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Publicado el 05 de junio, 2019

Gabriel Berczely: ¿Quién es más débil: el empleado o el empresario?

Empresario y académico Gabriel Berczely

La legislación actual está basada en realidades de hace 100 años atrás, cuando los modelos de negocio duraban décadas y los empleados eran el componente más débil de la cadena productiva. En la actualidad, el capital humano constituye el activo más importante de una empresa y, por ende, los buenos empleados, cualquiera sea su posición, están lejos de ser los únicos débiles en los tiempos actuales.

Gabriel Berczely Empresario y académico
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Si como país no queremos quedarnos atrás, tenemos que sustituir urgentemente el actual sistema de indemnizaciones por despido por uno que brinde movilidad al empleado y flexibilidad al empresario. Con la ley actual, el empleado no tiene movilidad para renunciar y cambiar de trabajo porque no quiere perder una indemnización que considera parte de su patrimonio, y el empresario no tiene flexibilidad porque su capacidad financiera para pagar despidos es muy limitada, especialmente en el caso de las pymes, que son las que emplean el 80% de la fuerza de trabajo en Chile.

Dinamarca ha sentado un precedente, otorgando movilidad y flexibilidad con su sistema “flexiseguridad” basado en tres principios regentes: primero, desahucio sin justificación alguna; segundo, una prestación pagada por el estado que cubre gran parte del salario perdido mientras la persona está buscando un nuevo trabajo, independientemente si dejó de trabajar por renuncia o despido; tercero, políticas públicas que entregan formación y capacitación para que la persona pueda encontrar un nuevo trabajo en el menor tiempo posible.

Ahora bien, si el sistema chileno actual es inflexible y nefasto para empleados y empleadores, ¿por qué se mantiene? Mas allá de la conveniencia de sindicatos que no quieren perder su poder, y de empresarios que no quieren asumir el mayor costo que implica la flexiseguridad, hay argumentos emocionales que bloquean el cambio: el derecho adquirido y patrimonio que supone la indemnización y la protección del más débil.

Tal como lo estableció la Corte Suprema de Chile en el 2010, la indemnización por años de servicio no constituye un derecho adquirido, sino que una mera expectativa, que sólo puede cobrarse ante causales específicas en condiciones contractuales específicas. Por ende, no puede ser parte de un patrimonio porque éste está constituido por derechos ciertos y no por meras expectativas.

Cabe entonces analizar el concepto de la protección del más débil. La OCDE estima que el 20% de los trabajos actuales en Chile dejarán de tener validez en un futuro cercano debido a la robotización, inteligencia artificial, internet de las cosas y globalización. Esto no sólo afectará a los empleados, sino también a las empresas, que para seguir siendo viables tendrán que adaptar los puestos de trabajo y las dotaciones a los cambios disruptivos que sin lugar a dudas enfrentarán. Si no lo hacen, estarán muertas.

Algunos argumentarán que siempre hubo disrupciones, lo cual es cierto, pero la velocidad del cambio era mucho más lenta. Para ejemplificar este punto de vista, miremos lo que pasó con el mundo de la música. En 1901 comenzó el reinado del disco de vinilo, que duró prácticamente 90 años. A fines de los años 60 apareció el casete, que tuvo una vigencia de 25 años. A mediados de los 80 apareció el CD, que duró unos 17 años. A principios del 2000 apareció el sistema MP3 (Ipod), que duró menos de 15 años. Y en los últimos 5 años reina Spotify. Cada negocio duró menos que el anterior, y esto no sólo afectó a los fabricantes de discos de vinilo, sino también a proveedores de materias primas (plásticos, estuches, componentes), fabricantes (maquinarias, tocadiscos, grabadores), comercializadores (disquerías y tiendas de música) e intermediarios (sellos discográficos y agentes). Este ejemplo vale para prácticamente todas las industrias.

Con el tsunami digital que se avecina, con empresas que duran la mitad de lo que duraban 50 años atrás, y con empresarios muy atemorizados –aterrados, diría yo– que saben que su modelo de negocio no seguirá siendo viable en el futuro cercano, ¿no debiéramos considerar también a las empresas como parte de la ecuación de debilidad?

Resumiendo, la legislación actual está basada en realidades de hace 100 años atrás, cuando los modelos de negocio duraban décadas, y los empleados eran el componente más débil de la cadena productiva. En la actualidad, el capital humano constituye el activo más importante de una empresa, y por ende los buenos empleados, cualquiera sea su posición, están lejos de ser los únicos débiles en los tiempos actuales.

La solución pasa por proteger a ambos débiles, sancionando una nueva ley que proteja a las personas -y no a los empleos–, y que brinde flexibilidad a las empresas para que puedan anticiparse a los desafíos que cada una enfrentará en materia laboral. Caso contrario, terminaremos con empresas quebradas y personas sin empleos.

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