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Publicado el 21 mayo, 2021

Genaro Arriagada: La nueva Constitución y el mal gobierno

Cientista político, ex ministro de Estado Genaro Arriagada

El deterioro y el mal manejo del poder presidencial ha dado paso no a un “parlamentarismo de facto”, sino a lo que podríamos llamar “un parlamentarismo jurel tipo salmón”, que no es otra cosa que un gobierno de Asamblea, la más irresponsable entre las formas de sistema político y la menos eficaz para impedir el mal gobierno.

Genaro Arriagada Cientista político, ex ministro de Estado
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Como se ha dicho una y otra vez, el mal gobierno es más frecuente que el buen gobierno. En momentos en que discutimos una nueva Constitución, es razonable preguntarse qué recursos están disponibles, en distintos regímenes políticos, para enfrentar esta suerte de maldición.

El parlamentarismo es un sistema de unidad de poderes, donde Ejecutivo y Legislativo son, bajo muchos conceptos, uno solo. Es la mayoría del parlamento la que nombra al Ejecutivo, lo sostiene o lo deja caer. De haber un conflicto entre estos dos poderes, cada uno de ellos puede acudir a un recurso para dirimirlo. El Parlamento, censurar al Gobierno, derribarlo y reemplazarlo por uno nuevo. A su vez, si el Gobierno considera que el Parlamento está equivocado, puede disolverlo y llamar a nuevas elecciones.

Estas atribuciones han mostrado tener tres efectos virtuosos. Uno, permite cambiar, de un modo no traumático a un mal gobierno. Dos, tiende a disciplinar a la coalición de gobierno, pues el desorden se paga con la pérdida del Ejecutivo. Tres, permite castigar la irracionalidad parlamentaria con la revocación anticipada de sus mandatos.

El régimen semi presidencial es una variante del anterior pues aunque hay un presidente, elegido por voto popular, la administración del Estado le corresponde a un primer ministro que es nombrado y revocado al igual que en el sistema parlamentario y que también puede disolver el Congreso. En Chile no ha habido nunca ni parlamentarismo ni semi presidencialismo.

El sistema presidencial, en cambio, es uno de separación de poderes. El presidente dura un plazo fijo, ni un día más ni un día menos que el término para el que fue elegido. Lo mismo pasa con el Parlamento: nada ni nadie puede acortar su período. El sistema funciona bien cuando una misma fuerza elije al presidente y es mayoría en el Congreso. Pero cuando el presidente enfrenta a una mayoría del parlamento que le es adversa, entonces funciona mal. Como esta circunstancia se ha hecho habitual -especialmente si hay multitud de partidos-, algunos proponen avanzar hacia un hiper presidencialismo que transforma al Parlamento en un ente de segundo rango, lo que conduce a una suerte de dictadura presidencial y, normalmente, a una guerra de desgaste entre un presidente atrincherado en sus amplias prerrogativas y un Parlamento que, carente de poder, deviene en receptáculo de denuncias mal hechas, obstruccionista y que termina acudiendo a presionar desde “la calle”.

Uno de los mayores riesgos del presidencialismo es que no tiene válvula de escape. Aunque el gobierno lo haga muy mal, no hay modo de cambiarlo; ni tampoco la posibilidad de revocar el mandato de un Congreso cuya conducta es injusta o desaforada. Sólo queda aguantar a pie firme que se cumplan los plazos fijos del presidente y el Congreso, aunque el conflicto entre ellos haga que la economía se vaya a los perros, el estado de derecho se quiebre y el país se hunda en la polarización. En Chile ha habido presidencialismo en el período 1932-1973 y desde 1989, aunque con una tendencia hacia un presidencialismo de minoría. El hiper presidencialismo existió en Chile en la república pelucona (1831-1861) y llevado al extremo fue elemento esencial de la dictadura que quiso establecer el texto original de la Constitución del 80.

Finalmente, existe lo que se llama el gobierno de Asamblea, donde el presidente es una figura ceremonial y el Parlamento domina el poder político creando una rotativa ministerial, disponiendo a su arbitrio del gasto fiscal, quebrando las políticas públicas, lo que puede hacer ajeno a todo control y responsabilidad pues no puede ser ni censurado ni disuelto. Gobierno de asamblea existió en Chile entre 1891 y 1924. Si somos francos, es lo que se ha establecido en los últimos meses, donde el deterioro y el mal manejo del poder presidencial ha dado paso no a un “parlamentarismo de facto” sino a lo que podríamos llamar “un parlamentarismo jurel tipo salmón”, que no es otra cosa que un gobierno de Asamblea, la más irresponsable entre las formas de sistema político y la menos eficaz para impedir el mal gobierno.

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