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Publicado el 14 de agosto, 2019

Gabriel Berczely: Un Titanic llamado Argentina

Empresario y académico Gabriel Berczely

Si termina siendo Cristina la que gobierna, podremos esperar la destrucción total. Si el que termina gobernando realmente es Alberto Fernández, que es mas moderado y racional, lamentablemente seguiremos viendo un país cuya mayor o menor declinación dependerá del ángulo de caída del plano inclinado. Digamos que un problema geométrico de imposible solución.

Gabriel Berczely Empresario y académico
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Los resultados de las PASO del pasado domingo fueron un desastre. La derrota era una alternativa muy posible, porque el gobierno de Macri cometió grandes errores en su manejo económico, pero la paliza que sufrió fue totalmente inesperada. Aún mayor fue la que sufrió Vidal en la provincia de Buenos Aires, después de haber hecho un muy buen gobierno centrado en proveer cloacas, caminos, asfalto, transporte y demás infraestructura para los barrios mas vulnerables.

En una columna anterior (“El tsunami inmigratorio que provocó la debacle argentina”), escribí que “esa cultura de seguir creyendo en el asistencialismo, proteccionismo y estatismo es la causa de todos los males argentinos, y es una enfermedad prácticamente imposible de erradicar”. Tal como dice una frase anónima argentina: “La Argentina es un país donde si te vas de viaje veinte días, cuando volvés cambió todo. Y si te vas de viaje veinte años, cuando volvés no cambió nada”.

Son varias las explicaciones que permiten entender la caída de Macri. En primer lugar, la gente no come cemento. Las rutas, obras e infraestructuras son muy necesarias, pero más importante son las fuentes de trabajo y el dinamismo de la economía, y en ello su gobierno fue un fracaso, que no sólo afectó a la clase baja, porque la votación que sacó la dupla Fernández-Kirchner incluye mucha clase media.

Una segunda explicación es que el pueblo estaba mejor con Cristina. Lo cual es obvio, porque es mejor vivir en fiesta que en el rigor de las obligaciones. El problema es que en algún minuto hay que pagar la fiesta, y esa labor, y su respectivo costo, es la que le tocó asumir a Macri. En ese contexto, tal como lo escribí en la columna de la semana pasada (“Los referéndums y la psicología de las masas”), “los seres humanos son susceptibles de ser manipulados por aquellas fuerzas que gobiernan la sociedad, que seducen a las masas a soñar en determinadas ideas que al final del día conducen a la ausencia, muchas veces definitiva, de su propio sentido crítico”. Esa falta de sentido crítico se refleja en la creencia popular que “todos los políticos roban, por ende, mejor quedarse con aquel que reparte algo de lo robado”.

El verdadero milagro no será que Macri gane las elecciones, sino que logre llegar al final de su mandato.

Lo lamentable del caso es que Macri probablemente no era un buen fertilizante (para la economía), pero sin lugar a dudas era un buen pesticida (para ir matando la maleza corrupta y mediocre, y darle dignidad a la labor política). ¿Qué podemos esperar ahora de la Argentina?

En el corto plazo, hay quienes creen que Macri todavía tiene chances de ganar las elecciones. Sin embargo, si ese milagro se diera, sería ingenuo pensar que los kirchneristas acepten el resultado. Lo obvio sería argumentar fraude electoral, y mandar a la calle a todos los insatisfechos con el resultado, que serían muchos. Nada bueno podría esperarse de esa polarización exacerbada y potencialmente violenta. En el intertanto, hasta la elección de octubre, todo indica que la reacción negativa de los mercados complicará aún más la situación económica del país. El verdadero milagro, entonces, no será que Macri gane las elecciones, sino que logre llegar al final de su mandato.

En el mediano plazo, y desde el punto de vista económico, difícil creer que empresas nacionales y extranjeras decidan invertir, aspecto esencial para dinamizar la economía y crear fuentes de trabajo. Dado que el que se quema con leche, ve una vaca y llora, sería ingenuo pensar en esta posibilidad. Si la economía no se dinamiza con inversión, al nuevo gobierno no le va a quedar otra que optar por el asistencialismo, proteccionismo y estatismo, ampliamente aceptable (y deseado) por los gobiernos peronistas y por la mayoría de la población argentina. Dado que Macri dejará un estado muy endeudado, la pregunta es ¿cómo se va a financiar el populismo? Simple, con mas impuestos. ¿Qué la carga tributaria es alta? Puede ser, pero eso es un “simple tecnicismo” y además “afecta a los ricos, que en el fondo son la causa de todos los males” (amplia creencia popular, y que incluso en países mas racionales como Chile lo escuchamos bastante a menudo).

¿La solución de largo plazo? Argentina necesita urgentemente un escenario como el chileno del año 73.

Si termina siendo Cristina la que gobierna, podremos esperar la destrucción total. Si el que termina gobernando realmente es Alberto Fernández, que es mas moderado y racional, lamentablemente seguiremos viendo un país cuya mayor o menor declinación dependerá del ángulo de caída del plano inclinado. Digamos que un problema geométrico de imposible solución.

En cualquiera de los dos casos, la Argentina será como el Titanic. La fiesta va a seguir, menos opulenta y con menos copete, la orquesta seguirá tocando mientras el barco navega hacia el iceberg, muchos bailarán felices al ritmo de la orquesta, otros mirarán como bailan, y unos pocos subirán a los botes salvavidas para abandonar el barco cuanto antes.

¿La solución de largo plazo? Argentina necesita urgentemente un escenario como el chileno del año 73, en el cual los cambios de cultura económica fueron posibles porque simplemente no existían intereses afectados (nada había quedado en pie). En otras palabras, es mas fácil construir desde las cenizas que demoler edificios que están en pie. Algunos argumentarán que eso ya ocurrió en la debacle argentina del 2001, pero no es así, porque apenas duró unos pocos meses, y estuvo muy lejos de la debacle chilena de Allende y la Venezuela de Chávez y Maduro.

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