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Publicado el 13 agosto, 2020

Genaro Arriagada: El Presidente y su ejercicio del poder

Cientista político, ex ministro de Estado Genaro Arriagada

Lo que el país necesita es un presidente que no sea el jefe administrativo, sino el conductor político de la nación. Un líder que no esté preocupado de lo accesorio sino de mirar al gran diseño.

Genaro Arriagada Cientista político, ex ministro de Estado

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La situación del país es preocupante. En la pandemia, Chile presenta malos indicadores en el manejo de la crisis. El número de muertos por cien mil  habitantes (51) es mayor que el de Estados Unidos (48), Francia y Brasil (ambos 46). Es cierto que la economía mundial está en el suelo, pero aun reconociendo ese hecho, al mirar las 42 economías más significativas, Chile, con un déficit fiscal de 14% es el cuarto mayor a nivel mundial, sólo superado por Gran Bretaña (18,1%), Sudáfrica (16%) y Estados Unidos (15,9%). En la política interna, en 28 meses llevamos cinco cambios de gabinete; 3 ministros del Interior, de Relaciones Exteriores y Salud; y 4 de la Segpres. Un Presidente con bajos niveles de aprobación; una coalición de gobierno fracturada; un país polarizado; una oposición radicalizada; el temor de una resurgencia de la violencia y una situación en la Araucanía agravándose.

Sería injusto atribuir el mal manejo de estos asuntos sólo al gobierno, pues hay, también, una responsabilidad de la oposición y de variadas elites. Pero, es cierto que cualquiera sea el país, y especialmente en un régimen marcadamente presidencial, la mayor responsabilidad -más allá de equipos ministeriales- recae sobre el Jefe de Gobierno. Es por tanto pertinente la pregunta sobre el modo en que es ejercido el más importante cargo del Estado.

Entre partidarios y adversarios del presidente hay una generalizada crítica hacia un tipo de gestión que traduce una irrefrenable tendencia a lo que se conoce como micromanagement, que se puede definir como la acción de un jefe por controlarlo todo, negarse a delegar y preocuparse incluso por detalles menores. Esta visión, en el manejo del Estado, conduce a lo que se conoce como las “presidencias gerenciales” en donde el Jefe de Gobierno procura tener bajo completo control las funciones de administración. Presidencias que llevan a impedir todo liderazgo que no sea el del Jefe del Estado; evitan empoderar a ministros y altas autoridades; desalientan a los subordinados a tomar decisiones, pues están en constante riesgo de ser contradichos o desautorizados. Este grado de concentración de las resoluciones en la presidencia lleva a que muchos actos gubernamentales se caractericen por su “torpeza” (maladroit, las califica “The Economist”) y su “tardanza”. Al micromanagement lo acompaña, como la sombra al cuerpo, un excesivo personalismo del Jefe de Gobierno y su sobreexposición mediática; enorme despliegue que es casi siempre un error que desgasta, justamente, a quien quiere exaltar.

Esta forma de gobierno es un error que debe ser rectificado. Obviamente, en lo que es esencial -esencial, hay que recalcar- el Jefe de Estado no puede abdicar a su responsabilidad de aprobar la propuesta final y la definición de la línea. Pero lo que el país necesita es un presidente que no sea el jefe administrativo, sino el conductor político de la nación, cuyo rol principal esté en decidir bien asuntos que son políticos en el más respetable sentido del término. Un líder que no esté preocupado de lo accesorio sino de mirar al gran diseño. La función del Jefe de Estado, así definido, es ser el guardián de la estrategia completa, global, y no desperdiciar su tiempo y capacidades en los detalles, sino concentrarlos en aquellas áreas y actividades donde los gobiernos frecuentemente sufren derrotas o pierden el norte al enfrentar desafíos no previstos; que parte importante de su creatividad y esfuerzo se concentre en mantener y extender la coalición que hace posible su gobierno, tarea en la que es insustituible. Un presidente que no entrabe su gobierno -a través de lo que Joaquín García Huidobro ha llamado las “nefastas bilaterales”-, sino que eleve su mirada para apreciar el total del escenario. Pero -¡cuidado!- si el micromanagement es funesto en la gestión del poder como administración, extrapolado a la conducción política es simplemente ruinoso.

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