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Publicado el 08 de mayo, 2020

Gabriela Caviedes: Ministra de la Mujer, la otra Penélope

Por razones no demasiado difíciles de inferir, muchos grupos asumen que el Ministerio de la Mujer debe regirse por los objetivos fundamentales de las voces más fuertes del feminismo contemporáneo.

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Las feministas tienen simpatía hacia los relatos griegos. Uno de ellos se encuentra entre las primeras páginas de la Odisea de Homero. Cuando Penélope quiso compartir su parecer acerca de un asunto, su hijo Telémaco la mandó callar: “vuelve ya a tu habitación, ocúpate de las labores que te son propias”. Las feministas subrayan en este pasaje la separación de la esfera masculina, política, de la femenina, privada. Hoy podría hacerse otra lectura de este pasaje, pero dentro de las mismas nuevas generaciones feministas: las que no se asemejan a ellas en el modo de abordar la equidad de género son enviadas a otras labores que, a juicio de ellas, les sean propias. Incluso, como Telémaco, acallan a las que fueron sus madres en la lucha.

Algo de ello ha ocurrido estos días con el Ministerio de la Mujer. Llevábamos semanas sin ministra, y el reemplazo de Isabel Plá se hacía acuciante. Sin embargo, la elección de Macarena Santelices produjo la peor de las reacciones: «Esperamos que sea destituida lo antes posible», «no tenemos ministra», y «esto es una provocación» fueron algunas de las lapidarias respuestas de algunas integrantes de diversos grupos feministas chilenos. Para ellas, el nombramiento es más que una polémica: es una afrenta. Más allá de la afiliación política, del nombre (y los apellidos) de la actual ministra, hay dos aspectos que cabe poner de relieve en lo referente a la cartera en cuestión.

Se ha criticado la falta de experiencia de la ministra Santelices, y en esto hay ciertamente un punto válido. Como para cualquier ministerio, resulta necesario tener algún grado de aproximación al asunto que habrá de abordarse. Es esperable al menos ser capaz de contestar de manera relativamente sólida a la pregunta: ¿por qué esa persona en ese cargo? De lo contrario se transmite indefectiblemente la sensación de que el ministerio en cuestión no posee la misma relevancia de otros, cuyos ministros sí tienen solvencia en el área. ¿Cómo puede alguien ponerse al día con la evidencia, las estadísticas, las estrategias que han funcionado y las que no, y además comenzar un proyecto nuevo en un par de semanas, o días? Se acumulan las tareas en el escritorio de la ministra, además en un momento particularmente crítico para el Ministerio. Es verdad que un buen talento político es capaz de desplegar sus habilidades en diversos escenarios, y que, por lo mismo, hay que darle tiempo. Sin embargo, dado el contexto actual, hubiera resultado más prudente nombrar a alguien que reuniera no solo cierta habilidad política, sino también experiencia para poder enfrentar de manera eficaz al problema urgente del aumento explosivo de violencia contra la mujer, y la inequidad que se ha exacerbado a causa del confinamiento.

A la vez, resulta comprensible que la aproximación a un problema, y los medios para conseguir un fin puedan variar según la postura valórica de los gobiernos. El Ministerio de la Mujer corre más riesgo que los demás en este aspecto −aunque todos se ven involucrados en mayor o menor medida: Educación, Economía, Hacienda, Trabajo, Interior, Defensa, etcétera−, porque es quimérico pensar que la técnica se sostiene sin un conjunto de creencias y valores que le confieren orientación. Por razones no demasiado difíciles de inferir, muchos grupos asumen que el Ministerio de la Mujer debe regirse por los objetivos fundamentales de las voces más fuertes del feminismo contemporáneo. Estos serían, por enumerar algunos, la batalla implacable contra la violencia de género, protección de la mujer trabajadora, visibilización del trabajo doméstico no remunerado, consecución del aborto libre, inserción de políticas de identidad y disidencias sexuales en educación y derechos civiles, y lucha contra la división sexual del trabajo, fruto del sistema capitalista.

Ahora bien, como se sabe, los feminismos son muchos, y podrán converger en algunos de estos puntos, mientras que otros podrán resultar debatibles. Asumir que la ministra de la Mujer necesariamente deba ser vocera oficial de la revolución feminista en todos ellos es un error. Su ministerio no es un cupo de las carteras reservado a cierta izquierda −sobre todo si gobierna la derecha−.  Cabe la legítima discrepancia no solo en los objetivos que deben cumplirse, sino también en los medios utilizados. La promoción de la mujer y los avances en equidad de género pueden ser comprendidos de diversos modos, y resulta válido que un gobierno, alineado con sus principios y sus votantes, lo impulse de una manera diferente a como lo haría la oposición. Así, ni siquiera es necesario que la ministra de la Mujer se identifique como feminista. Basta que haya demostrado estar comprometida, ya desde antes de su nombramiento, a incentivar el desarrollo y a mejorar la calidad de vida de las mujeres de un modo eficaz.

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