de la Fundación para el Progreso (FPP)

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Es importante que estudiemos la historia, para que no la repitamos. La II Guerra Mundial (WWII) es una fuente inagotable de enseñanzas políticas y antropológicas. Entre otras cosas nos enseñó cómo se disuade a la violencia y que Churchill sintetizó bien diciendo “no se negocia con un tigre con la cabeza en su boca”.

Hoy existe consenso en cuanto a que la WWII tiene sus causas en 4 fenómenos distintos pero concatenados. La construcción de una narrativa falsa acerca del tratado de Versailles; el “colaboracionismo” de Stalin, el “apaciguamiento” (appeasement) de Inglaterra y Francia y el “aislacionismo” de Estados Unidos. Todos por distintas vías trataron de evitar la guerra con un dictador belicista como Adolf Hitler y todas las fórmulas fueron infructuosas para aplacar a un matón y evitar la violencia.

En Alemania los nazis instalaron la falsa narrativa que el tratado de Versailles era ilegítimo porque lo habían impuesto los Aliados a una Alemania que no había sido derrotada en el campo de batalla, sino que había sido traicionada por sus políticos y que era abusivo. Esto era falso: Alemania había pedido la paz y el tratado era mucho más benigno que el que los propios alemanes victoriosos le impusieron a Francia en 1870 o a Rusia en Brest-Litovsk en 1918. Esa narrativa permeó sin embargo a los Aliados, que permitieron la violación del tratado en vez de imponer por la fuerza sus términos. Tan falsa era la narrativa que ningún alemán se quejó después de la WWII, donde sí la subyugaron bombardeándola, derrotándola, dividiéndola, ocupándola militarmente e imponiéndole una constitución. Así y todo, Alemania, apostando por la democracia y una economía social de mercado, en 30 años superó a Inglaterra como el país más próspero de Europa.

A esa falsa narrativa se agregó que la Rusia comunista decidió que la mejor forma de lidiar con Alemania era colaborando con ella (Tratado de Rapallo) y así permitió que ésta se remilitarizara en territorio ruso; después la abasteció de las materias primas que necesitaba su economía y finalmente Stalin se alió con Hitler para atacar Polonia y los países bálticos. Hitler se demoró 18 meses en olvidarse de estas muestras de simpatía y atacó Rusia. El comunista Stalin olvidó la enseñanza de Lenin y le vendió a Hitler la soga para que lo ahorcara.

Por otra parte, Francia e Inglaterra, optaron por la diplomacia, el desarme y el apaciguamiento. Las democracias cedieron territorio; permitieron la remilitarización de Renania, no se rearmaron a tiempo y nunca fiscalizaron el rearme alemán. Después de la Paz de Munich, donde ambas traicionaron a Checoslovaquia, Churchill no lo pudo resumir mejor: “nos dieron a elegir entre la paz y el deshonor, elegimos el deshonor y tendremos la guerra”.

A los que van a votar “Apruebo” para descomprimir y poner término a la violencia, les digo que están equivocados; sólo será el inicio de un movimiento de violencia largo y peligroso que en un año de elecciones (8 distintas en 16 meses) sólo escalará e impedirá el trabajo reflexivo y dialogante que requiere la Convención Constituyente.

Finalmente, EE.UU. optó por el aislacionismo, el desarme y la negación. Pensando que los problemas de Europa le eran indiferentes, que detrás de dos océanos era inatacable, y que no valía la pena pelear por principios, prefirió desentenderse de Hitler y el nazismo. De hecho, el año 39 su ejército era del tamaño del de Portugal y si no es por la visión de Roosevelt y la eficiencia de Marshall (que entre otras cosas abandonó la insensatez económica del New Deal), habría permanecido igual.

La violencia no entendió el lenguaje de la paz, malinterpretó todo como debilidad (Hitler, después de Munich, comentaría de Chamberlain: “Vi el miedo en sus ojos”) y sólo se envalentonó en exigir siempre más. Hoy se sabe que la guerra y sus 65 millones de muertos (27 mil diarios) pudo evitarse si Stalin no hubiera colaborado y las democracias hubieran reaccionado antes, unidas, armadas y con fuerza.

En Chile hoy tenemos todos estos elementos dando vuelta. Fuerzas políticas (muy parecidas a los nazis) con un pie en la calle y otro en el Congreso, imponiendo una narrativa falsa de una constitución supuestamente ilegítima (plebiscitada 2 veces, modificada 23 y aprobada por el Congreso pleno en un gobierno socialista), de un país que no progresa y de una elite política y empresarial abusadora. Por otra parte, las reacciones frente a esta narrativa falsa acompañada de una violencia inusitada son las mismas que vimos antes de la WWII: algunos de empatía y colaboración, otros de sumisión, rendición y entrega, y otros de negación, ignorancia y aislamiento.

La narrativa es falsa y es mejor decirlo fuerte y claro que quedarse callado. Y si fuera verdadera no se va arreglar en una Asamblea Constituyente que va a reproducir la integración y debate del Congreso actual. No vamos a construir el hogar de todos ni una constitución que nos una y nos deje satisfechos a todos, porque todos buscan algo distinto en la constitución y cualquier persona inteligente sabe que los problemas y desafíos económicos y sociales no se resuelven escribiendo soluciones. Tampoco la violencia se va a aplacar, porque algunos políticos progre y buena onda empatizan, justifican y encuentran que hay una épica en un grupo de matones quemando el metro, apedreando carabineros y saqueando supermercados; menos se va a calmar si los políticos de izquierda colaboran con ellos, impidiendo la dictación de leyes más severas y acusando constitucionalmente a todo ministro que intente poner orden; finalmente, no se va a terminar si se abre la chequera de las líneas de sobregiro fiscal y seguimos cediendo a las presiones de más gasto público que sólo endeuda y compromete el futuro. Y lo que está mas claro que el agua es que tampoco va a terminar la violencia porque nos hagamos los lesos, no veamos televisión, no visitemos Plaza Italia y nos encerremos en nuestras casas a esperar “que pase el temblor”.

A los que van a votar “Apruebo” para descomprimir y poner término a la violencia, les digo que están equivocados, sólo será el inicio de un movimiento de violencia largo y peligroso que en un año de elecciones (8 distintas en 16 meses) sólo escalará e impedirá el trabajo reflexivo y dialogante que requiere la Convención Constituyente. En cambio, la violencia disminuirá (y no terminará tan fácil), si gana el “Rechazo”, apoyamos a las instituciones, no las privamos de las armas ni del financiamiento que requieren y éstas cumplen con su deber de perseguir a los violentistas y cuidar a las autoridades (los buenos andan de verde y los malos encapuchados por si no se han enterado en Contraloría y algunos fiscales, jueces de garantía). Los matones y violentistas sólo entienden un lenguaje: el de la disuasión por una fuerza abrumadora respaldada por un gobierno decidido a usarla. ¡Por eso nadie le hace bullying a Mike Tyson! ¡No es porque sea empático, dialogante y comprensivo! Sir Winston lo dijo bien: “No se alimentan cocodrilos en la esperanza que a uno se lo coman último”.

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