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Publicado el 11 de marzo, 2020

Gabriel Berczely: ¿Por qué es más conveniente que gane el «Apruebo»?

Empresario y académico. Presidente de Horizontal. Gabriel Berczely

Mientras el proceso del «Apruebo» le quita presión a la caldera social, el «Rechazo» generará una sensación de frustración inmediata a todos aquellos que creen que se evaporaron las esperanzas de resolver democráticamente los males de la sociedad.

Gabriel Berczely Empresario y académico. Presidente de Horizontal.

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Parto aclarando que la actual Constitución me parece adecuada en materia de contenido y funcionamiento. Sin embargo, hay dos factores que, en mi opinión, justifican la necesidad de sancionar una nueva Carta Magna.

En primer lugar, para todos los opositores al gobierno militar, el hecho de haber sido sancionada en ese período la convierte en inaceptable. Da lo mismo si esa Constitución fue totalmente cambiada en los últimos 30 años. También da lo mismo que haya “funcionado” bien. Es un problema de “origen”, más emocional que racional, más de principios que de practicidad, y que genera una polarización que no ayuda a la convivencia.

En segundo lugar, el proceso constitucional acordado en noviembre fue la manera en que parte del estado (Gobierno más Parlamento) logró encauzar un estallido social que no podía resolverse con una sola bala de plata, porque lo que había detrás del mismo era un cúmulo de frustraciones y molestias, muy bien representadas por la frase “no se trata de 30 pesos sino de 30 años”. La propuesta constituyente era la forma de quitarle presión a la caldera, ofreciéndole a la sociedad un camino democrático e inclusivo tendiente a resolver frustraciones que emanaron a lo largo del tiempo por los abusos de algunas empresas, personas y entidades del estado, jubilaciones inadecuadas, educación deficiente, inequidad y desigualdad, No+AFP, No+TAG, etc.

Aquellos que critican el proceso desde una perspectiva racional, como si “el gobierno hubiese cedido ante la izquierda y los violentos”,  no están viendo la dimensión emocional del estallido. De nada sirve argumentar que el modelo fue tremendamente exitoso para generar crecimiento y sacar a la gente de la pobreza, y que la culpa del estallido no la tiene ni el modelo ni el gobierno actual, sino la falta de crecimiento de los últimos años. Menos aún sirve argumentar que el proceso constituyente no resolverá ninguna de las demandas y frustraciones de la sociedad, dado que estas se resuelven con políticas y leyes adecuadas, para lo cual no se requiere un cambio constitucional. Al final del día, las personas, y por ende la sociedad, se mueven por percepciones y emociones, y nos guste o no, la idea de una nueva constitución mueve las fibras emocionales de un gran porcentaje de la sociedad chilena.

Ahora bien, si miramos el proceso constituyente desde un punto de vista racional, no puede haber duda alguna que ganando el «Apruebo», lo cual es prácticamente un hecho de la causa, entraremos a un callejón de incertidumbre política y económica en los próximos dos años, con un diseño constitucional que partirá con una “hoja en blanco”, a ser llenada “por vaya a saber quién”, y más encima con un proceso “secuestrado por la primera línea”. Es comprensible que para muchos este sea el fin del Chile que conocemos. Pero vale la pena reflexionar sobre los riesgos para Chile de ganar la opción «Rechazo», y comparar estos riesgos con los que genera la opción «Apruebo».

Veamos. En primer lugar, mientras el proceso del «Apruebo» le quita presión a la caldera social, el «Rechazo» generará una sensación de frustración inmediata a todos aquellos que creen que se evaporaron las esperanzas de resolver democráticamente los males de la sociedad. Lo lógico sería esperar marchas masivas y manifestaciones de todo tipo, demandando soluciones inmediatas a una gran variedad de temas imposibles de resolver en lo inmediato. Podríamos suponer que la marcha que congregó a 1,2 millones de personas en noviembre habrá sido el comienzo de muchas otras que vendrán en el futuro.

En segundo lugar, esa vuelta a la calle será acompañada por la creencia de que sin violencia no habrá cambios, dándole justificación a vándalos, anarcos y delincuentes para seguir cometiendo tropelías. Con una buena parte de la sociedad avalando la violencia, la incertidumbre sobre el futuro se convertirá en una certeza lapidaria en el presente. En otras palabras, mientras el «Apruebo» resta validez social a la violencia, el «Rechazo» la aumenta.

En tercer lugar, se profundizará la polarización en materia constitucional, pues la Constitución actual, por mas cambios que se le hagan, no será “la casa para todos”.  Ergo, en pocos años mas volveremos a discutir el origen y validez de la Constitución que nos rige, habiendo desaprovechado la actual hoja de ruta que por lo menos impone un formato (mixto o asamblea), un proceso regulatorio y diseños que deben ser aprobados con los dos tercios, y un plebiscito de salida. No sería para nada descartable que en el futuro nos encontremos con una paradoja similar a la del cambio previsional, con una reforma actual que termina siendo peor de la que había presentado el gobierno de Bachelet.

Pensar que si gana el «Rechazo» lograremos mantener el status quo anterior al estallido es de un infantilismo absoluto, lo mismo que tratar de tapar el sol con un dedo. Sin lugar a dudas, entraremos al mismo callejón de incertidumbre política y económica, pero con una dirección distinta.

¿Qué será peor? ¿Enfrentar la incertidumbre (o certeza para algunos) de un potencial desmadre constitucional, o de movilizaciones y estallidos constantes de una parte relevante de la sociedad que vio esfumada sus esperanzas? ¿Enfrentar el riesgo de una constituyente secuestrada por los violentos, o la certeza de una calle secuestrada por delincuentes, más encima avalados por aquellos que considerarán que esa es la única manera de lograr cambios? ¿Ponerse rojo ahora, abordando la polarización constitucional existente, o vivir rosado pateando la pelota hacia adelante, y resistiendo estoicamente el cambio deseado por muchos?

Yo personalmente creo que la opción «Apruebo» tiene menos riesgos e incertidumbre que la del «Rechazo», y claramente prefiero ponerme rojo que vivir rosado. Porque si no es hoy, será mañana; pan para hoy, hambre para mañana.

Creo además que los riesgos del «Apruebo» pueden aminorarse más fácil que los del «Rechazo». En primer lugar, apoyando a aquellos que votan por el «Rechazo». Cuanto más cerca del 50%, mayor será la chance de frenar el ímpetu refundacional de los que quieren aplicar la retroexcavadora a la hoja en blanco. En segundo lugar, fomentando la opción mixta en lugar de la asambleísta, esto para integrar la convención con miembros que tengan experiencia parlamentaria y cintura política. En tercer lugar, presionando para que la votación de los diversos artículos de la nueva Constitución sea secreta, al igual que las discusiones en sala, pues nada peor que discutir posiciones con exaltados gritando y amenazando desde la galería y desde la calle. Por último, eligiendo a las mejores personas para conformar la constituyente, en lugar de elegir a los más conocidos, que no necesariamente son los más adecuados.

En otras palabras, me quedo con los riesgos del «Apruebo» porque lo considero mucho menor a los riesgos del «Rechazo». De manera que cuando gane el «Apruebo», no lo veamos como que somos pasajeros de un Titanic destinado a Argentina o Venezuela , sino como una nave que nos da la oportunidad para introducir aquellos cambios que el país requiere para acercarnos a Australia y Nueva Zelanda. Obviamente que ese trayecto tiene acantilados y icebergs que no serán fáciles de sortear, pero así es la vida con guitarra.

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